Por Julia Izumi, editora de Política
El discurso de «segunda generación» o del «segundo semestre», como se prefiera llamarlo, viene de la mano de la destrucción de otros paradigmas, igual de delicados. El plan para devolverle a las Fuerzas Armadas un rol clave en la seguridad interior del que dio cuenta Tiempo hace una semana, y se profundiza en esta edición es el corolario de una seguidilla de decisiones que apuntan a cuestionar una serie de ideas sobre las que se habían construido ciertos consensos en los últimos años: la de que es preferible apelar a métodos disuasivos antes que a represivos en materia de seguridad, que lo militar puede estar asociado a lo profesional y tecnológico y no al carapintadismo de desfile, que la protesta es un derecho a respetar, y que hay ciertos asuntos sobre los cuales hasta la criticada justicia argentina no ofrece resquicios interpretativos: en la dictadura hubo terrorismo de Estado, los desaparecidos se estiman oficialmente en 30 mil, las prácticas neonazis merecen el repudio internacional.
Detrás del «se acabó la joda» parecen llegar, en cambio: «En la Argentina hubo 8960 desapariciones registradas por la Conadep (como se explica en la Tecnópolis desideologizada de la era PRO, en sintonía con el renunciado Darío Lopérfido), la estigmatización de un sector de la Justicia decidido a ejercer el «garantismo», el filo nazismo ingresando a la Casa Rosada y la represión en el Ingenio Ledesma, entre tantos otros hechos. El esperado segundo semestre no trajo la bonanza prometida sino, más bien, un endurecimiento brutal en el discurso y la acción oficial. Y sí eso no es joda. Es muy serio.
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