Román Martínez: «No puedo calificar a otro entrenador después de haber tenido a Almirón»

Por: Roberto Parrottino

Podía seguir en Primera o irse al exterior, pero a los 35 años volvió a Deportivo Morón. Dice que no es porque vaya a retirarse. El sueño de jugar con el hermano y por qué no quiere ser más enganche.

A Román Martínez, desde que perdió la final de la última Copa Libertadores el 27 de noviembre de 2017, lo quisieron Rosario Central, Universidad de Chile y Chapecoense de Brasil. En Lanús había dejado de jugar. Sin embargo, a los 35 años, un semestre de por medio, está sentado en la confitería del Nuevo Francisco Urbano, en plena pretemporada con Deportivo Morón, el club al que volvió después de 15 años. Será una de las figuras de la B Nacional. Román Martínez ya no es igual.

–¿Qué quedó del enganche que debutó a los 17 años en 2000?

–En general, crecí en masa muscular. Hoy soy flaco, pero en aquel momento era transparente. Con el correr del tiempo uno se da cuenta de las necesidades para progresar, que son escuchar, aprender, mirar, abrirse a que te enseñen. En aquel momento me gustaba más la pelotita. Hoy juego más simple y tranquilo, a uno o dos toques. Antes la tenía más, trasladaba más.

–¿Por qué desvalorizan al enganche?

–No quiero jugar más de enganche.

–¿Por qué?

–Porque mayormente jugás de espalda, tenés que ir buscando la posición en la cancha. No digo que más retrasado no la encuentre, pero me ubico mejor de frente. Hay otros que tienen más poder de enganche, que cubren la pelota con la espalda. Hoy me siento un volante que ayuda a atacar y defender. Prefiero a este Román que al otro.

–¿Por qué volviste?

–Prioridades. La mayor es mi hijo, que está en Buenos Aires. Hoy uno decide. Siempre el que decide es uno, pero la carrera es corta. En tu mejor momento, tenés que tomar la decisión correcta. Más allá de la edad, que es un número, me siento pleno. Me podría haber quedado en un equipo de Primera, pero estaba el sueño latente de jugar con mi hermano Nicolás en el club que amo. Tuve algún quilombo en la cabeza, pero tengo sueños y deseos. No vine a retirarme a Morón. El club no tiene techo, hay un proyecto con contratos largos, y el objetivo es ascender, ir por la gloria.

–¿Cómo se siente un futbolista cuando no juega?

–Pasé por muchas. Hasta en Morón. Llegaba a mi casa y le decía a mi viejo: «No juego más, me voy a hacer otra cosa». Pero la gente con más experiencia son tu rueda de auxilio. Te dicen: «Tranquilo, todo da vuelta». Uno escucha, agacha la cabeza, y busca su rumbo. Hay muchas cosas que el hincha no ve.

–¿Cuáles?

–Muchas. A veces, dentro de una cancha, vos no la tocás, pero sos importantísimo para el equipo o el entrenador. Pero para el hincha jugaste para el orto. Yo la voy a perder mil veces, pero la voy a pedir dos mil. Quiero intentar, y me voy a equivocar. Pero si una es buena, termina en gol. Pasa que se bardea más al que intenta. El que tira la pelota a la tribuna, destruye, se lleva más. El fútbol es un juego de errores. No entro a la cancha a errar un pase, a no meter un gol: son situaciones de juego.

–¿Pochettino o Almirón?

–Almirón, toda la vida.

–¿Por qué?

–No puedo calificar a otro entrenador después de haber tenido a Almirón.

–¿En qué se diferencia?

–En todo. En trato, ejercicios, enseñanzas, en su estilo, personalidad. Es abierto, escucha, y si tiene que cagar a pedos al más chico o al más grande, lo hace. Lo principal es que siempre piensa primero en su equipo en lugar del rival. Puede modificar su manera, pero después el rival. Ojalá sea el técnico de la Selección.

–¿Cómo viviste los tres años en Lanús?

–Es un club ejemplo. Ellos viven de los socios, de las actividades, y al jugador lo tienen al día, y no falta absolutamente nada: lo único que tenés que hacer es entrenar y jugar. Fue un gran aprendizaje más allá de los tres títulos que gané, los únicos de mi carrera.

–¿Y el día de mañana?

–Soy ansioso. Tengo exceso de futuro. No vivo lo que estoy viviendo. Es como que vivo el día del otro día. Me cuesta dormir, vivo a mil. Nunca pensé en meterme en la dirigencia. Ya hice el curso de entrenador. Pero también, como pienso mucho… Quiero ser entrenador pero quiero enseñar. Si vos querés enseñar, tenés que trabajar: programar el entrenamiento del otro día, tener a cargo 30 jugadores, el cronograma, qué hacemos, qué no hacemos, llegar antes, irte último. Hay muchos que no lo hacen. Con Jorge (Almirón), a los 33 años, seguí aprendiendo. Creía que las sabía todas, y no. Mil cosas del juego no sabía.

–¿Cuáles?

–Perfiles para parar una pelota, ideas para no correr para todos lados y jugar más quieto, que la pelota es un imán, y si todos van para allá, vos quedate quieto acá. A veces no hace faltar correr: es quedarse quieto, no encimarse a tus compañeros ni a los contrarios, porque la pelota se mueve y los que corren son los otros. Hasta hoy miro videos que tengo con entrenamientos de Lanús y digo: «Guau, cómo presionamos, cómo tocamos en velocidad, cómo entramos todos en juego».

–Pero cuando jugaste en el Espanyol con Pochettino como técnico le ganaron 2-1 al Barcelona de Guardiola en 2009, último triunfo en un clásico catalán en el Camp Nou.

–Con dos goles del pelado De la Peña. Ellos iban punteros. Nosotros, últimos. No sé cómo lo ganamos… No teníamos una manera de jugar. De la Peña, que mide menos de un metro setenta, metió el primero de cabeza… A veces no gana el que pone una idea y hace un esfuerzo. Es fútbol. Ahora te puedo explicar cómo jugábamos con Almirón. Con otros, no.

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