Duró menos de un mes el acuerdo que los dirigentes peronistas habían hecho en la reunión del Hotel Emperador a mediados de agosto. El punto central que se había pactado era defender las PASO que Javier Milei quiere suspender y utilizarlas para dirimir las candidaturas. Hubo movimientos del massismo -aliado del cristinismo- que indican que Sergio Massa apuesta a resolver la interna en una mesa de negociación y que propiciaría la suspensión de las primarias. La situación habilita un análisis cuyo único objetivo es abrir preguntas.
Se viene difundiendo en distintas notas que habrá más ataques contra Kicillof para debilitarlo. ¿Qué resultado han tenido hasta ahora los ataques contra Axel? La estrategia de Kicillof ha sido más exitosa que la de los dirigentes de La Cámpora que se dedicaron a torpedearlo, que se han hecho más daño a sí mismos que al gobernador. Kicillof aparece poniendo la energía en batallar contra Milei y no contra sus compañeros. No hay que ser un genio de las ciencias políticas para adivinar cuál de las dos posturas es más atractiva para el electorado que se despierta con un nudo en la garganta cada mañana en la Argentina mileísta.
El peronismo vuelve a enfrentar el dilema de ser un movimiento político histórico y masivo que no tiene un esquema de sucesión aceptado por todos. Ese sistema podría ser a la mexicana, el que llega a la presidencia concluye sus seis años y se retira; podría ser a la rusa, el líder es el mismo hasta su muerte; podría ser a la yanqui, hay primarias siempre. En estas líneas no se hace una valoración de ninguna de estas costumbres políticas, sólo se señala que el peronismo no tiene un mecanismo.
La historia reciente indica que cuando se planteó un debate por el liderazgo se resolvió con fractura. Pasó en el 2003 cuando compitieron Carlos Menem, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá. Ocurrió en el 2005 cuando Néstor y Eduardo Duhalde armaron listas separadas en la provincia de Buenos Aires. ¿Será distinto esta vez?

Hasta ahora, todos los que desafiaron el liderazgo de Cristina por fuera terminaron volviendo al rebaño. Massa rompió en el 2013, ganó la elección y luego comenzó un largo proceso de caída que lo llevó a retornar a la casita familiar en 2019. Florencio Randazzo se abrió en 2017 y nunca regresó, pero quedó afuera de la política. Su patrocinador, Alberto Fernández, también volvió a la casita de los viejos. ¿Será distinto ahora?
Kicillof no está solo. Hay 41 intendentes bonaerenses que se alinearon con él porque buscaban un liderazgo alternativo. Kicillof se autonomiza porque interpreta esa demanda. Del otro lado sostienen que esa autonomía no existiría si Cristina no estuviera proscripta. Dicen que si ella pudiera ser candidata el gobernador no la enfrentaría en una interna. Esta es la parte dramática de la disputa. Desafiar el liderazgo histórico es comprensible si alguien tiene la vocación de conducir. La Cámpora debería saberlo porque su objetivo ha sido reemplazar a los viejos liderazgos del peronismo. Sin embargo, hacerlo cuando ese liderazgo está perseguido es complejo. ¿Podría haber esperado Axel para dar el paso que dio? ¿Debería haber apostado a ganar la presidencia primero? ¿Y si su percepción es que iban a bloquear su postulacíon o ponerle demasiadas condiciones?
Desde el punto de vista humano todas las posturas son comprensibles. Por eso es que se trata de una interna que podría ser una obra de la tragedia griega, en la que todos saben que empujan un desenlace fatal, pero nadie puede dejar de responder a su rol en la obra. ¿No es comprensible el enojo del cristinismo frente a un proyecto de autonomía justo cuando CFK padece el peor momento de su persecución política? ¿No es comprensible que el axelismo piense que no puede someter su vocación de poder a la voluntad de otro y sostenga que su decisión sigue la consigna de que “florezcan mil flores”?
En las encuestas, Kicillof aparece ganándole a Milei en primera vuelta y Cristina peleando el primer lugar en imagen positiva. Son datos optimistas. El liderazgo histórico mantiene un respaldo amplio a pesar de estar sometido a una persecución brutal. El liderazgo emergente aparece muy competitivo. Sería para descorchar champagne, pero la tragedia griega funciona como un destino inevitable. Por suerte la obra todavía tiene un final abierto. «