Mientras el Senado debatía cuántos derechos quitar a la clase trabajadora, la policía reprimía en las inmediaciones del Congreso.

Llueven las bombas lacrimógenas sobre una plaza que, apenas una hora antes, era un hervidero de trabajadores protestando contra una reforma laboral que se dice moderna pero es esclavista y decimonónica: un viaje sin escalas al siglo XIX.
Otra vez el panic show mileísta: un despliegue de detenciones y balas de goma para vaciar la calle mientras adentro, en el palacio legislativo de mármol, se ejecuta el remate de la dignidad de los laburantes.
Las rejas y los carteles
La jornada había comenzado con un blanco nuclear. No era el sol de la justicia, sino el resplandor de una subasta que no admite ofertas en pesos, solo se liquida con el lomo del que labura. Obreros, docentes, judiciales, bancarios, jubilados… A las dos de la tarde, las columnas de los gremios empezaron a ganar la calle, y para las tres, la Plaza ya era un mar de banderas y espanto bajo un sol tremendo.
Los gendarmes, alineados con una simetría maníaca, exhiben botas con un brillo obsceno, casi un espejo donde podés peinarte antes de que te partan el alma. Estaban agazapados tras las vallas, custodiando un Congreso enjaulado como pajarera de lujo.
En el corralito antes del Palacio, el ingenio popular intentó ganarle al cinismo: un cartel gritaba “Saluden a las horas extras que se van”, mientras otro advertía: “Con el banco de horas despedite de tu familia”. Hay carteles más directos que se agitan sobre las cabezas: “Quitar derechos laborales viola la Constitución Nacional”.
Un muchacho, entre la columna de ATE y la UOM, levantaba un cartón que resumía la utopía posible: “Trabajar 6 horas, 5 días x semana con salario igual a la canasta: esto sí sería moderno”. Pero la modernidad libertaria tiene grilletes y olor a rancio.
Bajo un celeste furioso, los paraguas de los ferroviarios servían para taparse del sol mientras una señora repartía estampitas de la Virgen de Luján “para que nos salve”. Luis, operario metalúrgico de Quilmes, buscaba un resto de sombra bajo un ombú: “Si te pueden pagar el sueldo con fideos o fraccionarte las vacaciones, lo único que liberan es la mano del patrón para apretarnos más fuerte”.
A unos pasitos, Susana, maestra arrimada desde Liniers, sentenciaba: “Milei es un rematador de la Argentina. Estamos cada vez peor, los pibes tienen que comer en los comedores, los padres se quedan sin trabajo”.
Gabriel Espósito, delegado de ATE en Atucha, miraba las vallas con preocupación: “Estamos peleando para tirar atrás esta reforma que nos regresa cien años en el tiempo. Es un capítulo más de un proyecto que quiere ver a los sectores populares de rodillas”.
Cerca de una bandera de la UOCRA con la cara del Papa Francisco, Cristian, laburante de la industria láctea en Sunchales, recordaba lo básico: “Moderno era mi viejo, que podía tomarse vacaciones. Hay que estar en la calle para frenarla”.
Mientras en la calle se ponía el cuerpo, en los pasillos del Senado se pulía el desguace. El clan Caputo y los Menem cerraron el canje de Ganancias por la Reforma Laboral. La perversión es quirúrgica: se derogan estatutos y se liquida la indemnización plena.
Pablo Luna, jubilado de YPF, no lo podía creer: “Se están pasando el 14 bis por las pelotas. ¡Qué futuro les espera a los chicos!”. Darío, trabajador de Toyota, coincidía: “Son 200 cosas que quieren cambiar y ninguna beneficia al obrero. Gana siempre el patrón”.
Antes de que el gas lo cubriera todo, un solo grito unificaba las columnas: “¡Paro, paro, paro… paro general!”. Era el reclamo de la calle que el Parlamento se negaba a escuchar. Pasadas las cuatro, el escenario mutó en pesadilla. Un grupo de encapuchados protagonizó incidentes contra el vallado, la excusa perfecta para que la represión se volviera cacería. El avance de la Gendarmería y de los cosacos de la Ciudad convirtió la Plaza en un territorio ocupado. El “modelo Milei” consiguió su victoria de papel entre nubes de tóxicos.
En el asfalto caliente, donde todavía flota el ácido del gas pimienta, el aire se volvió irrespirable. Adentro del Congreso brinda la casta mileísta; afuera, el pueblo mastica el polvo de una traición. La patria no se vende, se defiende, y esta tarde la defensa se escribió con el cuero aguantando el fuego del amo. Pero no seremos su esclavo: sean eternos los derechos que supimos conseguir.
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