Ping Pong de verano, Fernán Mirás: “Ya no me caliento si no enciende el calefón o me tocan bocina”

Fernán Mirás se recupera de un grave problema de salud y confiesa que ahora ve la vida de otra forma. Su pasión por la actuación, la pintura y la música, y la conexión con Robert De Niro y Christopher Walken que selló su destino profesional.

Su carrera es particularmente prolífica y se desarrolla en cine, televisión y teatro. Su estilo simple y efectivo, y su gracia natural lo transformaron en una opción ideal para los más diversos papeles.

Se destacó en películas como Tango feroz, Buenos Aires viceversa y Caballos salvajes, entre muchas otras, y se dio el gusto de escribir y dirigir El peso de la ley. En televisión, convocó las miradas de propios y ajenos en ciclos como La banda del Golden Rocket, Vulnerables, Tiempos compulsivos y Viudas e hijos del rock and roll.

En octubre pasado sufrió un aneurisma cerebral que puso en grave riesgo su vida. Hoy se encuentra en la parte final de su recuperación y ya volvió al teatro para encarnar a uno de los personajes clave de la nueva puesta de Art.

–¿Al actor lo nutren todas las situaciones de la vida?

–Claro que sí. Porque a los personajes les puede pasar de todo, hasta cosas que a vos nunca te pasaron o te pasarán. Por eso el actor tiene que ser muy observador.

–¿Registrar todo lo que pasa a su alrededor para usarlo cuando sea necesario?

–Sí, algo así.

–Tu debut como actor fue bastante particular.

–Sí, me lo propuso mi profe de teatro de aquel entonces: Cacho Bidonde. Le habían comentado que necesitaban un actor de mi edad para una obra y pensó en mí. Pero yo no estaba convencido: no quería ser actor. Fui  porque no tenía otra cosa que hacer.

–¿Y para qué estudiabas actuación?

–Me interesaban las clases, saber desenvolverme. No lo veía como una profesión para mí hasta que se dio ese primer trabajo.

–¿Cómo se llamaba la obra?

Cuba y su pequeño Teddy, de Reinaldo Povod. Debuté al lado de Lito Cruz, que trajo unos amigos para que nos vieran. Eran Robert De Niro y Christopher Walken, que la habían hecho antes en Estados Unidos. Todo muy tranqui (risas). Por suerte me fue bien.

–Imagino que esas presencias te deben haber puesto un poco nervioso…

–Estaba nervioso ya de antes. La verdad que me metí tanto en el personaje que ni me acordé. Sólo quería no olvidarme la letra, que es como un miedo que te envuelve y no te deja pensar en otra cosa.

–¿Actuar es lo que más te gusta hacer?

–Lo que más me gusta es estar con mis hijos. Solemos fabricar juguetes con cosas que encontramos: torres para autitos, muñecos, lo que sea.

–Me refería a lo laboral o creativo.

–Me gustaba escribir, pero ya me cagué el hobby porque ahora, si se me ocurre algo copado, lo quiero hacer película. Me gusta pensar en situaciones fuertes. Quizá una canción me dispara imágenes y lo bajo a una historia.

–Te hacés la película. ¿Sos melómano?

–Sí, escucho mucha música todo el tiempo. No preguntes qué es lo que escucho porque soy muy ecléctico. De todo, en serio. De todos los géneros, hasta cosas raras, étnicas o clásicos olvidados.

–¿La música se parece en algo al teatro?

–Siempre me pareció atractiva la relación entre distintas artes. Mucha gente compara distintos estilos musicales con lo teatral. En el teatro las personas se vuelven personajes y en la música son los sonidos los que te movilizan. Es algo más interno, menos consciente.

–¿Y las letras?

–No siempre te cuentan un cuento. No es necesario. Pueden ser imágenes, algo que flota y manda una señal. El teatro es más racional y es importante lo que se dice y cómo se dice. La música está más cerca de la plástica, creo.

–¿Tocás algún instrumento?

–No, dejé los palillos hace mucho. Pero quizás me quedó eso de concentrarse para no perder el ritmo o el swing.

–¿Es verdad que sos profesor de plástica?

–Fue la primera carrera que hice. A los 11 años ya tenía decidido estudiar y dedicarme a eso. La pintura fue mi primer amor.

–¿Cómo te acercaste a ese arte?

–Lo primero que hice fue escultura, con Juan José Cano, que era amigo de mi papá. Obvio, me gustaba dibujar y esas cosas, pero la escultura me encantó: buscarle la forma a cosas o a materiales inertes es apasionante. Después fui haciendo más cosas, probando, pero de chico estaba decidido a ser pintor

–¿Por qué pensás que te hiciste actor, entonces?

–Empecé a trabajar, se dio una continuidad que me hizo apreciar esa labor y ya no le dejé. Me hice actor por insistencia, digamos.

–¿Tenés un pintor favorito?

–Me gustan muchos. Pero una tía me regaló cuando era chico un libro con las obras de Van Gogh y me fascinó. Se puede decir que en algún momento fui fanático.

–¿Qué era lo que más te gustaba de su estilo?

–Es un misterio. Me produce algo único ver sus obras. No sé si es la textura, el tipo de pinceladas… Uno siente que el tipo está ahí pintando, en ese momento. Es muy extraño.

–¿Ya no pintás más?

–No, me frustra mucho haber perdido la mano. Es práctica y entrenamiento. Solo hago storyboards de alguna escena que se me cruza para meter en una futura película que haga.

–¿Dirigir también es como armar cuadros?

–Es verdad, sentí que me acercó a ese mundo que me había formado. Uno toma decisiones: qué poner y dónde, qué colores usar… Buscar locaciones es como cuando te ponés a ver qué podés pintar. 

–¿Te atrae la gastronomía?

–Soy el que menos sabe en el mundo. Me da igual comer o no comer. Es decir, como porque hay que hacerlo, pero para mí es como un trámite.

–¿No tenés un plato favorito?

–Si me apurás, te digo asado. Porque me gusta el ritual de encuentro alrededor de eso. Si tengo que elegir, voy por algo de carne, por tradición, pero tengo que cuidar el colesterol. A mis hijos les trato de inculcar comer variado.

Foto: Edgardo Gómez

–¿Cómo te llevás con la paternidad?

–Bien. Soy medio pesado a veces. En la cuarentena estuvimos metidos todos adentro y traté de que no padecieran ningunas de las dificultades que imponía el encierro. Son bien distintos, trato de que se den cuenta de qué les gusta y ayudarlos.

–¿Intentás estimularlos?

–Sí, pero no tratando de influenciarlos para un lado o para el otro. Jamás les pido que dibujen, pero si lo hacen, me sale el profe. Aprovecho y les tiro alguna punta. Dibujan bien los tres. Pero que vayan para donde gusten.

–¿Cómo pensás el futuro?

–Pienso a corto plazo, más después del problema de salud que tuve. Pero siempre hay que tener proyectos y pasar tiempo con los que querés.

–¿Tomás las cosas con más calma?

–Ya no me caliento si no enciende el calefón, si uno me tocó bocina, si laburando tengo algún furcio o no me salió algo. Hay que disfrutar más, hasta de los problemas. Enfrentar desafíos, hasta que termine el partido. «

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