¿Por qué Afganistán es el espejo donde los imperios van a romperse?

Por: Boris Cane

En 1839 el Imperio Británico entró en Kabul convencido de que los uniformes rojos bastarían.

UNO. Todo comenzó con una ilusión de seda y cañones relucientes. En 1839, el Imperio Británico entró en Kabul convencido de que los uniformes rojos y las banderas izadas al viento bastarían para domesticar las montañas de Asia Central. Construyeron un fuerte tan vasto como absurdo, dejando los depósitos de pólvora y comida fuera de las murallas; ese detalle, en apariencia menor, fue el primer susurro del desastre.

El invierno trajo la venganza. Una multitud asaltó la residencia del diplomático Burnes y lo mató a golpes. En pocos días, Kabul se volvió una ciudad enemiga y los británicos quedaron encerrados en su propio espejismo. Entre brindis por la reina y órdenes contradictorias, los comandantes debatieron si resistir, negociar o huir. La historia decidió por ellos cuando triunfó la indecisión.

La retirada comenzó en enero de 1842. Unas 16.500 personas —soldados, civiles, mujeres y niños— abandonaron la ciudad hacia Jalalabad: un trayecto de 140 kilómetros bajo una nieve implacable. Ninguno llegó con vida, salvo un médico llamado William Brydon. Entró en la guarnición tambaleándose sobre un caballo exhausto, con el cráneo abierto por un sablazo que solo se detuvo porque un fajo de cartas de su esposa, escondido bajo el gorro, sirvió de escudo. Cuando los soldados lo auxiliaron y preguntaron por el resto del ejército, Brydon respondió desde el abismo: “Yo soy la columna”.

DOS. Años después, la escena quedó inmortalizada en un cuadro. En una sala lateral del Tate Museum de Londres cuelga The Remnants of an Army, una pintura que parece exigir silencio. La obra no muestra una victoria, sino su ausencia absoluta. Lo que se ve es todo lo que quedó del imperio en aquellas tierras: un hombre roto, un animal moribundo y la sombra larga del caos.

Brydon nunca regresó a Kabul. Murió décadas más tarde en Escocia, frente a un mar manso, guardando en su escritorio la gorra vieja que le salvó la vida. Cuando le preguntaban por la retirada, respondía sin adornos: “Solo seguí adelante”. No hay épica en sus palabras, solo la obstinación ciega de quien camina porque no conoce otra forma de no morir.

Un siglo y medio después, otros guerreros repitieron el mismo error. En 1979, los soviéticos bajaron desde el norte convencidos de que la tecnología doblegaría la geografía de aquellos valles. Al retirarse por el puente de Termez, su último general escribió la sentencia definitiva: en Afganistán nadie conquista nada.

El siglo XXI solo añadió uniformes nuevos a las mismas montañas. La coalición de la OTAN prometió orden mientras repartía maletines y posaba para las cámaras, olvidando que ellos mismos habían financiado, décadas atrás, el germen de su propia derrota. En 2021, se marcharon entre nubes de polvo mientras los talibanes recuperaban el horizonte a caballo. Afganistán volvió a ser un espejo donde los imperios van a mirarse la arrogancia antes de romperse.

TRES. Hoy los tanques vuelven a rugir en la región desde que Pakistán declaró guerra abierta al gobierno afgano. En la frontera del Durand Line, trazada por los británicos con regla y desdén sobre tierras que no conocían, los muertos cambian de uniforme pero no de lugar.

Los drones cruzan el cielo sobre Abbotabad. Los ministros repiten palabras como honor y represalia mientras los civiles buscan a los suyos bajo los escombros. Afganistán vuelve a ser escenario de una superstición vieja. El poder intenta someter la montaña, pero la montaña no se deja. Cada ejército deja una columna de humo y otra de fantasmas.

En el Tate, el jinete del cuadro permanece en su montura sin avanzar. Brydon sigue allí, detenido entre la nieve y la historia, como si todavía repitiera su frase. Tal vez no fue un sobreviviente sino un aviso. Un médico que cruza los siglos para recordar que allá las guerras solamente cambian de bandera, pero que todos terminan igual, con la mirada baja y perdida en la nieva para buscar una explicación que ya no existe.

El enredo de Durand

Todo empezó con un mapa y un capricho. En 1893, un funcionario británico trazó una línea recta sobre montañas torcidas y la bautizó Durand Line. Quiso separar mundos y terminó cortando pueblos, pastores y familias. Desde entonces, Afganistán dice “esa frontera no existe” y Pakistán contesta que sí, que “pues ahí está”. Así llevan más de un siglo, entre reproches mutuos, incursiones de toda índole y algunas que otras bombas mal ubicada.
De esta manera, cuando los talibanes volvieron el poder, Islamabad creyó que se trataba de un aliado. Pero la amistad duró poco, cuando se acusaron de esconder terroristas y de servir a potencias rivales.
Lo demás es humo, metralla y variadas declaraciones patrióticas. Ahora hay un millón de personas desplazadas que cruzan y vuelven sin saber de qué lado viven. El vecindario que confirma una vieja verdad: cuando los ingleses dibujan la raya, otros terminan sangrando.

La Suiza de Asia

Kabul es la capital y la ciudad más grande de Afganistán. supo ser la denominada «Suiza de Asia», una especie de refugio cosmopolita de minifaldas, cines y facultades mixtas donde el futuro se respiraba en cada uno de los cafetines. Era un tapiz de seda y jazz protegido por el Hindu Kush.
Pero en 1996, los talibanes trajeron un silencio de hierro y el gris monocromático del burka, apagando la música y las luces de las avenidas.
El orden reemplazó a la libertad, transformando una ciudad vibrante en un escenario de penitencia, donde recordar el pasado se volvió un lujo peligroso y el alma quedó sepultada bajo el polvo.

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