Ser dirigente

Por: Alejandro Wall

El fútbol es un terreno resbaladizo para ricos y famosos: no se trata de llegar, también hay que permanecer. La idea sirve para el caso de Mario Pergolini en Boca.

Hay que leer una nota de hace cuatro años que publicó la revista Crisis, una charla de asado y vino con Ezequiel Fernández Moores que tiene de título un gran resumen de esta historia: “La indomable brutalidad del fútbol”. Habría que decir, aunque esté implícito, del fútbol argentino. En esa sobremesa, el periodista que mejor ha recorrido el costado político del asunto en los últimos cuarenta años, explicaba cómo. “No, flaco, no me interesa la modernidad -decía Ezequiel- porque yo soy el fútbol. Entendé primero vos mis reglas porque están primero que las tuyas”.

Esa idea sirve para el capítulo de Mario Pergolini con Boca. No es cuestión de llegar -como en tantas cosas- es cuestión de saber permanecer y, sobre todo, para qué. El trío que a finales de 2019 desbancó al macrismo de Boca después de 24 años se dividió las tareas: Jorge Amor Ameal se dedicó a la administración más institucional, Juan Román Riquelme se ocupó del fútbol y Pergolini se hizo cargo de la comunicación y el marketing. Pero repartirse el poder es más complejo que eso de repartirse áreas. Y administrar los egos, mucho más. Las áreas se tocan, se cruzan, no son compartimentos estancos. Una a veces tiene que ver con la otra. Es como el meme del Diagrama de Venn , ¿en la parte del medio quién toma la decisión? Ahí ya tenés un problema.

La renuncia de Pergolini a la vicepresidencia de Boca a menos de quinientos días de haber asumido es otra muestra de esa tierra resbaladiza que puede resultar el fútbol. Puede ser un juguete para millonarios aburridos durante un rato, un buen negocio para algunos, pero les va a decir siempre hasta dónde pueden jugar. No sólo es cuestión de éxito. Mauricio Macri se lanzó a la popularidad desde Boca. Le fue bien. No sólo desde ahí saltó a la política sino que el club le ayudó a construir su partido. Boca fue las divisiones inferiores del PRO. Pero Macri no logró llevar su modelo de sociedades anónimas a todo el fútbol argentino. Se encontró primero con la zancadilla de Julio Grondona en una asamblea en Ezeiza. Y cuando fue presidente de la Argentina no le alcanzó ni siquiera con haber intervenido la AFA, además de otras mañas como las operaciones judiciales y el apriete económico. Ahí Macri tuvo su freno. 

La corporación dirigencial es difícil. No es sólo convicción esa resistencia a las sociedades anónimas, también es autodefensa. Que nadie de afuera venga a meter la cuchara en estos negocios. Y desde afuera lo que hay es a veces una mirada clasista: ahí voy yo para enseñarles cómo se hace mejor. Son los que dicen que traen al fútbol sus conocimientos previos, sus dotes de éxito. Marcelo Tinelli, el rival televisivo de Pergolini, aterrizó en San Lorenzo hace quince años. Primero con un grupo inversor para contratar jugadores, después en la comisión que organizó la fiesta del centenario y el departamento de marketing. Era lo suyo. Tropezó mil veces. Hasta que logró ser vicepresidente y luego presidente. Pero la AFA le devolvió un 38-38 y le taponó otros amagues para quedarse con la oficina de Grondona. A diferencia de Pergolini, Tinelli no se fue a la casa. Siguió en esa. Es presidente de la Liga y juega fuerte en la interna porque no renuncia a ser presidente de AFA. 

Hay de todo. Hay sindicalistas que expanden sus redes de influencia (Hugo Moyano), empresarios que luego quieren hacer política (Rodolfo D’Onofrio), empresarios que se encuentran con el cargo y lo aprovechan (Víctor Blanco), empresarios que arrastran años en la interna de los clubes (Jorge Ameal), ex barras que saltan al juego mayor (Maximiliano Levy), ex futbolistas que no se ven como entrenadores (Juan Sebastián Verón) y casos como el de Claudio “Chiqui” Tapia, ex breve jugador, socio de Boca, ex yerno de Moyano, ex empleado del Sindicato de Camioneros, con cargo en el Ceamse, y que encontró su lugar en el mundo en Barracas Central. Desde ahí construyó poder. 

Pergolini llegó a Boca con el aura de una trayectoria como conductor de radio y televisión y empresario de medios. Quiso creer que ser dirigente era armar un canal y manejar redes sociales. El mundo es más complicado. Y la vicepresidencia en un club de fútbol puede ser un cargo más, sin demasiada visibilidad, sin tanta caricia para el ego, salvo que seas el que tenga los votos. Salvo que seas Juan Román Riquelme en Boca. En menos de un año y medio, del que más se habló en Boca fue de Riquelme. De lo que hacía, lo que no hacía; de sus silencios, sus caprichos y sus arbitrariedades. Todo es Riquelme. Se puso también en duda si estaba preparado para su lugar. En algunos programas, lo mandaron a capacitarse. Nadie mandó a capacitarse a Pergolini para ser dirigente de fútbol. Y ser dirigente también es respetar el mandato del socio, el de quienes te votaron. Nadie manda a capacitarse en eso a los gerentes, vienen preparados. Y ya se ve.


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