Se derrumba el baile de máscaras libertario

Por: Ricardo Ragendorfer

Dillom versus "La Pistarini", el duelo que dejó en evidencia los hilos del aparato comunicacional mileísta.

 

Sobre el duelo entre el rapero Dillom y el troll fascista que (por lo menos, hasta ahora) actúa en X (antes Twitter) con el alias de “La Pistarini” (@La_Pistarini) ya han corrido ríos de tinta. Sin embargo, bien vale poner en foco su salto desde el simbolismo virtual a la realidad dura y pura. Un verdadero hito en la llamada “batalla cultural”.

Hace exactamente un siglo, Joseph Goebbels supo descubrir en Alemania que los medios de comunicación más modernos de la época –la radio y el cine– eran instrumentos muy poderosos para la propaganda política. Y vaya si le sacó el jugo a semejante intuición. 

De hecho, lo que empezó con la Kristallnacht (“La noche de los cristales rotos”) –una serie de ataques vandálicos contra casas y tiendas de la comunidad judía– para escalar, con una gradualidad atroz, hacia el Holocausto, fue, en gran parte, fruto de su prédica, transformada en el faro doctrinario del régimen nazi.

La cuestión es que en la Argentina del presente algo parecido ocurre con los medios digitales (aunque, claro, de un modo más herbívoro).

En este punto cabe aclarar que, si bien el surgimiento de las redes sociales ha democratizado la comunicación, eso mismo permite que cualquier imbécil o perverso polimorfo pueda expresarse y hasta con el beneficio del anonimato. Algo que los ideólogos libertarios no tardaron en aprovechar.

Ya se sabe que, ni bien empezó el régimen de La Libertad Avanza (LLA), en un salón de la Casa Rosada sus ventanas fueron tapiadas con hojas de diario, mientras las autoridades impedían que los periodistas acreditados circularan por allí. Notable, en el sentido literal de la palabra. Porque no tardó en saltar a la luz que precisamente allí estaba el cuartel general de sus trolls, cuya primera regla de funcionamiento es el secreto. Y bajo aquel secreto latían alrededor de 50 mil cuentas falsas, amplificadas con boots y granjas de operadores.

Poco después, gracias a un pedido de Acceso a la Información Pública, fue posible conseguir una lista de ingresos a la Casa Rosada en la que figuraban “Juan Doe” (Juan Pablo Carreira) con el cargo de jefe de Comunicación Digital del Poder Ejecutivo y el “Gordo Dan” (Daniel Parisini).

Éste, por cierto, fue el primero en quebrar la sagrada regla de la omertá acerca de sí mismo, alternando su condición de troll con la de streamer, desde la cual presume ser el comisario político del gobierno. Así terminó por cruzar el umbral de la discreción al darse dique con atribuciones que incluyen ataques digitales a opositores e impulsando auditorías ideológicas a funcionarios de alto rango, sin eludir su intervención en toda clase de internas partidarias. 

No le va a la zaga uno de sus soldados predilectos: el troll que administra en X la cuenta “Traductor Te Ama”. Es que su nombre –Esteban Glavinich– y la fotografía de su cara quedaron a la intemperie al ser profusamente difundidas por la prensa tras incurrir en la audacia de querellar por “injurias” al periodista Alejandro Alfie, del diario Clarín. Algo imperdonable.

Lo cierto es que la clandestinidad es un estilo de vida desgastante. Eso lo supo en carne propia otro de sus alfiles, el troll que actuaba en X con el alias de “Javier Mileikovsky”, quien había adquirido una encomiable notoriedad por su estilo agresivo y fanático hasta el paroxismo. Pues bien, el asunto es que acaba de anunciar su “muerte digital”.

En su carta –digamos– “póstuma”, admitió: “Esto se me fue de las manos y no quiero cargar con este peso nunca más”. Adujo que la “changa” de troll lo había desbordado y, de a poco, se alejaba de su verdadera personalidad.

En cambio, lo de La Pistarini fue involuntario. Un caso de “mala praxis”.

