Seguro el pueblo boliviano hallará las alternativas. Deberá evaluar profunda y autocríticamente lo realizado.

Las encuestas, el ánimo de los dirigentes, la sensación del pueblo y los agravios que se lanzan entre sí los líderes del oficialismo muestran un escenario irreversible: Bolivia se encamina a que la derecha vuelva a gobernar. Tal es así que, seguramente, en la segunda vuelta se enfrentarán dos candidatos de derecha.
La pregunta es inevitable: ¿qué sucedió para que esa experiencia tan extraordinaria que llevó adelante el Movimiento al Socialismo (MAS), liderado por Evo Morales, llegue a una situación tan trágica, arrastrando con ella a su pueblo y frustrando una expectativa gigantesca sobre la posibilidad de que los pueblos originarios gobernaran virtuosamente una nación?
Uno de los factores centrales es la disputa pública, fratricida y en un tono elevadísimo, entre Evo Morales y Luis Arce. El movimiento popular en América Latina tiene que reflexionar sobre las características de los liderazgos carismáticos. En los años 2000, esas figuras fueron fundamentales: Néstor y Cristina en Argentina, El Pepe Mujica en Uruguay, Lula en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela.
Pero al mismo tiempo, esos liderazgos generan dificultades cuando no encuentran su lugar dentro del proceso.
Tras el golpe de Estado y la proscripción de Evo, la decisión —impulsada por el propio Morales— fue que Luis Arce encabezara la fórmula. Durante un tiempo convivieron el líder y el presidente. Sin embargo, esa convivencia derivó en un enfrentamiento voluntario. Además, una parte de la dirigencia se burocratizó e incorporó al gobierno, alejándose de la relación directa con la base social; otra se concentró en garantizar que Morales pudiera volver a ser candidato. De ese modo se debilitó aquel fenómeno extraordinario en el que los movimientos sociales conducían el proceso y se expresaban a través de un instrumento político-electoral.
A ello se sumó otro problema: no hubo cambios trascendentales. Arce no solo no profundizó lo logrado, sino que entró en una meseta con rasgos declinantes. La transformación no puede detenerse: la experiencia en Argentina y otros países demuestra que creer que con lo alcanzado alcanza para sostener el respaldo popular es un error. En Bolivia, además, se optó por la moderación. Faltó un segundo capítulo, un nuevo escalón, paradigmas renovados.
Como señaló Álvaro García Linera, los procesos políticos no se mantienen: si no avanzan, retroceden. Eso fue lo que ocurrió en Bolivia. El pueblo ya había conquistado derechos y mejoras significativas; la ausencia de un horizonte transformador ocasionó la pérdida de entusiasmo con el MAS.
Los desaciertos económicos también jugaron un papel decisivo. Tuvieron que ver con esa voluntad de no transformar y con el temor a enfrentar a los grupos de poder. No se dio paso a medidas más comprometidas que lograran que los grandes sectores económicos aportaran más a la renta para que esa riqueza fuera redistribuida. Eso el pueblo no lo vio, porque no sucedió. Y cuando el movimiento popular se frena por miedo a perder peso político, termina perdiendo el respaldo popular.
Seguramente el pueblo boliviano encontrará las alternativas. No será en esta ocasión. Pero para avanzar deberá evaluar profunda y autocríticamente lo realizado. La derecha, claro está, hace su tarea. El desafío recae en el movimiento popular: cómo abordar este momento de disputa en América Latina sin conflictos internos fratricidas, sin disputas de liderazgo innecesarias y con la convicción de que cuando se llega al gobierno es para transformarlo.
Esa es la tarea pendiente.
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