Preocupación en el PRO: la obsesión de Macri complica la estrategia de campaña amarilla en la Ciudad

Por: Tatiana Scorciapino

El ex presidente desoye los consejos de sus asesores electorales y lleva su rivalidad con Santiago Caputo al terreno personal. La trastienda de una Guerra Fría que se palpa en la preocupación en los equipos de Uspallata por el impacto en los comicios del domingo.

La noche del 22 de octubre del 2023, cuando las urnas confirmaban el escenario de segunda vuelta que dejaba afuera a su entonces candidata, Mauricio Macri reunió a su tropa y la instruyó a acordar una reunión con los recién llegados que habían dado el batacazo en una elección sin precedentes. En la cumbre, que luego pasó a la historia política como el Pacto de Acassuso, el ex presidente hizo saber su predisposición de poner a trabajar a todo su aparato político y territorial en favor de Javier Milei. 

“La sociedad votó un cambio”, repetía por entonces para justificar su decisión de apoyar a quien había calificado de “montonera tira bombas” a Patricia Bullrich, su aliada en aquel momento. Lo que el ex jefe de Estado no admitía frente a los principales espadachines libertarios era que la letra chica de aquel pacto escondía su voluntad de hacerse de lugares claves del Estado nacional que en su presidencia hicieron abultar las billeteras de sus amigos. Ese día, el único que llevó anteojos fue Santiago Caputo.

El todavía anónimo asesor, que tuvo un paso por las filas de Cambiemos bajo la tutela de Jaime Durán Barba, reconoció desde el inicio las dobles intenciones del bostero, a quien dejó jugar y le permitió creer que tendría un lugar privilegiado en la venidera gestión libertaria. Por entonces, el ex presidente estaba convencido que la inexperiencia de Milei le entregaría la llave de su deseado segundo tiempo. Testigos de aquel envalentonamiento juran que el ex presidente aspiraba a tener un despacho propio en Casa Rosada para ejecutar sus funciones de asesor ad honorem. La burbuja de fantasía que se auto construyó el bostero fue pinchada por el ex estudiante de ciencia política la misma noche que no permitió que Macri subiera al escenario para acompañar el triunfo electoral del economista.

Aquel primer movimiento marcó las bases del enfrentamiento a cielo abierto que se desataría meses después. Al inicio todo se desarrolló como una pequeña y controlada Guerra Fría de muestras de poder mutuas. Por entonces, durante los primeros meses de gestión, el equipo de Jorge Macri le acercó una importante propuesta de trabajo a Macarena Alifraco, mano derecha de Caputo, quien ya había dado el salto hacia las filas libertarias luego de un paso fuerte dentro de las bases del PRO. Aquella oferta fue rechazada de cuajo. Pero desde aquel momento dentro de lo que todavía era el Salón de las Mujeres empezaron a masticar bronca contra el ingeniero. Un trabajo de hormiga.

La silenciosa construcción política que el arquitecto del relato libertario logró consolidar a lo largo de un año y medio de gestión encandiló todos y cada uno de los deseos del ex presidente. Desde el manejo de la Cámara de Diputados, pasando por la Inspección General de Justicia, el Ministerio de Energía y la ANSES, Caputo dejó a un Macri hambriento de poder sin un sólo bocado. Este juego, que muchos alfiles del calabrés califican como “macabro”, despertó en el bostero sentimientos poco experimentados. Uno de sus laderos, incluso, se aventuró a decir que el ex presidente siente “celos” del asesor presidencial más poderoso que la democracia tenga memoria.

Quienes lo conocen de cerca admiten que el primogénito atraviesa una etapa de abrumadora obsesión. Incluso, hay quienes dicen que Macri está “encaprichado”. A tal punto que los arquitectos del relato amarillo se muerden los puños en cada aparición del bostero quien, cegado por su propia voluntad, no respeta la estricta estrategia electoral que Antoni Gutiérrez-Rubí diagramó bajo las órdenes de su primo Jorge. Las razones sobran. Sólo en la última semana el campeón de bridge confesó que su candidata, Silvia Lospennato, le rogó no participar de esta elección y que podría salir tercera en la contienda porteña. Todo mientras combatía la resaca de Neuryl.

Esta vehemencia, dicen puertas adentro, fue lo que causó que se saliera del libreto este lunes y acusara a Milei de tener alucinaciones, un golpe debajo del cinturón para un presidente que fue acusado en más de una ocasión de padecer desequilibrios nunca confirmados en su psiquis. “No puedo creer lo poco que me conocés”, posteó el ex jefe de gobierno porteño bañado en indignación por la acusación oficialista sobre un posible pacto entre su espacio y el peronismo de Cristina Fernández de Kirchner para bajar Ficha Limpia.

La intención de Macri de apuntar directamente contra el líder libertario rompió deliberadamente el pacto tácito de no agresión que ambos dirigentes habían acordado entre milanesas y ensaladas meses atrás. Esa misma línea se había acordado en el búnker amarillo que diagramó una táctica especial que les permitiera a los macristas moverse en el espectro del discurso libertario, mientras marcaban sus diferencias de métodos y formas republicanas. Una rutina pasivo-agresiva sin mayores chispas que les permitiría cuidar un electorado cada vez más volátil. Todo venía bien, pero pasaron cosas.

La decisión de Karina Milei de ir a fondo en el kilómetro cero del PRO, y las humillantes publicaciones de cuentas sin dueño contra el ex presidente por su insistencia por quedarse con la Hidrovía caldearon el humor de quien siempre fue reacio a los coucheos de asesores. A su favor, el heredero del grupo SOCMA había dado varias señales previas de hartazgo. No sólo acusó a la hermanísima de ser la responsable de la falta de acuerdos en la Ciudad, sino que durante las semanas previas al que el Congreso tratara el escándalo $Libra, en la que la menor de los Milei se encuentra involucrada, Macri afirmó estar preocupado porque el gobierno «no subió ni un sólo lugar en el ranking” en la medición de percepción de la corrupción. Fuerte y al medio.

Casi resignados, los laderos del jefe espiritual del PRO ruegan que la campaña culmine para evitar mayores desmadres que puedan provocar el enojo de la trompa mileista que desde hace semanas amenaza con la publicación de imagenes comprometedoras de un importante dirigente amarillo. En el campamento político, donde conocen de memoria las jugadas del dueño de la pelota, sostienen confiados que esta etapa de rebeldía se apaciguará una vez conocidos los resultados del próximo domingo.

“Después del 18, viene el 19 y la gobernabilidad del gobierno nacional y la Ciudad”, dijo con tono conciliador un experimentado dirigente amarillo a este medio. Para la misma voz, estas rispideces se resolverán casi por arte de magia al momento que ambos campamentos reconozcan la necesidad de la existencia del otro para poder hacer pie en la Provincia de Buenos Aires, donde el peronismo sigue marcando una contundente preferencia en el grueso del electorado. De la paciencia de cada actor dependerá cómo se sobrevive hasta octubre.

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