El gran director y dicente se luce con su puesta de "La Gaviota", el clásico de Chéjoj, en el San Martín. En diálogo con Tiempo, también se refiere a la difícil situación del país, pero se define como un "optimista".

Se trata, ni más ni menos, que de La gaviota. Estrenada originalmente en 1896, la obra parece centrarse en los conflictos románticos y artísticos de un puñado de personajes de distintas generaciones. Pero es mucho más que eso: es una de las piezas cumbre de la historia del teatro y uno de los puntos más altos en la carrera de cualquier artista que se dedique a esa tarea. Y Szuchmacher lo sabe.
“La verdad es que se dio hacerla porque se juntaron varios factores: quería trabajar con Muriel Santa Ana, con quien me une una amistad desde que fue mi alumna; y quería hacer algo de Chéjov y volver al San Martín, que lo siento un espacio muy propio, es como mi casa”, admite el prestigioso teatrista.
“Creo que dentro de las grandes obras hay muchas cosas que uno no podría elegir para trabajar. Yo elegí resaltar muchísimo el aspecto artístico: está presente la literatura y el teatro todo el tiempo. Los personajes son autores, discuten sobre libros, sobre otros autores. Eso, por un lado, me parece hermoso: y por otro, la confrontación entre el mundo de los adultos y el de los jóvenes. Aquellos con experiencia, algo más fosilizados y tranquilos en su vida, en contraposición con los jóvenes que están en la búsqueda, inquietos, creyendo que tienen todo por ganar, pero también mucho por perder. A mí me parece que hay algo de eso que hoy le habla a la contemporaneidad. La pensé como una especie de Diario de la guerra del cerdo de Bioy Casares, pero con otra mirada.
Szuchmacher es uno de los tótems del teatro local, aunque a él no le interesa ningún título nobiliario: “Mirá, si los demás me toman como referente es un problema de los demás, no mío. Yo no soy referente de mí mismo, con lo cual no me puedo colocar en ese lugar. Sé que tengo una producción que me avala, pero nada más. Miro para atrás en mi trabajo y digo: en general es una producción de la que me siento satisfecho, orgulloso. Algunas cosas no las hubiera hecho, obvio, pero la mayoría fueron importantes.”
Esa misma actitud lo acompaña en cada nuevo proyecto. “Cuando me pongo a trabajar lo hago con toda la dedicación, pero también con todos los terrores. Lo único que desarrollé con gran habilidad es el miedo. Cada vez tengo más miedos: me gustaría no tenerlos y estar más tranquilo. Ya no me pongo tan nervioso en los estrenos —pasan cosas mucho más graves en el mundo que tener que hacer una obra de teatro—, pero el miedo me da fuerzas. Es un temor a no entender lo que necesita una escena, a que salga feo, a cometer errores, a no haber reflexionado lo suficiente. En definitiva, lo que me da miedo es la ignorancia. Es raro: los procesos creativos son raros”, reconoce.
Lo que más le importa a Szuchmacher es el trabajo con actores y actrices, el contacto directo. “Me gusta estar ahí para que entiendan lo que les voy proponiendo y vean qué pueden hacer. Eso, para mí, es lo más importante en un proceso.”
“Es curioso: si a alguien le suena el celular, algo se rompe. Si un actor se olvida la letra, algo se rompe. Una luz mal puesta también rompe la magia. Pero, por otro lado, el teatro como valor cultural es muy potente, porque promueve grandes reflexiones y produce algo maravilloso: que un grupo de personas se junte en un mismo lugar y en un mismo tiempo. Eso es muy poderoso en estos tiempos en que la gente prefiere quedarse en sus casas con sus aparatos, con sus dispositivos alienantes. Entonces, en este momento que la gente vaya al teatro es un acto de rebeldía. No lo era hace 50 años. Ahora sí. Hoy es un gesto político importante que la gente vaya al teatro”.
Szuchmacher sabe que son tiempos oscuros, pero confía en los movimientos de la historia. “Siempre hay tormentas y momentos más calmos. La historia de la humanidad demuestra eso. Creo que vamos a salir de esta situación horrenda en la que estamos viviendo, como planeta, no solamente en la Argentina, que está en manos de un personaje tan despreciable como el presidente que tenemos. Tengo muchos años y he vivido cosas peores, como la dictadura, con desaparecidos y terror. Pero la verdad es que es horrible tener que sufrir a Milei y a toda su gente. Pero va a pasar. Soy básicamente un optimista. A pesar de que todo parezca muy oscuro, hay que apuntar a la luz. Yo puedo contar una historia con gente que discute sobre literatura, y eso se opone a la vulgaridad que hay en la calle y en la política de hoy. Es una manera de enfrentarlos: crear un momento de reflexión para demostrar que, aunque no quieran, hay un mundo hermoso, un mundo bello, un mundo poético posible”. «
De Antón Chéjov. Dirección: Rubén Szuchmacher. Con Muriel Santa Ana, Diego Cremonesi, Juan Cottet, Carolina Kopelioff, Vando Villamil. De miércoles a sábados a las 20.30, y domingos, a las 19.30, en el Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530).
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