“Yo no puedo olvidar a todas y todos aquellos que no tuvieron la posibilidad de que las causas de sus seres queridos hayan tenido visibilidad. Por todos ellos es que hay que seguir luchando contra la impunidad”

Sergio Maldonado

El libro Olvidar es imposible (Marea, 2025) de Sergio Maldonado se subtitula “Santiago, mi hermano”. No podía ser más justo porque, finalmente, todo conduce, una y otra vez, al amor entre hermanos. Las primeras páginas nos devuelven a la confusión inicial que asalta a una familia cuando no encuentra a uno de los suyos, esa mezcla de incredulidad e incertidumbre de la que empiezan a surgir los primeros signos de desesperación. Inexperto, Sergio de movió con rapidez, sin darse cuenta que estaba haciendo sus primeros pasos en un largo camino de búsqueda de justicia. Su cautela y olfato político seguramente fueron surgiendo por el camino; distante, en un principio, de identidades partidarias, dueño de una desconfianza que le permitió mantener la distancia justa respecto de fuerzas políticas, periodistas y referentes de organizaciones, mejor y peor intencionados.

El 3 de agosto, es decir, dos días después de la desaparición de Santiago, su hermano visitó el Pu Lof Cushamen, lugar de los hechos, guiado por una señora mapuche (que resultaría ser la madre de Lucas Pilquiman, uno de los testigos maltrechos). Las imágenes que repone en el libro son elocuentes: “En el barro, las huellas de las camionetas Unimog de Gendarmería”, vainas de cartuchos por los escopetazos que tuvieron lugar durante la represión, el río Chubut, que corría paralelo a la ruta, al menos por unos cien metros, estaba muy bajo, dejaba ver zonas prácticamente secas, “La orilla se podía pisar…”; de hecho, el grupo de mapuches atacado por la Gendarmería había cruzado el río sin problemas, de orilla a orilla, para escapar. ¡Cómo lograron instalar que simplemente se había ahogado! Sólo en el marco de una sociedad que no comprende la gravedad de la corrupción de sus fuerzas de seguridad, semejante versión aparece como aceptable. Tal vez haya que repetir una vez más que cuando la autoridad comete un delito, la situación es bien distinta a un delito común. Entre las fuerzas de seguridad y el poder judicial tienen control de las pruebas, los informes, manejan los tiempos, cuentan con capacidad de amedrentamiento de testigos y denunciantes, pueden hacer espionaje legal o ilegalmente… Además, cuando la máxima autoridad ministerial, en lugar de ejercer el debido control civil de las fuerzas, actúa como un miembro más, nos encontramos ante el peor de los escenarios.

Sergio y Santiago: un diario personal y político

Olvidar es imposible… reúne dos condiciones enunciativas, que son dimensiones de la experiencia y no suelen encontrarse con facilidad: por un lado, la inocencia de un hermano que mira y actúa desde la intimidad del vínculo afectivo; por otro, la sabiduría forzosa de alguien que asumió con aplomo la tragedia y, por el camino, se volvió personaje público. A cinco días de la desaparición de Santiago, el 6 de agosto -por cierto, la extensa primera parte del libro está organizada como un diario- es invitado por un diputado y un dirigente local para una entrevista y, al finalizar la reunión, le proponen hacer una foto, primera de una zaga interminable de situaciones que marcaron estos nueve años. El comentario de Sergio no sólo no peca por cándido, sino que expresa una ética que marcaría su recorrido: “No entendía bien por qué alguien quería fotografiarse conmigo, que solo era una persona buscando a su hermano”.

Se dijo una y otra vez que los partidos de izquierda y los organismos de Derechos Humanos hacían un uso político de la desaparición de Santiago y de la figura de Sergio. Pero no fue así, en todo caso, especuladores hay en todos los sectores. En cambio, como fue quedando claro con el paso del tiempo, la derecha lo hizo orgánicamente, utilizó partidariamente y de manera miserable la muerte de Santiago. Fue Patricia Bullrich y el gobierno de Macri entero, pero también comunicadores y otros actores políticos, incluyendo al actual gobierno. Y el hecho de que esos sectores pudieran utilizar partidariamente el caso de Santiago habla, en parte, de un momento del país dominado por prejuicios y consignas simplistas, pero, sobre todo, por la incapacidad de dimensionar un crimen de Estado.

Sergio fue espiado ilegalmente, fue atacado por la casta política y mediática, padeció el manoseo de un poder judicial corrupto, pesaron sobre él cientos de noticias falsas, fue también blanco de la narrativa basura que alimenta la cloaca de las redes sociales, él y su hermano fueron objeto de la opinión descuidada y desconsiderada de tanto pusilánime suelto, de la masa rumiante que contribuye consciente o negligente al deterioro de la conversación pública y, con ello, a la legitimación de lo peor. Por eso hay que reconocerle a Sergio una templanza ejemplar. Su bronca pacífica y su insistencia a prueba de todo lo convierten en un referente de hecho. Viajando de juzgado en juzgado, de una fiscalía a un encuentro con la abogada (Verónica Heredia) y de ahí a un acto público o a una entrevista, luego a ver a la familia y así, en un país extenso y costoso para moverse con recursos propios. ¡Quién es capaz de sostener una demanda de justicia por tanto tiempo! Las Madres fueron la principal referencia para Sergio… Por ejemplo, Norita Cortiñas no solo viajó al lugar de los hechos y declaró en la causa, sino que acompañó a Sergio en todo tipo de circunstancias con el tesón, el afecto y el humor que encarnaba de manera singular.

