En una época de proliferación constante de datos, no son éstos los que rigen nuestras creencias y decisiones, sino –quién lo diría-nuestras emociones. Ricardo Romero explica por qué en la época de la revolución digital y la información inmediata, no vemos lo que vemos sino lo que creemos ver. Con ilustraciones de Juan Maffeo.

Jamás en la historia de la humanidad se recabó –ni se produjo, ni se echó a circular– el volumen de datos, de informaciones, de opiniones, de discursos, que nuestro abarrotado presente genera y absorbe en su algorítmica cotidianidad. Un panorama como este trae aparejado una serie de cambios significativos que atañen, ni más ni menos, a la configuración misma de la sociedad.
En la época de la geolocalización, la hiperprecisión y la comunicación inmediata, no son los datos –los supuestos datos objetivos que, por otra parte, merecen siempre una interpretación– sino las emociones, y, para colmo de males, su vertiente más destructiva (la animosidad, la ansiedad, la violencia) las que han ganado la parada en un presente en el que la empatía –término desgastado por el uso, por cierto– le ha cedido su lugar a una expresión de signo opuesto: el desinterés, por no decir, sin más, la crueldad.
Sobre nuestro presente de presiones inmediatas y constantes interviene Romero con un libro peculiar y accesible, editado con delicadeza por Godot. Hablamos de El libro de los sesgos, suerte de manual divulgativo sobre la cognición de la subjetividad actual, ilustrado por Juan Maffeo, y cuyo subtítulo resulta, por demás, elocuente: Cómo y por qué nuestra cabeza nos hace creer lo que quiere.
Un sinfín de mediaciones intervienen entre la realidad y el ser humano, entre el objeto y su intelección: la estructura de la mente –y del cerebro–, los sentidos, la ideología, el lenguaje… Romero propone, mediante la definición de diversos sesgos, paradojas, efectos y falacias –conceptos tomados, fundamentalmente, de la psicología social– una entretenida toma de conciencia del pensamiento; o, mejor aún, de los modos en que los pensamientos cobran forma.
Propone, entonces, detenerse un instante a considerar las configuraciones mentales que –sin que lo sepamos, no del todo– nos determinan.
Por esto mismo, en la introducción del libro Romero rememora el discurso que David Foster Wallace pronunciara en una ceremonia de graduación en una Universidad de Ohio, Estados Unidos, allá por el 2005. Discurso que abre con una fábula: dos peces jóvenes se cruzan con uno anciano. Este último los saluda y les pregunta: “¿Cómo está el agua?”.
Los interpelados continúan su marcha sin darle importancia al viejo, hasta que uno le pregunta al otro: “¿Qué diablos es el agua?”. Hacía allí apunta el autor: en la medida de nuestras capacidades, ganar conciencia del entorno –mental– en el que estamos sumidos. Y conocer cómo nuestro cerebro, en más de un sentido, piensa por nosotros.
El sesgo de confirmación, el de correspondencia, el del superviviente; la disonancia cognitiva; el efecto reflector, el efecto contraste, el efecto marco; la paradoja de la elección; la falacia del apostador, del costo hundido; la ilusión del agrupamiento; el fenómeno Baader-Meinhof. Son sólo algunos de los mecanismos automáticos, perfectamente aceitados, que le dan forma a nuestra cognición aunque sin –nuestra– anuencia.
Romero ejemplifica la mayoría de los fenómenos con casos tomados de la industria cultural. Puede ser la disyuntiva de Neo en la película Matrix; el reiterado deceso de Kenny en la serie animada South Park; la conversión de los villanos en una historieta de El hombre araña; el show radial de Orson Wells dramatizando La guerra de los mundos; la razón por la que Al Capone asesina a uno de sus lacayos en el film Los intocables.
El libro de los sesgos es una apuesta amena que, a diferencia de las posturas extremas actuales y de la asertividad brutal que se goza a sí misma y suele enrostrarle al otro su ignorancia, su estupidez, su decrepitud, invita al lector a un baño de humildad; a que comprenda los límites de su mirada; a que deje de denostar la opinión diferente u opuesta; a que deje de gritar, como sostenía el doctor Johnson, y que mejore, en todo caso, sus argumentos.
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