John Lydon volvió a Buenos Aires al frente de PiL y ofreció un show feroz en el C Art Media

Por: Fidel Fourcade

El histórico líder de los Sex Pistols encabezó una presentación directa y sin maquillajes. La banda brilló apostando a la intensidad antes que a la nostalgia.

El hombre que le escupió a la cara al siglo XX cumplió 70 años y sigue sin pedir permiso. John Lydon, aka Johnny Rotten, pisó el escenario del C Art Media el sábado para demostrar que la provocación, el desconcierto y la incomodidad no tienen fecha de vencimiento. Con Public Image Ltd. (PiL), la banda que fundó tras la implosión de los Sex Pistols, el músico británico aterrizó por cuarta vez en el país —la primera con esta formación en casi una década— para recordar que la vigencia no se mide en streams sino en la capacidad de seguir jodiendo.

Irónico y certero bajo el nombre “This Is Not the Last Tour”, llega PiL: venía de tocar en Uruguay y Brasil, y continuará hacia Chile, Costa Rica y México, en lo que es su primera gira sudamericana desde 2016. En Argentina, el periplo incluyó tres fechas: Rosario (viernes 10 en La Sala de las Artes), Buenos Aires (sábado 11 en el C Art Media) y Mar del Plata (domingo 12 en el Brewhouse). La elección de salas chicas, lejos de los estadios que otras leyendas eligieron, no fue casual: Lydon prefirió el roce, el calor, quedar al alcance del escupitajo, la incomodidad del cara a cara. Una declaración de principios con facilidades logísticas.

El repertorio mezcló clásicos con el último disco de la banda, End of World (2023), una obra atravesada por el duelo. El álbum, el primero en ocho años, estuvo dedicado a Nora Forster, esposa de Lydon durante décadas, quien falleció tras una larga lucha contra el Alzheimer. Lejos del lamento, el disco transformó el dolor en texturas densas y minimalistas, con “Hawaii” como centro emocional —una canción que Lydon llevó nada menos que a Eurovisión, en uno de los gestos más inesperados de su carrera.

La colorimetría de la noche no salía de distintos tonos de negro. Las remeras tenían su propia paleta; las cabelleras, otra. Gente de todas las edades, apretada en el Art Media, como si la vigencia del punk —algo históricamente debatido en una conversación que aburre— se midiera en metros cuadrados por persona.

A las 21 hs. en punto, el punk tenía hora de largada. Ni un minuto más, ni uno menos. John Lydon no está para perder el tiempo. Subió, miró y el show arrancó como si el reloj lo hubiera programado él. “Ame la banda soporte”, dijo Rotten en algún momento, en alusión a FEA, la banda de Sofía Gala Castiglione que abrió la noche. Puede haber sido sarcasmo, puede haber sido verdad. Con Lydon nunca se sabe.

El inconfundible John Lydon.
Foto: Carlos Velasco

Post-punk y actitud punk

Junto a Lu Edmonds (guitarra), Bruce Smith (batería) y Scott Firth (bajo), la faena comenzó con “Home”, “Know Now” y “Corporate”. El zeitgeist del punk estaba ahí. Lu estaba on fire: histriónico, filoso. Todo afuera, todo despedido, pero en su gesto justo. Rotten tardó tres canciones en escupir. Dos en sacarse el saco. Los tiempos estaban medidos, como si cada movimiento fuera parte de un ritual que conoce de memoria.

Si no te llegaba por un lado, te llegaba por otro. El bajo hizo vibrar todos los vasos de vermut; la viola cortaba por izquierda, por derecha o con el arco del violín; el pulso de la batería te podía agarrar desprevenido. Y, si nada de eso funcionaba, estaba John: su voz, casi inentendible cuando habló entre las canciones; su presencia; o su manera de moverse como si el escenario fuera una extensión de su casa.

La noche, con el C Art Media a tope, avanzó directo hacia “World Destruction” —un cover de Time Zone—, “This Is Not a Love Song”, “Poptones” y “Death Disco”, en el bloque más sólido de la jornada, promediando la mitad del show.

Qué banda. Y qué maravilla el camino que trazó, en contraste con aquel otro que lo hizo famoso. Más tarde sonaron “Flowers of Romance”, “Warrior” y “Shoom”, tres piedrazos que confirmaron, si es que hacía falta, que el tipo sigue intacto.

Lydon es una pieza clave de la cultura rock.
Foto: Carlos Velasco

Su historia

La relación de Lydon con Argentina es antigua y está llena de anécdotas. En la previa, confesó que intentó aprender a bailar tango, pero “se rieron de mí en la clase de baile”. También declaró que el asado argentino es “el mejor del mundo” y que lo que más disfruta de sus visitas es “cómo asan la carne”. No fueron frases hechas de artista en modo promocional: hubo una incomodidad genuina en ese afecto, una ternura que Lydon rara vez deja ver. Tal vez por eso volvió: porque acá, en algún punto, como a los Ramones, lo entienden mejor que en su propia casa.

En los últimos años, Lydon protagonizó una entrevista con Matías Martin y Clemente Cancela, donde siguió hablando mientras hacía pis —y todo quedó filmado—. El gesto, más que una falta de respeto, fue una declaración de principios: la autenticidad no negocia con las formas. A sus 70 años, siguió operando con esa lógica: lo que ves es lo que hay. Y, en ese sentido, sigue siendo el mismo que a los 20 escupía contra el sistema, solo que ahora la provocación es más silenciosa, pero igual de efectiva.

En los 90, los Sex Pistols pasaron por Obras Sanitarias con su reunión multitudinaria. Pero Lydon, fiel a su costumbre de mirar para otro lado, prefirió esta vez espacios más pequeños. Mientras sus excompañeros salieron de gira como una máquina de nostalgia —una “cosa triste e hilarante”, según él—, él siguió apostando por el riesgo, por lo incómodo, por lo que no tiene garantías. Esa diferencia es la que separa a un performer de un tipo que nunca quiso ser su propio homenaje.

El show fue sólido, férreo, sin fisuras. Pocas canciones, pero las exactas. No hubo concesiones, no hubo nostalgia barata, no hubo “Anarchy in the U.K.” porque sí. Hubo una máquina bien aceitada que sabe que menos es más.

Con “Public Image”, el show comenzaba a terminarse: una lista corta pero intensa, que, sobre el final y a modo de bis, sumó “Open Up”, “Rise” y el tándem “Annalisa/Rise/Chant”.

John Lydon ya no necesita demostrar nada, pero eligió seguir girando, grabando y molestando. Ese fue el verdadero lujo: no el mito, sino la vigencia de un tipo que, contra todo pronóstico, sigue creyendo que tiene algo para decir. Y escupirlo si hace falta.

PiL en vivo

Sábado 11 de abril. C Art Media.

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