Say No More y lo imprevisible: “Esta noche toca Charly”

En el segundo tomo de su obra (Ed. Gourmet), Roque Di Pietro aborda en detalle, como un orfebre y antropólogo musical, cada show que dio García desde 1994 a 2008. Genialidad, descontrol, autodestrucción y fidelidad. Say No More, Cosquín con Mercedes, el Unplugged, la Quinta de Olivos. Viaje por la cosmogonía charlyiana.

Say No More es mi independencia.

Charly García (No digas nada, 1996)

Es muy piola que la gente sepa que también tiene un cuerpo y el cuerpo está para usarlo y reventarlo y todo eso… Lo de reventar el cuerpo ponelo de alguna manera que no parezca lo que  todos sabemos que es…

Charly García a Patricia Perea (Córdoba, 1977)

El mundo siempre fue una porquería, y ahora con Internet ni hablar.

Charly García (La Capital de Rosario, 2004)

Volveré a abrir tu corazón, aunque me desintegre en la transformación.

Charly García, Transformación (1992-2007)

Buenos Aires: Teatro Ópera  (septiembre – octubre 1994) La hija de la lágrima

La historia es más o menos conocida: la primera función de la serie, el jueves 15 de septiembre, se suspendió. Según la revista Noticias, Charly llevaba tres días sin dormir. El mismo viernes 16 se durmió antes del amanecer. Se despertó poco antes de las 21 y arribó al teatro pasada la medianoche, es decir unas tres horas más tarde de lo anunciado. Sergio Marchi, en un libro casi apólogo de García, publicó que el primer show de La hija de la lágrima en vivo fue “nefasto”; es el mismo concierto que siguieron desde un palco Robert Fripp, Tony Levin y Pat Mastelotto, de paso por la Argentina en una reencarnación de King Crimson.

La función del 15 se pasó al lunes 19.

El show comienza como el disco, lógico. García está en el costado izquierdo del escenario con un set de cinco teclados. Aquí pone en marcha la costumbre de hacer tocar a sus músicos sentados. También hay un sillón, una cama (para que María Gabriela -Epumer-toque y cante Lament) y una silla de ruedas (herencia de Nirvana) con una cámara de video en el apoyabrazos que transmite lo que capta en el televisor XL de Charly instalado en el escenario (también hay un novedoso videowall que emite videos preparados ad hoc).

Las diferencias que hay entre este García de septiembre de 1994 en el teatro Ópera con el que se presentó en el estadio de Ferro en diciembre de 1993 son muchas y están a la vista de cualquiera. Aquí ya está en escena el performer al que –para bien o para mal– nos acostumbraremos durante el resto de la década y parte del inicio del siglo XXI. Una actitud indudablemente atravesada por el repertorio que está interpretando, la idea de que los personajes y la historia que está narrando en estas canciones se hicieron carne en su creador y el exagerado consumo de sustancias tóxicas. Tres circunstancias que, lejos de atenuarse, se radicalizarán en el disco Say No More.

La historia de la frase “la sal no sala” se la podemos atribuir al oído absoluto de Charly: dice que se la escuchó decir a una señora en Recoleta. En el Ópera, las cosas cambiaron: “La sal no sala y el azúcar no endulza… acá así”, dirá (es una obvia alegoría sobre la cocaína).

Es muy curioso que Charly, luego de esta serie de recitales, nunca más haya intentado tocar Love is Love, Kurosawa, Andan o Waiting. Parecería que estas canciones –medulares en el setlist de La hija de la lágrima– solo cobran sentido en la ejecución del álbum completo. El público sigue con las palmas el beat de la hipnótica introducción de Fax U, que se extiende por más de un minuto y medio. Fax U –nuestra Venus in Furs– es quizás el tema central de La hija de la lágrima, el más explícito (por frases como “todo era blanca, pero no hay hoy”, “no estás completamente inventada”, “te falta amor” y la constante repetición de “fuck –o fax– you”), y quizá por esto mismo sea la canción que más complicaciones le trajo a García para interpretarla en vivo. Lo intentó en los años posteriores y siempre le resultó imposible. El problema, parece ser, fue aceptar la idea de “interpretación” de una canción, la imposibilidad de colocarse en el lugar del intérprete profesional que ejecuta una partitura y a otra cosa. Un año después de estos recitales, el periodista Daniel Riera le preguntó por este tema en particular:

—¿Por qué se saca cada vez que toca Fax U y se pone a romper todo?

—Porque es el personaje, el personaje hace eso.

—¿Y usted?

