
En nuestro país, la mayoría de los ingresos de los hogares son laborales. Aunque la amplia red de ingresos no laborales –heredada, en buena medida, del kirchnerismo– probablemente esté funcionando para evitar un estallido social como el observado en el ocaso de la Convertibilidad, el desempleo continúa siendo el principal determinante de la pobreza.
En la actualidad hay, en la Argentina, casi 6 millones de personas que trabajan menos tiempo del que desean –y esto sin contabilizar a los que están fuera de la fuerza laboral y podrían querer trabajar–. Además de un costo social, esto representa un costo «real»: los bienes y servicios que podrían estar disponibles si estas personas se emplearan en actividades socialmente útiles.
Por definición, los desempleados son personas dispuestas a vender trabajo a cambio de dinero. Esto es evidencia de que el ahorro deseado del sector privado (en rigor, no gubernamental) es mayor que el ahorro efectivo permitido por la política fiscal del gobierno. De aquí que si un gobierno impone obligaciones impositivas pagables (sólo) en su propia moneda, es lógicamente absurdo que no gaste la cantidad que el sector privado desea ahorrar por encima de su obligación impositiva o, lo que es lo mismo, que no adquiera el trabajo desempleado (que está a la venta en la moneda estatal).
Lamentablemente, en lugar de ocuparse de los costos reales del desempleo, los hacedores de política suelen preocuparse por los costos financieros de emplear a los desempleados. Hasta que estas percepciones cambien, el déficit público será considerado negativo en sí mismo y, lo que es peor, la economía continuará operando por debajo de sus posibilidades –con recursos desempleados–. «
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