El álbum que contiene “Roots Radicals” y “Ruby Soho” ofrece un sonido furioso y auténtico que atravesó generaciones. Un clásico inoxidable de los 90.

El álbum, producido por Jerry Finn y Andy Wallace y lanzado por Epitaph, es el tercero de la banda californiana y el que definió su identidad. Rancid venía de dos discos veloces y rabiosos, hijos de la herencia de Operation Ivy y de la urgencia de la Bay Area. Pero aquí alcanzaron el punto justo entre crudeza y gancho melódico, sumando influencias ska, dub y reggae sin sonar forzados. El resultado: un repertorio de 19 canciones en apenas 50 minutos, todas con el nervio del punk clásico y la energía de un colectivo que entendía a la calle como escuela.
Desde el arranque con “Maxwell Murder”, que incluye un solo de bajo frenético de Matt Freeman, hasta la despedida con “The Way I Feel”, el disco es una montaña rusa de riffs cortantes y coros coreables. En el medio brillan himnos como “Roots Radicals”, declaración de principios y tributo al reggae de los Clash; “Time Bomb”, con su groove ska irresistible; y “Ruby Soho”, la balada outsider que se convirtió en la puerta de entrada para miles de pibes que nunca habían pisado un squat ni una sala de ensayo.
Pero más allá de los hits, lo que convierte a …And Out Come the Wolves en un clásico es su retrato del desarraigo urbano. Las letras de Tim Armstrong funcionan como un diario marginal: pandillas, bares, trenes suburbanos, migraciones, el pulso de los que se sienten expulsados del centro. No es romanticismo barato ni pose: es la vida misma narrada en tiempo real, con la voz cascada de alguien que se mueve entre el orgullo y la derrota.
El impacto fue inmediato. El disco vendió más de un millón de copias, llevó a Rancid a los escenarios más grandes y los puso en el mismo radar que Green Day y The Offspring, pero con un espíritu radicalmente distinto. Mientras los otros apostaban a la pulcritud de MTV, Rancid conservaba el look desprolijo, la estética skinhead punk y la lealtad a Epitaph, el sello independiente de Brett Gurewitz. Ese contraste les dio una autenticidad que aún hoy se recuerda como un sello de época.
Treinta años después, el álbum no perdió potencia. Suena tan vital como en 1995 y mantiene la capacidad de prender fuego cualquier fiesta punk en segundos. En una escena que vio nacer, caer y reinventarse a decenas de bandas, …And Out Come the Wolves sigue ocupando un lugar único: el disco que demostró que se podía crecer sin traicionar el ADN callejero.
Para Rancid, fue el comienzo de la madurez, pero también el inicio de un legado que aún se sostiene. Y para el punk, fue la confirmación de que, incluso en el centro de la industria cultural, todavía había espacio para el ruido de las cloacas. Treinta años después, ese rugido sigue siendo necesario.
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