—Yo estoy tocando Fax U, que es pesadísimo. No sé qué decir. Hay una parte en la que rompo todo. Eso es parte del show, pero igual lo rompés porque es así, es mucho más heavy eso que decir fuck you. Por lo menos Fax U a los norteamericanos les daba mucho miedo. Bah, qué se yo, no me gustan el fax ni los contestadores ni todas esas cosas. Son paredes de la gente. Si vos sabés que el otro está ahí, del otro lado…

Say No More: octubre 1996

¿Qué es lo que hace de Say No More un disco tan especial, difícil de asimilar, que pateó el tablero de la carrera de Charly García, de la apreciación que la crítica tenía sobre él, que dejó en off side a su público de los setenta y ochenta y que atrajo como moscas (o como el flautista de Hamelin) a multitudes de adolescentes fascinados por la nueva entidad del ídolo de sus padres o hermanos mayores? En principio, todo. Prácticamente no hay un solo elemento en este disco que no tenga la relevancia de lo único, lo novedoso y, para el contexto en que se mueve –esto es, el mainstream de la música popular argentina–, revolucionario.

Dice el ingeniero de sonido Marcos Sanz: “Say No More ha sido el disco en el que más me ha gustado trabajar, porque hice cosas que todo el mundo que trabaja en la industria del audio diría que están mal, que eso no se puede hacer”.

Dice Joe Blaney: “[Charly] grabó el disco de una forma en la que sabía que yo no iba a estar de acuerdo, porque de alguna manera sigue lo que fue La hija de la lágrima, y para ese entonces yo ya no tenía paciencia con su estilo de grabación. Este era aún más caótico y él lo sabía, y habrá tratado de evitar que yo lo malinterprete. Además, desarrolló unos nuevos métodos de grabación que, siendo francos, yo no entiendo. Graba en una cinta de 24 tracks, lo copia a un casete y después pone esos dos canales de casete dentro de otros 24 tracks. Lo que significa que en la mezcla no tenés control del balance de los instrumentos. Eso lo aprendió de los dos temas nuevos que los Beatles grabaron para los Anthology [1995]. Pero, bueno, era para grabar con un muerto”.

Say No More tiene la eficacia argumental –en cuanto disco conceptual– de la que careció la proclamada ópera-rock La hija de la lágrima. En 1994, enmascaró la primera persona en la supuesta historia de la Lágrima. Dos años después, y con los acontecimientos ocurridos de resonancia nacional, ya no hay nada que ocultar.

Ahora la ópera trata sobre Charly García y la exposición será radical. Así se lo ve desde la tapa del álbum, como si acabara de emerger del huevo que aparece en la portada de La hija de la lágrima. Con un ejercicio de sobreinterpretación, podemos decir que se trata de la misma imagen de Vida y Clics modernos, pero en 1996. Nadie en su sano juicio podía esperar un García que mirara sonriente a la cámara. Aquí está la banda sonora de la biopic de nuestro héroe nacional transitando ladécada infame, el soundtrack de la guerra contra la nada.

Say No More es todo lo conceptual y operístico que La hija de la lágrima no logró ser. Incluso está organizado como una ópera en el sentido más clásico del término: con introducción, desarrollo y final. Con pasajes melódicos que se citan en diversos momentos y una obertura que se retoma en el epílogo de la obra. Es una estructura tradicional y en cierto punto conservadora, pero su contenido es disruptivo para la música pop. Es un disco que parece explícitamente diseñado para no sonar en la radio, como si los sonidos que contiene no fuesen compatibles con las compacteras de las emisoras de FM. Solo se podía programar Alguien en el mundo piensa en mí, lo único parecido a algo radiable que puede exhibir Say No More. Pero aun así es un hit conscientemente deshilachado, que parece que va a evaporarse en cualquier momento de su reproducción fonográfica. En realidad, todo tiene perfume a demo, pero, considerando quién es el artista responsable, es obvio que se trata de una elección estética: mostrar las canciones en carne viva, tal como vivía su autor.

“Es un poco lo que hace uno cuando todavía no grabó”, le dijo García a Martín Pérez en 2002, casi revelando el master plan. “Todo ese rito de aprendizaje que yo tenía con los Beatles. Es todo un programa ir a la casa de un amigo a mostrarle las canciones que hiciste. Y dentro de ese plan las canciones no están ni producidas ni nada. El entusiasmo está antes que nada. Y entonces vampiricé un poco ese entusiasmo y eso a la vez hizo que me acercase a mis nuevos fans”.

