A 40 años de «Privé», el salto con el que Spinetta se reinventó una vez más

Por: Gustavo Atonalam

Lejos del formato banda y del virtuosismo expansivo, el Flaco se refugió en máquinas, atmósferas sintéticas y canciones invencibles. Cuatro décadas después, suena todavía mejor que en su lanzamiento.

En febrero de 1986, Luis Alberto Spinetta editó Privé, un álbum que en su momento dividió aguas. Pero a 40 años de su aparición, su verdadera dimensión se ve con mayor claridad: cuando el rock argentino todavía procesaba la resaca de la dictadura y empezaba a coquetear con la estética ochentosa sin saber muy bien qué hacer con ella, Spinetta se reinventó una vez más, como nadie.

Venía de la sofisticación jazz-rock de Spinetta Jade y de la disolución de ese proyecto. Privé no fue continuidad: fue un corte. Spinetta se encerró en su mundo, abrazó la tecnología disponible -cajas de ritmo, teclados, secuenciadores- y se metió de lleno en un sonido más sintético, más urbano, más nocturno. En un país donde la autenticidad todavía se medía por la distorsión de la guitarra o la intensidad de la banda tocando junta, esa decisión no fue menor.

El disco respira una intimidad casi claustrofóbica. No es la mística cósmica de Artaud ni la complejidad jazzística de Bajo Belgrano. Es otra cosa: una especie de romanticismo tecnológico, con letras que orbitan el deseo, la fragilidad emocional y la incomodidad del vínculo. Hay sensualidad, pero también distancia. Hay melodías suaves, pero atravesadas por un pulso mecánico que no termina de abrazarlas del todo.

La audacia de Spinetta

Parte del desconcierto que generó en su momento tuvo que ver con eso. En 1986 convivían el pop en expansión, el rock más crudo y la sofisticación progresiva. Privé parecía no querer pertenecer del todo a ninguno de esos casilleros. Era pop, sí, pero un pop extraño, lleno de recovecos armónicos. Era moderno, pero no “cool”, en el sentido más trivial del término. Era íntimo, pero no confesional en términos obvios. Spinetta no estaba tratando de sonar como nadie; estaba intentando seguir su propio radar.

Y ahí está el punto. Si algo define a Spinetta es su negativa a repetirse. Cada vez que el público parecía acomodarse a una versión suya, él torcía el rumbo. Privé es la prueba de esa ética artística. No buscó complacer al oyente que esperaba otra suite jazzera ni al fan que quería más épica guitarrera. Fue un gesto solista en el sentido más literal: un disco hecho desde la voluntad individual, incluso a riesgo de quedar desfasado con el clima de época.

Producción en capas

Escuchado hoy, el álbum suena menos “ochentoso” de lo que muchos recuerdan. La producción -que en su momento fue señalada como fría- revela capas de detalle y una búsqueda estética coherente. La electrónica no está ahí como moda, sino como recurso expresivo. Las cajas de ritmo funcionan como un corazón artificial que sostiene canciones frágiles. La tensión entre máquina y emoción es, en definitiva, el núcleo del disco.

También hay que leerlo en clave biográfica. Spinetta atravesaba cambios personales y artísticos, y eso se filtra en la escritura. No hay proclamas generacionales ni alegorías políticas explícitas. Hay un yo que observa, que duda, que se repliega. En una escena que todavía cargaba con la épica de la resistencia cultural, esa introspección podía parecer menor. Con el tiempo, se vuelve profundamente contemporánea.

Cuatro décadas después, Privé se escucha como un álbum adelantado a su tiempo en la manera de integrar sensibilidad poética con herramientas electrónicas sin caer en la caricatura del synth pop. No fue un éxito masivo ni un punto de quiebre comercial. Fue otra cosa: un laboratorio emocional, una declaración de independencia estética.

En la discografía de Spinetta, los discos “cómodos” son la excepción. Privé pertenece a la estirpe de los trabajos que incomodan, que obligan a recalibrar expectativas. Tal vez por eso su aniversario redondo invita a revisarlo sin prejuicios, sin el peso de la comparación permanente con los clásicos indiscutidos. A 40 años de su edición, el álbum confirma algo esencial: Spinetta no perseguía la aprobación, perseguía una forma de verdad artística.

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