Este giro debe analizarse en el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional, que constituye la actualización de la Doctrina Monroe —ahora con el corolario Trump— presentada por el gobierno estadounidense en noviembre pasado

Resulta, en apariencia, absurdo considerar que una pequeña isla bloqueada, con enormes dificultades económicas, represente un peligro para la principal potencia militar del planeta. Pero no estamos frente a una broma ni a un exceso discursivo. Estamos ante una definición estratégica que busca legitimar el ahogo económico y social de Cuba, profundizando el deterioro de sus condiciones de vida con el objetivo explícito de provocar el colapso de su gobierno. El propio Trump lo dijo sin tapujos: “Cuba no podrá sobrevivir”. Ya no se invoca la democracia, la libertad o los Derechos Humanos como coartadas; el imperialismo abandona incluso el cinismo y expone con brutal honestidad cuáles son sus objetivos.
Este giro debe analizarse en el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional, que constituye la actualización de la Doctrina Monroe —ahora con el corolario Trump— presentada por el gobierno estadounidense en noviembre pasado. Se trata de una versión endurecida y explícita de la vieja idea colonial de que América Latina y el Caribe constituyen el “patio trasero” de Washington. Bajo esta lógica, el hemisferio occidental es considerado territorio de dominio exclusivo de Estados Unidos, donde puede intervenir, presionar o desestabilizar gobiernos soberanos según su conveniencia.
Las amenazas contra Cuba no son un hecho aislado. Se inscriben en una política más amplia que ya ha tenido expresiones dramáticas en la región: bloqueos, intentos de invasión, bombardeos, asesinatos selectivos, sanciones criminales y operaciones de desestabilización, como las aplicadas contra Venezuela. La historia reciente obliga a tomar con extrema seriedad estas señales.
Al mismo tiempo, este proyecto imperial viene acompañado por un proceso preocupante de degradación democrática dentro de los propios Estados Unidos. Figuras influyentes del entorno trumpista sostienen abiertamente que la democracia es incompatible con el capitalismo. El propio Trump ha coqueteado públicamente con la idea de reducir derechos políticos, suspender elecciones o declarar estados de excepción internos si los resultados le son adversos. El autoritarismo externo va de la mano del autoritarismo interno.
La reacción de muchos gobiernos frente a este escenario ha sido, hasta ahora, tibia e insuficiente. La historia nos enseña que minimizar las amenazas imperiales tiene consecuencias devastadoras. Europa pagó un precio altísimo cuando creyó que podía apaciguar al nazismo cediendo territorios y aceptando avances “limitados”. El resultado fue una guerra total.
El declive relativo de Estados Unidos como potencia hegemónica global explica, en parte, este repliegue agresivo sobre América Latina. Incapaz de sostener su dominio a escala mundial, el imperio apuesta a consolidar su control sobre la región donde aún conserva ventajas: su poder militar. Frente a este escenario, los pueblos y gobiernos de América Latina y el Caribe deben asumir una actitud firme, denunciar estas políticas y fortalecer los lazos de la Patria Grande.
Defender a Cuba hoy no es sólo un acto de solidaridad: es una defensa del derecho de nuestros pueblos a decidir su propio destino sin amenazas ni tutelajes. El silencio o la indiferencia frente a estas agresiones sólo allanan el camino para nuevas intervenciones. La historia, una vez más, nos está poniendo a prueba.
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