Ping pong con Ramiro Gallo: «El tango es como una nave interplanetaria que te lleva a aventuras que ni siquiera imaginaste»

Por: Nicolás Peralta

Por la calidad de su obra y la determinación con la que trabaja, es un referente ineludible de nuestra música popular. También es fanático del yoga y un lector consecuente.

Es un violinista virtuoso, un compositor obsesivo y un letrista puntilloso. Su nombre es una de las grandes referencias de nuestro tango. Ramiro Gallo nació en Santa Fe y recorrió buena parte del mundo con la música que ama.

Comenzó a temprana edad, interpretando música popular argentina junto a sus padres y hermanos, mientras desarrollaba paralelamente su formación académica. Fue parte de varias orquestas de música clásica hasta que decidió nunca más alejarse del tango. Fue una parte central de la orquesta El Arranque y como líder acaba de lanzar su décimo disco: Todas las cosas, y el tiempo.

–¿Cómo descubriste el tango?

–Desde que tengo memoria está cerca. Mis padres tocaban la guitarra, bastante folklore, pero había una vena tanguera presente. Siempre a full con la Guardia Vieja. Es decir, no empecé por Piazzolla. Me enseñaron tangos muy viejos.

Alfredo Gobbi, una referencia ineludible para Gallo.

–¿Cuál fue el primer tango que aprendiste a tocar?

–“El apache argentino”, un tango muy antiguo, compuesto por Manuel Aróztegui en 1913. Después seguí con “Don Juan”, el primer tango argentino grabado con orquesta de tango. Su letra fue obra de Ricardo Podestá. Después “El porteñito”, de 1903, y también “El pañuelito”, de Juan de Dios Filiberto, de 1920.

–¿Cuándo te diste cuenta que el tango era tu música?

–Tardé. A los 20 años. Si tocaba Bach me salía, pero fue a esa edad que me di cuenta que el tango era algo que era parte de mí. El tango corre por nuestras venas, sólo que no nos damos cuenta. Una vez que advertí que era mi idioma, no me aparté más.

Igor Stravinsky.

–¿Te gusta algún otro tipo de música? ¿Sos capaz de escuchar a Shakira?

–…Prefiero la música artesanal, hecha con amor, alejada de lo industrial. Prefiero comer comida casera a McDonald’s, digamos. En una época escuchaba de todo. Pero la verdad que ahora casi no escucho música, fuera del trabajo. Me gusta estar en silencio en mi casa. Pero en mi etapa formativa, estaba todo el tiempo con algo.

–¿Con cuáles músicas?

–Fui mucho tiempo integrante de orquestas sinfónicas, por lo que escuchaba de Mozart a Stravinsky. Siempre preferí los lenguajes armónicos más recientes, por lo que escuché mucho jazz. Egberto Gismonti me partió la cabeza. Es tan increíble que me inhibe para hacer mis propias canciones. También me gustaba mucho el rock progresivo de los ‘70, como Pink Floyd, Camel, Strawbs y Emerson, Lake & Palmer. Siempre música en conjunto con determinada masa orquestal.

Egberto Gismonti.

–¿Y del rock argentino?

–Me gusta mucho Serú Girán. Todo lo que hace Charly García me encanta.

–Viajaste mucho por trabajo: Europa, Asia, toda América. ¿Cuál es la conclusión de esas experiencias?

–Siempre es una alegría ver otras culturas. Hemos viajado gracias al tango. El tango es como una nave interplanetaria que te lleva a aventuras que ni siquiera imaginaste. Es una de las músicas más sofisticadas del mundo y gusta mucho en todos lados. 

Serú Girán.

–¿Sorprende?

–Sí. Genera un gran amor en todas las latitudes posibles, es increíble.

-¿Viviste en el exterior?

–Siendo joven viví tres años en Sudáfrica. Dos años tocando en la Sinfónica Nacional, y luego un año trabajando como guitarrista en un hotel. Era la época del apartheid. Me volví cuando liberaron a Nelson Mandela. Era la primera vez que salía del país y fue una bisagra en mi vida. Fue una experiencia muy movilizante.  No volví a ir. Deseo fervientemente volver. Me gustaría ir a los lugares que vivía, caminar esas calles y recordar.

–¿Cuáles son las dificultades de ayer y hoy para los músicos?

–La tecnología cambia todo y los paradigmas mutan. Se facilitan algunas cosas. Pero lo que no cambia es que un músico tiene que apelar a la propia creatividad para hacer algo trascendente. Hay que trabajar con tus ideas, sea el contexto que sea. Es lo mismo usar inteligencia artificial o una cuchara de madera y una cacerola. Lo que lo destaca es el propio toque. El deseo de expresión es lo que tiene que primar. Esto es una actividad humana que busca conectar con otros. Si tenés claro eso, siempre hay cosas por hacer. Yo laburo desde los 16 años y siempre pude hacer algo a pesar de lo injusto de este mundo, que es algo que me enoja.

Ramiro Gallo quinteto.

–¿Por qué te enojás?

–Ver que actividades poco elogiables, criticables desde lo moral, son las más rentables, es algo feo. El impune vive mejor que yo, decía Discépolo en el tango “Tormenta”. Él ya lo decía, para vivir mejor parece que hay que transar y ser malo. Es una realidad triste, pero es así. Mientras tanto le dedico mi tiempo a crear.

–¿Fuera de la música que te gusta hacer?

–Me gusta cocinar, lavar los platos, leer. Y me gusta hacer yoga, es una actividad que sé que voy a hacer hasta que me muera. Permite una introspección intensa y muy interesante. Hace bien al cuerpo, a la mente y al alma.

Gallo en vivo.

-¿Cuánto es el máximo de horas que ensayaste?

-En 2001 viajamos con El Arranque para tocar en Nueva York con la banda de Wynton Marsalis. Llegamos a las 10, tres horas después arrancamos el ensayo y terminamos a la 1 de la mañana. ¡Fueron 12 horas de ensayo! Y al otro día lo mismo. En total hicimos 24 horas de ensayo, divididas en dos jornadas. Cuando salimos al escenario tocábamos de memoria. Pero no lo sufrí, podría estar días ensayando.  «

Ping pong con Ramiro Gallo

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