Como todo es exagerado en Racing, las alegrías y las tristezas, el amor y el odio, también puede ser exagerada una crisis como la que atraviesa en estos días. Que no quiere decir que no exista y tampoco que no deba merecer atención. Milito debe construir un club de todos.

Gustavo Costas es la expresión totalizante del club. Es Racing caminando ansioso por el corralito del entrenador. Cualquiera que haya habitado la tribuna en las últimas décadas sabe que un partido se transita bajo un ataque de nervios aunque se gane con cierta comodidad. Como todo es exagerado en Racing, las alegrías y las tristezas, el amor y el odio, también puede ser exagerada una crisis como la que atraviesa en estos días. Que no quiere decir que no exista y tampoco que no deba merecer atención. Pero se genera demasiado ruido, un bochinche en el que todos quieren tener razón y en el que no se buscan responsables, se buscan culpables.
A la desmesura que nos constituye se le suma una época de reacciones. Todo se dice rápido, con la sangre caliente. El micrófono a la salida de la cancha siempre encuentra gente ávida de putear en una derrota o celebrar en una victoria. Es una horizontalidad interesante pero que trae el desafío de separar argumentos, aun contrapuestos y en debate, de lo que pueden ser escupitajos de bronca, que son válidos para la catarsis pero que a la vez genera una competencia a ver quién dice la frase que se va a viralizar.
Racing está atravesado por una polarización que hace irrespirable el ambiente. La rosca aparece siempre por encima de todo y entonces ya no se discute nada en el medio. Ni siquiera el partido, ni siquiera qué hizo tal o cual jugador, ni hablar el equipo. ¿Un irresponsable te deja con diez todo el partido porque pega un codazo en tiempos de VAR y lo primero que surge en un micrófono es la reivindicación a la gestión anterior? Es muy difícil así. No hay conversación posible porque no existen los matices, todo queda liquidado entre el tiroteo.
Una serie de resultados adversos, como el empate del viernes frente a Barracas Central, complican la situación en el torneo. También está ajustado el margen de error en la Copa Sudamericana. En algunas de las últimas derrotas, tuvo hasta argumentos para ganar y, sin embargo, perdió por errores muy puntuales. El fútbol está lleno de esas historias. La moneda todavía está en el aire.
Si el fútbol es de los jugadores, como siempre dice Lionel Scaloni, el equipo es del técnico. Es su primer responsable. Nuestro técnico es Costas, Gustavo, un ídolo, un hombre que ama el club, al que amamos, y además de todo eso el entrenador que nos volvió a poner en el mapa internacional. Todo eso lo convierte en un intocable. Nos cuesta mirarlo y creer que se equivoca. Pero se puede equivocar. Gustavo ya supo corregir otras veces. Están los que sentencian porque todo tiene que ser determinante. Es la búsqueda de culpables. Pero la crítica no hay que entenderla siempre como una sentencia. A veces es sólo eso, una crítica, una mirada.
Por todo esto también Racing parece el único club -acaso parecido al Boca de Juan Román Riquelme y su Consejo de Fútbol- en el que los errores que ocurren en el campo de juego se cargan a las cuentas de la administración. Se llegó a leer que, como la derrota en el clásico se gestó sobre el lateral izquierdo, la culpa es de Milito que no trajo una suplente de Gabriel Rojas. ¿Quién era el reemplazante de Rojas en 2024? Podía ser Facundo Mura, Santiago Quirós y hasta Leonardo Sigali. Racing jugaba con línea de tres, con Rojas de carrilero por la izquierda. Ese lugar también lo ocupó en algún momento Juan Manuel Elordi, ahora en Independiente Rivadavia.
La falta de alternativas en un plantel puede ser un tema para Walter Zunino en Platense, pero no para Racing. Incluso puede ser un tema para Independiente Rivadavia y, sin embargo, Alfredo Berti armó un equipo muy duro para sus rivales sin figuras de renombre, salvo tal vez por Sebastián Villa. Por eso suena absurdo cuando en Racing, después de un empate con Aldosivi, se discute si el problema es el plantel.
La comparativa que aparece siempre es la de este equipo con el que ganó la Sudamericana. A los equipos (y a los jugadores) campeones siempre se los va a mirar diferente. El armado de un plantel, además, supone una tarea conjunta. La secretaría técnica busca y propone. El técnico y el presidente deciden. Si el entrenador no estuviera conforme, tendría que decirlo. Gustavo es un tipo grande, con espalda y valentía. Pensar lo contrario es infantilizarlo. O también sacarse el peso de tener que señalarlo.
Si naufragara el proyecto deportivo también sería responsable quien lo dirige, Sebastián Saja. Pero hay que saber esperar. Aunque la ansiedad indique lo contrario, es temprano para juzgar su trabajo. Los planteles se arman por capas, no todo mercado que se abre termina de la mejor manera. Buena parte del equipo de la Sudamericana fue obra de alguien que no pudo vivir el éxito desde adentro, Rubén Capria. Bajo su gestión llegaron Rojas, Juan Ignacio Nardoni, Roger Martínez, Juanfer Quintero, Gastón Martirena y Agustín Almendra. Algunos le decían el “Vago Capria”. ¿Se evaluará de la misma manera ahora su trabajo? La inmediatez que exige el fútbol es ingrata. Capria se fue cuando llegó Costas: no era su proyecto. Y, sin embargo, fue Costas el que potenció a esos jugadores.
Como potenció a otros que trajo, a los que los puso en valor. No hubo tiempo con Valentín Carboni, una desgracia. ¿Habrá tiempo con Matko Miljevic? ¿No era Miljevic el jugador que reclamaban cuando Huracán se había plantado en la negociación? “Poné la plata, Milito”, escribían en redes con la negociación todavía abierta.
