«Todo el tiempo estoy especificando fechas, inclusive en la misma película. Con notas de celular voy poniendo: esto ocurrió el 7 de mayo de 2015, esto ocurrió el 9 de julio. Hay algo en esa dureza de los números que a mí me resulta muy claro», cuenta Leandro Cerro sobre Islandia, su sensible debut cinematográfico, filmado en el país homónimo durante un viaje que hizo en 2015.
Los números también cuentan otra parte de la historia. En siete meses registró 418 horas de material, cuando, según explica, un documental de una hora suele tener alrededor de 30. Después vinieron diez años de trabajo para revisar, limpiar y entender hacia dónde iba la película. «Me gustan mucho los números y un poco expresarme a través de ellos», admite, con cierto pudor por esa atracción. Es que Cerro se fue a Islandia en busca de algo o, tal vez sea mejor decir, huyendo de algo, aunque en uno y otro caso no sabía muy bien de qué.

No se puede hablar, entonces, de una génesis planificada, mucho menos prolija. «Todo muy kamikaze», resume, y se percibe una sonrisa. «No le había contado a nadie de esta película, no hablé del proyecto con nadie, había tenido una pequeña indemnización de un trabajo al que había renunciado hacía unas semanas y, nada, me mandé».
Compró una cámara y un micrófono dos días antes de viajar. La excusa era entrevistar a alguno de los miembros de Sigur Rós, su banda favorita de todos los tiempos, cuya música estaba íntimamente ligada a su padre, a su decadencia y al prolongado coma que precedió a su muerte. Los había descubierto viendo con él Vanilla Sky: sobre los créditos escuchó por primera vez uno de sus temas y, desde entonces, al menos hasta tiempo después de aquel viaje a Islandia, su amor por el grupo fue tan incondicional como único.
«Desde 2011, cuando fallece mi viejo, hasta que voy allá, fue la preparación de la película, fue la preparación de mi valentía para ir allá», dice. Su padre, un hombre «de muy pocas palabras, muy observador», había pasado casi un año en terapia intensiva antes de morir. «Yo tenía 22 cuando fallece. Durante sus últimos años, medio como por el alcohol, se había ido alejando cada vez más de los demás. Entonces, cada vez más callado, un poco se fue sumiendo en la soledad. Algo que yo fui a buscar allá en ese momento fue esa conexión con él, entender esos silencios, quería empatizar de alguna forma con lo que a él le había pasado».
Tal vez Cerro no se trajo de Islandia una explicación, pero sí una certeza. «A diferencia de él, aprendí a poder atravesar los miedos o las preguntas o lo que fuera compartiéndolo con gente. Y eso es algo fundamental: las cosas no tienen que ser llevadas en soledad, sino que tienen que ser compartidas».
Su padre era arquitecto y la música no ocupaba un lugar central en su vida. Sin embargo, fue uno de los legados más profundos que le dejó. «Cuando era más chico tocaba instrumentos de percusión, estuvo en un par de bandas así muy adolescente, hasta sus 25 años, como que surfeó un poco por algunas bandas tocando percusión. Y de grande escuchaba mucho tango. Era pasar tiempo con él, callados, escuchando tango. La música que él me dejó era ese tango y el folklore que escuchaba sin parar: nosotros simplemente escuchábamos música juntos sin hablar una sola palabra».
Durante el documental, Cerro les pregunta a distintas personas de su generación cómo es la relación con sus respectivos padres. «La mayoría de los padres, al menos en una generación de los 30 o 40, la relación con su padre en general es más bien distante, con cierta ausencia, con cierta emocionalidad nula», observa. «Con la mayoría de la gente con la que hablo, la mayoría de mis allegados, de la gente que quiero, tiene una relación en general más bien distante, sobre todo de lo emocional, con el padre».

Su caso fue distinto, aclara. «En general con él, si bien hubo distancia, hubo silencios, tuve una conexión emocional muy fuerte, tanto así que de alguna forma, para completar algo que para mí había quedado abierto, fui a Islandia. Siempre él me conectó desde un lugar muy emocional como para continuar haciendo algunos proyectos. A él lo ligo a una emocionalidad fuerte que quiero seguir llenando o descubriendo».
Motorizado por esa misma inquietud, una vez terminada Islandia emprendió otro viaje, esta vez a Bahía, Brasil, en busca de nuevos descubrimientos, que nunca son necesariamente sinónimo de respuestas. «Fui sobre todo a un pueblito en Bahía, que se llama Capão, donde estuve cuatro meses filmando también un poco la música de este pueblo. Pensé ir por la música, pero la verdad que lo que se me abrió fue nuevamente un legado de mi padre, una búsqueda de llenar esa ausencia».
Allí encontró a «un músico brasileño de 75 años, que sería la edad que tendría mi padre hoy». «Vive en un trailer muy chiquito, muy pobre, y pude conectarme con él de alguna forma; decir como un hijo no porque es mucho, pero realmente tuvo una conexión fuerte conmigo», relata.

Cerro es hoy también director de la carrera de Cine de la Escuela Da Vinci, un proyecto que arrancó el año pasado y cuya primera camada egresará en diciembre de 2027. Desde hace un tiempo toma clases de piano y sigue escuchando a Sigur Rós, aunque ya no con aquella intensidad.
«Es increíble que 26 años después siga siendo la música que me emociona, me sigue haciendo llorar. Aun escuchando menos que antes, sigue siendo para mí un gran refugio emocional. Creo que sigo pudiéndome conectar con esa música, años después, porque tiene que ver con el ritmo y esos silencios que muchas veces tienen sus canciones, que a mí me siguen haciendo conectar como ninguna otra banda en el mundo. Ahora que estoy tomando clases de piano, las únicas canciones que quiero tocar son esas, las de esas bandas, sobre todo las de Sigur Rós».
Pero las ideas con las que regresó son diferentes de aquellas que lo llevaron a esa exótica región del planeta. «Ese proceso me hizo entender que la película también se construye con más personas», reconoce. Entre ellas fue fundamental Hernán Rosselli, director y montajista, para encontrar una forma posible entre aquella cantidad exorbitante de imágenes y avanzar hacia el corte final. Diez años después de aquel viaje, Cerro parece haber encontrado en ese proceso colectivo una respuesta que no sabía que estaba buscando. «Es que a veces hay que viajar lejos para volver a encontrarse».
Islandia
Dirección: Leandro Cerro. Guion: Hernán Rosselli y Leandro Cerro. Desde este viernes a las 19 en el Cine Arte Cacodelphia, Av. Roque Sáenz Peña 1150 (CABA).