Reuniones ejemplares

Por: Ariel Prat

Calculo que uno de los últimos refugios nobles, sabios y por ende protectores, me atrevo a decir: la reunión familiar.

Recién pasaron las Fiestas. Ahora que no puedo herir susceptibilidades cercanas o ajenas, que ya los brindis y los abrazos pueden ser una selfie más (nunca como aquellas y no tan lejanas fotos en sepia guardadas en algún vitral o estantería, quizás también en un álbum familiar reclamado luego por quienes, protagonistas, no las lograron ver jamás o en el mejor de los casos meses después), es que a estas alturas de la humanidad, corriendo al esquema popular de las Fiestas, pero solo con la certeza del ser argentino y criollo, yo calculo que uno de los últimos refugios nobles, sabios y por ende protectores me atrevo a decir (hablo sin ninguna propiedad al estilo familia Calvete por estar de moda), debe ser nada más ni nada menos que ese rincón luminoso intermitente y almacenante de institución parental: la reunión familiar.

Diferencias

No le entro a aquellas reuniones caretas o formales dispuestas por algún encuentro obligado de funerales o fiestas, sino a esas de rondas de mate, vinitos o cervezas improvisadas (de las de ir al vuelo al chino), en donde aparecen los recuerdos, la memoria familiar, vestidas por anécdotas contadas por la abuela o la tía, un padrino algo borracho o una vecina casi de la familia que se sumó al convite en el patio de casual y en chancletas con los rulos en transición (creo que le decían «la toca»). Aquellos encuentros informales e impensados de alguien que cae de repente llegado de un viaje y a quien nadie esperaba, o ese festejado y tan recordado pariente por traer alguna buena novedad económica insospechada. ¿Y por qué no hablar de aquel que trajo augurios pesados de reclamos bizantinos y herencias incordiales?

Pero quiero adentrarme en reuniones ajenas a estos menesteres. Reuniones amables, escuchantes, receptivas, que les puedan caber la sombra de la duda y la incredulidad con la perplejidad ante un relato no esperado,  que con el tiempo se asume como sustancial en una vida que promete caretez y somnolencia espiritual sin estos condimentos de rompidas secreciones de tentaciones a sucumbir, que como bien marcaba Oscar Wilde, quien podía «resistirse a todo menos a la tentación» y que librarse es precisamente cayendo en ella.

El humor

Suele ser prenda fundamental en las reuniones impensadas. Recuerdo a mi padrino, una vez cuando cierta tía entró a casa acalorada, a sumarse a una ronda de mate y explicando, sobre todo a las mujeres presentes en tono coqueto, que venía de la peluquera. Señalaba su cabeza. Dijo en voz alta: «Ah, ¿y que pasó? ¿No estaba?». El mismo padrino a quien ya pinté en alguna oportunidad, que una vez viniendo un sábado de mañana ya ebrio y en pantuflas a visitarnos bajo la lluvia, se metió antes en una casa lindera, abandonada, y lo recatamos entre los yuyos con el GPS de su paraguas, al que cuando lo rescatamos caminando a los tumbos hacia nuestra casa, soltara a mi vieja: «¿Adónde se fueron a mudar sobrina?». En otra de esas increíbles citas tertulianas, un amigo morocho de gran valor para cartearse con chistes malos, entre amistades musicales tiró dos incunables:

-Voy a ir a una peña, ¿quién se suma? Tocan unos hermanos pescadores del Paraná…

-¿Cómo se llaman, che? (nunca falta el inocente que pregunta)

-Los hermanos Sábalos

Ser o no ser animal

No quisiera alejarme igualmente del origen de esta reflexión sobre lo que nos esconden estas tentativas reunidas, reñidas, temidas o bienvenidas discusiones cercanas, yo que aprendí a adorar los relatos en rueda familiar, los guiños repentinos, las reflexiones circundantes, los pesados deberes y mandatos, olvidos, prejuicios y agrandamientos en el tiempo de personas y situaciones provocadas que tienen ese que se yo de ideología familiar retratada sin distinción de fuentes. Con esa pausa imperdible antes de absorber un mate, la mirada de soslayo, la tensión sobre la cuerda del tiempo. Esos secretos nunca mejor guardados entre las telarañas del silencio cómplice y en algunos casos inconfesables, podridos, malditos de nombres y testigos mudos, o los otros, aquellos ligados a las rupturas, los que tapan vientos de inconformismo de época, relaciones carnales aceptadas e impensadas, que las otras quedan en las inconfesables corruptas y que son sustancia del patriarcado.

Cuestión de tiempo será repartir sabiamente sus variantes y uno, que apenas aspira a no envejecer necio despoblado de memoria, tal vez deba adherir al pensamiento de Diógenes de Sirope (lindo nombre para una heladería atorranta, ya que estamos en este verano terrible), quien sostenía aquello de «El placer de ser animal». Sin culpas ni cargos, apenas con lo puesto en el sentido simbólico, ya que hoy es altamente peligroso sostener ideas que puedan contagiar al desquiciado de turno y convertirnos sin paradas ni caniles en sus perros imaginarios, sin glamour de Olivos, pero en bolas o asomados en caños que serían censados como ejemplar éxito por haber acabado con el tema urticante de la vivienda populista y las prendas de vestir tan de comunista del corte soviético, no el inglés.

Hasta la próxima rueda o ronda, aunque sea en la playa al caer la tarde o bajo una toalla atada a modo de sombrilla, con lo que cobran por una hoy día en las privatizadas comarcas areneras bajo las fuerzas del cielo. Estamos arrastrando los remos apenas, ni siquiera remando…

Hasta la próxima reunión.

¡Besos de esquina y abrazos de cancha!

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