La diferencia de 48 a 40 entre Alberto Fernández y Mauricio Macri otorgó un triunfo en primera vuelta a la alianza opositora que, sin embargo, esperaba ampliar esa brecha. Los sesgos de campaña que diseñaron los resultados de las PASO y que intercambiaron los perfiles entre candidatos.

La diferencia final de 48 a 40 construyó la marca histórica que, por primera vez de la reforma constitucional de 1994, le arrebató a un presidente electo el sueño de la permanencia en el poder por un segundo período consecutivo. Sin embargo, la reacción entre los arquitectos de ese paisaje fue de cierta sorpresa incrédula: la expectativa de una brecha mayor y el crecimiento del oficialismo plantearon interrogantes donde todos creían ver certezas.
El escenario político que dibujaron los resultados de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 11 de agosto da indicios de la secuencia que suturó este domingo con el inicio de una nueva etapa política.
La mega-encuesta nacional para definir candidatos funcionó como una suerte de primera vuelta y dio volumen al experimento de la unidad PJ-kirchnerista. En ese test, la fórmula Fernández-Fernández sumó el 47,7 por ciento de los apoyos contra el 31,7 del binomio Macri-Pichetto: esos resultados dibujaron los márgenes de la campaña de los últimos dos meses hasta las generales y, según evalúan en el frente opositor, diseñaron buena parte de la foto final.
En un contexto de fragilidad económica y crisis social, el hoy mandatario electo y el Presidente tomaron caminos opuestos. Fernández privilegió las formas del equilibrio institucional y Macri abandonó la gestión para sumergirse en una intensa campaña de comunión con el voto propio y búsqueda de posibles nuevos apoyos en campamentos vecinos.
Al paquete de medidas para intentar aliviar el impacto de la crisis y contener el dólar, el mandatario sumó la operación del #SíSePuede. Fue un intenso periplo de 30 ciudades en 30 días que mantuvo su agenda concentrada en actos y recorridas por el país y apartada del timoneo de la gestión. La adhesión ciudadana en algunas paradas reconstituyó cierta mística, sirvió para sumar volumen en distritos que habían sido perdidos en las PASO, pero no alcanzó para la pregonada promesa de “dar vuelta” la elección.
Fernández aceptó el juego de los opuestos. Buscó hacer equilibrio entre la crítica electoral y los recursos propositivos y diseñó una campaña de baja intensidad: reuniones con referentes de los grupos de poder, contacto con las corporaciones y presentación de posibles políticas de Estado. La seducción electoral quedó relegada y el foco giró al proceso de transición.
La distorsión de las PASO configuró la paradoja: el presidente en ejercicio hizo metamorfosis en candidato pleno y el aspirante avalado por las urnas fue empujado a definiciones y gestos de mandatario electo. “Ellos empezaron a hacer campaña y nosotros a gobernar”, graficaban este lunes en el equipo del Frente de Todos.
Por intereses opuestos, en la Casa Rosada y en la alianza opositora evalúan esas decisiones como los únicos caminos posibles. En el Gobierno defienden el plan como la llave para reafirmar el amenazado liderazgo de Macri y garantizar la competitividad (futura) -intendencias y cargos legislativos- de Cambiemos. En el frente opositor se preguntan: “¿Teníamos otro camino sin poner en riesgo el equilibrio institucional?
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