Murió este domingo en el parque Mundo Marino tras permanecer tres décadas en cautiverio desde su rescate en 1992. Mientras la institución atribuye el deceso a causas naturales y la edad avanzada, su muerte reaviva el reclamo por una normativa para prohibir el encierro de animales en el país.

¿Kshamenk era «familia», como decía el comunicado oficial? Para los activistas por los derechos de los animales era un rehén de un sistema que transformó un accidente geográfico —aquel varamiento de 1992 en la Ría de Ajó— en una oportunidad de negocio bajo el disfraz de la «conservación». Mientras el parque atribuye su muerte a un paro cardiorrespiratorio y a la «avanzada edad» -Kshamenk tenía unos 35 años-, los activistas dicen que el diagnóstico real es el desgaste invisible del cautiverio. Las orcas son seres sociales, matriarcales, dueñas de una dialéctica propia y de mapas emocionales que no caben en una pileta de San Clemente del Tuyú.
Se sabe, el especismo es la última frontera de la discriminación. El caso de Kshamenk es la prueba de que el dominio del que se habla desde el Génesis —ese mandato de someter a los animales: «Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes…»— sigue operando en el presente. Para los turistas, la orca era un póster vivo; para el derecho animal, era una «persona no humana» privada de su libertad.
La justicia, como suele suceder, hace la plancha mientras la vida se escapa por las cloacas. La «Ley Kshamenk», que busca prohibir el cautiverio de cetáceos en Argentina, duerme en los despachos del Congreso desde 2023. Expertos en la materia como la jueza Elena Liberatori —la misma que liberó a la orangutana Sandra del zoológico porteño— han intentado explicar que un animal sintiente no puede ser un objeto de exhibición. Pero el lobby del entretenimiento es un hueso duro de roer.
Hoy, el tanque de Mundo Marino está vacío, pero el debate desborda. La muerte de la orca puede ser el cierre de un capítulo oscuro de nuestra relación con el resto de las especies. Mecanizamos el cadáver animal hasta volverlo invisible. Kshamenk quizá fue, durante tres décadas, un engranaje más de esa máquina de entretenimiento y consumo.
Kshamenk ya no tiene que saltar por un pescado muerto. El silencio en su estanque es ahora una denuncia que ensordece a los que todavía creen que el cautiverio puede ser educativo. Quizás, como sugería el padre de Borges sobre las carnicerías, algún día los acuarios sean solo un recuerdo bárbaro. Mientras tanto, el mar sigue presente, inmenso y lejano, recordándonos que la verdadera libertad no se puede enseñar en una pileta de cemento.
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