Del relato de Sergio surgen todo tipo de situaciones que muestran a un Estado investigando a la víctima y a sus amistades y familiares, antes que a los victimarios. Funcionarios grises como Daniel Barberis o Gonzalo Cané, otros más bien gris oscuro, como Gerardo Milman, del riñón de la inefable Patricia Bullrich, o directamente agentes de los servicios de inteligencia merodeando una y otra vez ante los ojos cada vez más entrenados de Serigo, de Andrea (su compañera) o de la propia Verónica Heredia. En una reunión del 9 de agosto, que había convocado Matías Garrido, el entonces director de la Secretaría de Derechos Humanos, Sergio y Andrea se sorprendieron por la presencia de funcionarios del ministerio de Seguridad que, para colmo, ¡les pidieron los nombres y direcciones de los amigos de Santiago! La respuesta de Sergio fue tan clara: “De ninguna manera les voy a dar esos datos, a los que tienen que investigar es a la Gendarmería, no a mi hermano”.

La trama del libro es, a la vez, amable para la lectura, y compleja por la diversidad de registros que pone en juego. Desde los vaivenes anímicos, hasta condiciones políticas, pasando por elementos técnicos de la causa, roles de distintos personajes, encuentros con testigos, funcionarios, periodistas, referentes de Derechos Humanos… Una pintura de un país, la Argentina contada desde el punto de vista de una persona que busca a su hermano desaparecido. Un hermano que recibe la noticia de su fallecimiento y que, lejos de encontrar justicia, es testigo de irregularidades de todo tipo y de un conjunto de datos y situaciones que conducen a pensar en un crimen de Estado.

El relato del día que encontraron el cuerpo, nada menos que un 17 de octubre, es impactante por el componente emotivo y, al mismo tiempo, la sensación de que se trató de una escena montada, con un poder judicial que no sólo se rehúsa a investigar, sino que propende a encubrir. ¿Por qué tanto el juez Otranto, finalmente recusado, como el juez Lleral se negaron a tomar algunos testimonios, rechazaron elementos de prueba fundamentales o incluso “El propio juez [Lleral], más adelante, cortó la cadena de custodia del DNI, lo que hizo que esa prueba tan importante perdiera valor”? El cuerpo aparecía en un lugar varias veces rastrillado antes, cuando, como se sabe, al momento en que Santiago se encontraba en el lugar apoyando el reclamo mapuche, el río se podía cruzar a pie. Luego, una seguidilla de indicios e irregularidades, incluyendo la autopsia, a los que nos referimos en otras notas[1], que conducen a la misma hipotesis: desaparición forzada seguida de muerte.

Otro momento que tempranamente dejaba ver la connivencia entre el poder judicial y el poder político, fue la declaración del juez Lleral apenas unos minutos después de finalizada la autopsia. Tras haber pactado con las partes que no iba a haber declaraciones públicas hasta realizar los análisis pertinentes de los resultados parciales, el juez traicionó el acuerdo y en un acto irresponsable y cómplice del gobierno de Macri y Bullrich salió a vociferar que “Gracias a la pericia se pudo determinar que no hubo lesiones en el cuerpo.” Como escribe Sergio con razón, “Les había dejado en bandeja los titulares para los días previos a las elecciones.” Fue muy evidente la performance en tándem, La Nación, Clarín, InfoBae y América TV jugaron con el gobierno y no desperdiciaron la oportunidad para instalar que Santiago se había ahogado.

Ese giro, entre la campaña popular y espontánea bajo la consigna “¿Dónde está Santiago Maldonado?” y la campaña organizada por sectores de poder que daba por hecho el ahogamiento y revictimizaba a la figura de Santiago debe ser estudiado con cuidado. A partir de ese momento, con la aparición del cuerpo sin vida de Santiago, se montó una suerte de contraofensiva de una derecha que, por arriba y por abajo se dedicó a deslegitimar a los organismos de Derechos Humanos, tanto como a una perspectiva histórica que se había forjado en nuestro país después de la dictadura genocida, en torno al control civil de las fuerzas de seguridad.

Lo cierto es que, en lugar de hacer su trabajo e investigar lo sucedido, apuntando a la Gendarmería, garantizando la seguridad de los testigos y del debido proceso en su conjunto, increíblemente utilizaron el aparato del Estado para estigmatizar a Santiago y a Sergio, echarles encima todo tipo de falsedades, con espionaje incluido. Toda esa energía y esos recursos (por cierto, de los contribuyentes) puestos a funcionar contra un ciudadano, es decir, por transitividad, contra la propia sociedad. Al menos esa es la lectura que corresponde desde un mínimo piso democrático.