Todavía queda año por delante para determinar hasta dónde se llega. ¿Cuál es la gravedad del momento? Hay que ir para atrás. Desde 2014, se disputaron quince ligas, once Copas Argentina y cinco Copas de la Liga. En ese lapso, Racing ganó dos títulos locales (Transición 2014 y Superliga 2018/19). En la Copa Argentina -donde aún compite- sus mejores actuaciones fueron las semifinales de 2015 y los cuartos de 2025. Incluyó, además, eliminaciones con equipos de categorías más bajas: Olimpo (2017), Sarmiento de Resistencia (2018), Boca Unidos (2019), Agropecuario (2022) y Talleres (RE) (2024). En copas internacionales, fue campeón de Sudamericana en 2024, de la Recopa en 2025 y tuvo el mejor registro en Libertadores con las últimas semifinales.
En 2024, por ejemplo, Racing se quedó afuera de la Copa de la Liga en fase de grupos, un mal inicio que tuvo una remontada, incluyendo victoria en el clásico y último partido con goleada a Belgrano, y que no alcanzó. Era el equipo que ganaría la Copa Sudamericana. Volvió de Paraguay con la posibilidad de buscar el torneo pero lo terminó perdiendo en un 4-5 con Estudiantes y un 1-3 con Central Córdoba. Hasta se le reprochó a Blanco los festejos por la copa.
Hay que saber de dónde venimos. Porque no venimos del paraíso. El que diga lo contrario es porque olvida los últimos quince años y sólo se queda con la Copa Sudamericana. Se olvida de eliminaciones dolorosas, de ventas en medio de una competición, del penal de Jonathan Galván y de la noche en la que se fue Fernando Gago. Mil veces hubo noches como las del viernes. Hay una idealización del pasado que no ayuda al presente. Mientras escribo, el algoritmo me muestra un tuit que habla sobre “la decadencia de Racing”. Todo es una hipérbole. No se entiende si sólo para juntar likes o también para generar daño. Pero la autodestrucción vive a la vuelta de nuestra esquina.
Aunque no todo fue ideal en sus doce años, Blanco fue un gran presidente de Racing. Milito debería tomar cuenta de esto y tratarlo como tal aun cuando marque sus diferencias. Una cosa es la disputa para ganar las elecciones y otra es gobernar. Milito le ganó a la campaña de que ahí venía el cuco, de que con él llegaba Fernando Marín y las sociedades anónimas. Pero hay que saber bajar las armas. La política es conflicto y no hay que tenerle miedo a la grieta, pero nunca sirve una lucha fratricida en un club. El error, además, es polarizar contra un dirigente que es querido incluso por quienes te votaron. Es no entender a tu propia base. Racing tiene algo que podrían envidiarle otros clubes: buenos dirigentes, además, en distintas veredas. No se puede perder de vista esa perspectiva. Por ser el presidente, ahí radica la máxima responsabilidad de Milito: en construir un Racing de todos, incluso de quienes hoy son opositores circunstanciales pero que ayudaron a sentar las bases de este tiempo.
Una crítica a Blanco era su presidencialismo. Todo pasaba por él. Milito ganó por amplio margen en diciembre de 2024 frente a Christian Devia, un dirigente al que los socios no le conocían la voz. Milito prometió lo contrario. Dijo que se terminaba el presidencialismo. Hubo dos mantras: profesionalización de las áreas y, ay, ay, ay, el salto de calidad. Mejorar lo que ya se había hecho. Más que presidencialismo, en Racing bromean con que hay secretariogeneralismo. Todo pasa por Kevin Feldman, el dirigente de mayor confianza de Milito, a quien también muy pocos le conocen la voz. ¿Cuál es entonces la diferencia en el modelo de club? Es una pregunta que se hacen muchos.
Pero no hay respuesta porque nadie habla, empezando por Milito. Hay una ausencia absoluta. Parafraseando a eso de que los jueces hablan por sus fallos, acá entienden que hablan por su gestión. No existe eso. Hay que hablarle a los hinchas, a los socios, a los que te votaron y a los que no te quieren. Tenés que decirles a dónde vas. Decirles qué pasa y estar presente. Es una cuestión política. Tienen que dejar que los dirigentes de Racing hablen, hay varios muy buenos, socios comprometidos y preparados que trabajan para el club. Lo contrario, el silencio, es ausencia. Es vacío y orfandad. Milito lo sabe porque como jugador y capitán sabía que había que hablar. Para adentro y para afuera.
El salto de calidad propuesto pasó de consigna a chicana. Te vas de la cancha tras una derrota y siempre alguien va a gritar: “Ahí tenés el salto de calidad”. Una gestión no puede ser plebiscitada partido a partido. Nadie lo soporta, no lo soporta el club. Pero, a la vez, ahí se puso la vara. El viernes sonó el clásico “la comisión, la comisión”, más tradicional y, sobre todo, más elocuente que la ironía agotadora del “salto de calidad”. Esa bronca colectiva es muy atendible. No hay que dramatizar, ya sonó con Blanco también. Así es la cancha. Una cancha que alentó todo el partido, que empujó al equipo, y en la que hasta un rato antes del empate de Barracas Central se aplaudía todo lo que pasaba por delante. Un rato después, al contrario, era el caos. Sin dejarse llevar por el viento, es hora de escuchar. Les cabe a todos, también a los que hoy son oposición. Porque Racing, que vive en la desmesura y está por encima de cualquiera, necesita calma.
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