Esa sensación de demo, de cosa inacabada, también nos transporta a la idea vanguardista de “obra abierta”: lo que contiene el disco es apenas la punta del iceberg de una obra más amplia, compleja y abarcativa de otros registros emitidos por el propio artista. La obra no es solamente el CD Columbia 2-484587 sino el vínculo de este objeto con su autor y sus múltiples apariciones mediáticas, sus conciertos, sus declaraciones políticas, sus actos de arrojo casi suicidas, su cuerpo expuesto en cadena nacional, su delgadez como tema de conversación mientras suena Casa vacía. La constante performance, arriba o abajo del escenario. El formato disco ya no puede contener a la obra de Charly García, porque ahora él mismo se ha transformado en su obra de arte. Es una reducción fatalmente inacabada meter 55:33 minutos de sonidos, empaquetarlos y ponerlos a la venta. García en 1996 necesitaba de otros medios (que quizás aún no existían) para expresarse de una manera más cabal.

“En los noventa Charly dejó de hablar por todos y solo pudo referirse a su propio dolor”, escribió, con infalible puntería, Martín Pérez. “De eso hablan La hija de la lágrima y Say No More, sus principales obras de la década”. Gabriel Ganem, que sería asistente y mano derecha del músico entre 1997 y 2005, dice que Say No More debe ser escuchado e interpretado como “el diario de Charly García, desde que se despierta hasta que, dos o tres días más tarde, logra dormirse”.

Buenos Aires: Puerto Madero (27 de febrero 1999)

Con el tema Fitz Roy resuelto y recuperado su espacio para ensayar a discreción, el siguiente compromiso de García era su participación en el ciclo Buenos Aires Vivo, organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad (gestionada por Darío Lopérfido, todavía pareja de María Gabriela Epumer) para el 27 de febrero. Un concierto gratuito en Costanera Sur, en uno de los márgenes de Puerto Madero. El 13 de febrero –14 días antes del concierto– Clarín publicó la primicia: el montaje que Charly estaba preparando para Puerto Madero incluiría helicópteros, con el fin de realizar una performance alusiva a los “vuelos de la muerte” de la dictadura. Se lo dijo a la periodista Irene Amuchástegui en el Club del Vino de Palermo Viejo, durante la actuación de su hijo Miguel con el grupo que integraba junto a Fernando Kabusacki y Fernando Samalea. También le manifestó a Amuchástegui el deseo de incluir una orquesta que tocara desde un barco, aprovechando la cercanía del río (“¿Qué orquesta?”, le preguntó Mariano del Mazo en Clarín. “La del Colón, obvio, si son municipales”, reflexionó con buen tino García, considerando que el show era una producción del Gobierno de la Ciudad).

La idea de Charly era comenzar su show con los helicópteros (desde donde se arrojarían maniquíes al río), la presencia de las Madres de Plaza de Mayo sobre el escenario y su versión del Himno. Dos días más tarde, Hebe de Bonafini llamó por teléfono a Charly García. No solo se negaba a participar de su recital, sino que lo conminó a abandonar la idea de los helicópteros: “Vos no podés montar los vuelos de la muerte ni en broma. No podés utilizar la memoria de los desaparecidos para hacer un show”, le dijo De Bonafini según la reconstrucción de Página/12. En el mismo momento en que se estrenaba la película La vida es bella (el hit de Roberto Benigni), García y su idea de los helicópteros se transformó en una polémica nacional.

El 18 de febrero se produjo el encuentro entre Hebe y Charly en Fitz Roy y otra vez con Página/12 de testigo. Limaron asperezas y el músico comunicó que daría marcha atrás con sus planes.

Por fin, se dedicó a ensayar; quedaban nueve días para el show.

El jueves 25, 48 horas antes del concierto, García y su banda ofrecieron un ensayo y conferencia de prensa en la discoteca Morocco. Pregunta uno:

—¿Cómo va a ser el show del sábado?

—A pilas.

La referencia era a los cortes de luz que asolaron aquel verano y le pusieron un poco más de condimento a todo lo que rodeó esta presentación. El servicio de la concesionaria Edesur era una catástrofe (algunas cosas no cambian) y era la empresa que tenía a su cargo el área de la ciudad donde se desarrollaría el concierto. «

Roque Di Pietro, el autor

Nació en 1973 en Marcos Juárez (Córdoba). Dirige la editorial Vademécum. Es autor de la colección Grandes éxitos del rock nacional, de Ediciones Altaya (2000-2001). Fue consultor de contenidos en el documental Bios sobre Charly García (2018), emitido por NatGeo. En 2017 edita Esta noche toca Charly (Ed. Gourmet Musical), con gran éxito, detallando cada show de García desde niño hasta 1993. En 2021 publica el Tomo 2.

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