Así, de golpe, su “alter ego” digital se desplomó como un piano de cola. Y en un avión de línea, mientras era filmado por su víctima, quien le perdonó la vida mientras lo tocaba como acariciando la cabeza de un perrito.

La indignación con él se extendió hacia sus propios colegas, al punto de que otro libertario, un tal “Joni Cordobés”, lo cruzó en la red de Elon Musk con gran severidad: “Rompiste la primera regla al tuitear: no se publican ni se suben imágenes al toque si estás en un sitio público. Te regalas como lo hiciste”.

Sabias palabras. Pero tardías.

En ese mismo instante ya se sabía que La Pistarini en realidad se llamaba Juan Carlos Siber Guerrero, que poseía estudios secundarios incompletos en el Colegio Don Bosco y que allí había padecido bullyng.

Su “otro yo”, el que hasta ese día le dio sentido a su tortuosa vida, había implosionado definitivamente. 

Para un simulador de tiempo completo es muy difícil perder su máscara. Al respecto, no está de más exhumar una vieja trama, la del ya olvidado Sergio Mauricio Schoklender.

Habiendo sido prohijado por Hebe de Bonafini no dudó en desviar por años–hacia empresas fantasmas–cuantiosas sumas pertenecientes al proyecto de viviendas populares “Sueños Compartidos”, organizado por ella.

Hasta el 26 de mayo de 2011. Ese día, tal delito quedó en evidencia.

Más allá de los detalles específicos de esa maniobra, aún hoy persiste un enigma en torno a su figura. ¿Acaso aquel hombre oscuro y brillante fue nada menos que un maestro en el arte de la impostura o, sencillamente, un individuo esclavizado por una psiquis complicada?

Decenas de inmuebles, sociedades anónimas, autos de alta gama, yates y aviones fueron por aquellos años la parte no visible de su cosecha; un trofeo oculto de alguien que hizo de la frugalidad una marca personal. Su estilo monástico, acentuado por la ropa negra que solía adquirir en las tiendas de la calle Pasteur, proyectaba un espíritu austero e inmune a todo estímulo material. Así se mostraba ante sus semejantes.

Sergio en realidad vivía confinado en su papel actoral, y eso le imponía límites de consumo: se había regalado una Ferrari Testarossa, pero circulaba en taxis y remises; disponía de sumas millonarias, pero abonaba con billetes arrugados sus almuerzos en las fondas de Congreso y, a pesar de sus dos jets con tecnología de punta, sólo pudo viajar tres veces de vacaciones a Bariloche con pasajes aéreos en clase turista. Hasta que sus manejos delictivos quedaron al descubierto. En ese instante, todo cambió. También su imagen. Finalmente, pudo despojarse de su añejo disfraz.

La siguiente aparición pública de Sergio Schoklender fue a bordo de una Kawasaki Ninja negra, vestido con traje de pana color azabache y corbata de seda gris. Así se lo vio al llegar a un canal de televisión tras adquirir estado público su estafa serial. Siempre con el mismo traje y aquella corbata concurrió a otros compromisos mediáticos. Y con esa espeluznante pulcritud también fue a los tribunales de Comodoro Py. Tal vez esa mutación compulsiva haya sido, únicamente, fruto de fingir por lapsos prolongados ser otra persona. 

Los fuegos de artificio que animaron los últimos 16 años de su vida se habían apagado para siempre. Pero tampoco podía disponer con libertad de su fortuna. Schoklender seguía siendo un fantasma ante su propio patrimonio. Un fantasma económico. Con sus bienes inhibidos por la Justicia y la prohibición de salir del país, sólo le quedaba el consuelo de alguna noche sin límites en el casino de Puerto Madero, vestido con su traje de pana y la corbata de seda gris.

Al final, pudo eludir una nueva temporada carcelaria. Y en la actualidad vive en algún lugar de Santa Fe. En tanto, otros abanderados del “otro yo” están entre nosotros. Pero nada menos que al servicio de la “batalla cultural”.  

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