¿Hay una parte de la sociedad argentina que es capaz de olvidar o soslayar el amor fraternal, la angustia de no encontrar a uno de los suyos, finalmente, el dolor por la muerte de un hijo, hermano, primo, un amigo? ¿Cuáles son las excusas o, en algunos casos, los justificativos que reverberan en el argentino pusilánime promedio? Corresponde prestar atención a la resonancia de los discursos justificadores de un crimen como el que se investiga con frases de antaño como “por algo será” o “algo habrán hecho”, surgidas de las entrañas del colaboracionismo civil con la dictadura genocida entre 1976 y 1983. Convertir a la víctima de la violencia estatal en un potencial victimario, en un ser despreciable o descartable es una posibilidad latente en los bajofondos del resentimiento.

Sergio y Santiago: un diario personal y político

El pueblo que vio nacer a Santiago se partió al medio desde su desaparición y muerte; no es descabellado sospechar que el imaginario conservador de la zona inclinara la cancha. Los que cortaron la ruta en 2008 por una resolución ministerial opinable, en lugar de preocuparse por el posible asesinato de un joven por parte del Estado, objetaban que Santiago apoyara el reclamo mapuche con cortes frente a Benetton. Luego, si el gobierno de Macri y Bullrich había desaparecido y asesinado a Santiago, ahora, en su propio pueblo, un intendente libertario, uno más en la historia de los prescindibles (un tal Ramiro Egüen) mandó a destruir con topadoras los murales que había dejado Santiago, lo  hizo cobardemente durante la madrugada del 25 de noviembre de 2024, casualmente, aniversario del velatorio. Bajo otras condiciones, ese tipo de gestos, completan el sentido encubridor y justificador de un crimen de Estado. En la segunda parte del libro, dedicada a la niñez y juventud de los hermanos (incluyendo a Germán) y la vida familiar, Sergio escribe con crudeza: “Algunos de los que nos dieron la espalda fueron los que usaron esta postura ante la desaparición de mi hermano para llegar a cargos políticos. (…) Los vínculos en el pueblo no volvieron a ser nunca los mismos. Ni van a volver a serlo”.

En el recorrido descrito por Sergio se leen las rupturas y el cansancio, los avatares anímicos, situaciones al borde del agotamiento, se percibe la impotencia como una sombra que persigue cada movimiento. Pero también hay un registro de nuevos vínculos, tramas solidarias entre la empatía personal y la consciencia histórica, gestos de cercanía de personas cualesquiera, colaboración de organizaciones, periodistas independientes, abrazos como los de aquel día, volviendo de la triste escena de la morgue, camino al hotel, justo en la Plaza del Congreso, donde los trabajadores despedidos de PepsiCo recibieron a Sergio y Andrea en la carpa: “se podía ver estampada la cara de Santiago”.

Se trata de un testimonio que salpica en varias direcciones. La lectura de Olvidar es imposible… no solo permite comprender la materialidad de una causa judicial, tal vez, compuesta de demasiados elementos no judiciales. Es un libro que ayuda a entender los demonios de habitan en un sector de la sociedad, los girones de la política argentina con sus coyunturas exasperadas, las miserias que van de derecha a izquierda como en una foto donde es medio país el que posa. ¿Cómo se relaciona algo tan irreductible, el pedido de justicia por Santiago, con una racionalidad política, mediática y judicial que no hace sino calcular? ¿Cuál es la relación entre lo incalculable y el cálculo en una situación tan íntima y política a la vez como es la lucha por justicia para un hermano, para Santiago Maldonado?

Último momento

Recién el 11 de junio de este año, la defensa de la familia de Santiago, pudo tomar vista de todos los elementos que fueron encontrados junto con Santiago aquel fatídico 17 de octubre de 2017. Inertes, las cosas reservadas en la morgue de la Corte Suprema de la Nación, nunca fueron peritadas. La ropa, los borceguíes, los billetes, las monedas, las pulseras tejidas, los encendedores, entre otras pertenencias, moran en cajas de cartón como espejo de la impunidad. Recién ahora, nueve años después, se comenzarán las pericias antes negadas, en al menos dos oportunidades (2018 y 2019), por el juez Gustavo Lleral, a esta altura, indudablemente cómplice de la injusticia que recorre de principio a fin el proceso aun abierto. Ya en febrero de 2025 se habían periciado lesiones antes no encontradas y se había ampliado el informe de la palinóloga por el polen encontrado en la ropa de Santiago, y recién ahora, habiendo designado peritos brasileros, se llevarán adelante las medidas correspondientes. En conclusión, con todo el poder de fuego que desplegaron desde el Estado, el poder judicial, las fuerzas de seguridad y algunos medios de comunicación, no lograron cerrar la causa, porque no hay forma de comprobar que Santiago haya permanecido tanto tiempo en el agua y la verdad es tan desconocida como desbordante.


[1] https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/santiago-maldonado-un-crimen-de-estado/, https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/el-caso-maldonado-y-la-campana-de-patricia-bullrich/, https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/un-17-de-octubre/m, https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/sergio-maldonado-hace-falta-mas-voluntad-politica-para-impulsar-la-busqueda-de-la-verdad-sobre-santiago/