¿Qué era eso que llamábamos realidad? por Mónica López Ocón

Por: Mónica López Ocón

Columna de opinión.

Creemos que vivimos en la realidad –dice el escritor español Juan José Millás en una entrevista–, pero esto que estamos viviendo no puede ser la realidad. Hay muchos escritores que buscan la puerta que conduce a lo fantástico. Yo busco la puerta que conduce a la realidad porque en lo fantástico ya estamos, en lo fantástico malo, en el delirio malo.» Nunca fue fácil establecer qué es la realidad, aunque Perón, que ha alcanzado el carácter irreal de las grandes figuras míticas, la haya definido como la única verdad.

Pero si nunca fue fácil definirla, hoy es más difícil que nunca. La virtualidad lo ha invadido todo y, en el sentido contrario a La rosa púrpura de El Cairo, en que el personaje se escapaba de la película, hemos sido abducidos por las pantallas y vivimos en ellas una vida fantasmal. Ya no se acude al psicoanalista por un estado depresivo o una tristeza persistente. Las consultas se hacen cuando uno se siente tan pixelado que tiene la sensación de que va a disolverse. Quizá la muerte a la que tanto se le teme, después de todo no sea más que un caso de pixelado extremo, y la bronca, un problema de saturación de los colores. 

Compruebo dolorosamente que fue un trabajo inútil dedicarme durante la infancia a calcar mapas con tinta china. La geografía ha cambiado de manera sustancial. Se nota que las pantallas tienen tantas limitaciones de espacio como un monoambiente, por lo que el Río de La Plata recorre hoy inesperados países tropicales. Lo digo porque durante mi infancia vi a mis primos jugar a las bolitas, esas hermosas esferitas de vidrio, reproducciones bonsái del mundo, a las que hoy en Buenos Aires los chicos llaman canicas. Una de dos: o los chicos han optado definitivamente por los cuentos envasados o sus padres, influidos por los cambios geográficos, han decidido hablar en la lengua del doblaje

Sí, es evidente que la virtualidad no sólo lo ha modificado todo, sino que produce contradicciones flagrantes. Conozco a infinidad de progres que se llenan la boca hablando de la imperiosa necesidad de defender la identidad cultural de los pueblos originarios, que se rasgan las vestiduras por el respeto a su identidad lingüística –una reivindicación muy justa, por cierto–, pero como si no hubieran crecido en las orillas del Río de la Plata o no tuvieran ningún rasgo identitario que defender, dicen que se produjo una balacera, denuncian que una mujer recibió una golpiza o se quejan de que es imposible aparcar el auto en el microcentro. Sí, sí, ya lo sé: la lengua es un organismo vivo y, como tal, cambiante, y el préstamo lingüístico es uno de los mecanismos a través de  los cuales se enriquece. Lo que me resulta difícil de entender es que un organismo vivo se alimente de palabras muertas, que no pronuncian hombres y mujeres de carne y hueso, sino figuras que parpadean en una pantalla. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito, por lo que allá ellos, allá los que defienden las huertas orgánicas y los alimentos naturales y se llevan a la boca palabras a las que debido a la baja temperatura del freezer virtual ya tienen rigor mortis. 

Pero lo de las palabras, vaya y pase. Lo que me parece peor es que Facebook haya cambiado la sintaxis misma de la lengua castellana y el verbo compartir haya pasado a ser  un verbo reflejo. No puedo evitar un sobresalto cuando escucho decir «te compartí una foto» o «compartime caramelos». Le hice el reclamo a una de mis hermanas, no porque ella sea la culpable de esta aberración lingüística, sino porque, como usuaria frecuente de Facebook, contribuye a difundirla. Me dijo con aire de enojada «en Facebook se dice así». Consulté mis desvencijados libros de antropología para ver si Facebook era una etnia que yo desconocía. También me cercioré de que no fuera un país de creación reciente. No, es sólo un lugar de encuentro virtual donde personas que no se vieron nunca en la vida, de pronto, se convierten en amigas. Pero esta es sólo una de sus virtudes. Otra consiste en transformar el hecho de almorzaruna milanesa con papas fritas en un relato épico. Uno cuenta qué comió, lo documenta de manera fehaciente con una foto y los amigos a los que por lo general no conoce le ponen «me gusta» o «no me gusta» en lenguaje de señas. Una verdadera orgía del pensamiento binario.

También la virtualidad ha llegado a la política. Quien crea que los trolls son personajes de El señor de los anillos, se equivoca. Son las huestes virtuales de Marcos Peña que copan las redes para defender las banderas de la injusticia social. Y, atención economistas, el crecimiento de un país puede ser virtual al punto de volverse invisible. Por eso, lo empírico ha perdido prestigio. Poco importa que haya que hacer malabares para poner en el carrito del supermercado un sachet de leche y dos yogures. Martín Tetaz asegura que la inflación sólo está en la mente, es una realidad virtual. 

¡Dios mío! Necesito urgente un baño de realidad. Ya mismo comienzo a leer la última novela de Millás. La realidad sólo está en la ficción. No, no me pidas que te la preste. Tengo como norma no prestar libros.Nunca los devuelven. No, no insistas, la última novela de Millás no te la comparto ni loca.<

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