Contabilizar los votos peronistas en esta elección es difícil, porque «el movimiento» está partido. No tiene un liderazgo común y, para colmo, tampoco constituyó un frente electoral a nivel nacional. Por esa razón, la sumatoria nacional de Cambiemos (agregándole al frente porteño Vamos Juntos) luce más que la de sus adversarios.
Por otra parte, en 12 de los 24 distritos, se formaron frentes únicos en los que kirchneristas y peronistas no kirchneristas compartieron la misma alianza, en general compitiendo en la «interna» de las PASO. En otros 6 distritos (incluimos aquí al bonaerense), casi se alcanza esa unidad, y hubo un frente panperonista mayoritario, con dirigentes de diferentes extracciones, pero sin poder evitar que otras listas kirchneristas o peronistas «puras», con poco caudal electoral, se presentaran por fuera de los frentes principales. Asimismo, hubo otras 3 provincias (Córdoba, Salta y Tierra del Fuego), en las que el peronismo oficial es antikirchnerista, y no hubo posibilidad de acuerdo. Y finalmente, 3 «casos raros» (Chubut, Misiones y Santiago del Estero) en los que los peronismos se convirtieron en virtuales partidos provinciales en alianza con fuerzas locales. Todo eso es, hoy, el conjunto de los partidos peronistas.
Sin incluir al massismo (1País Frente Renovador y aliados), que es una fuerza que tiene muchos peronistas adentro incluyendo a su líder fundador- pero que en su estrategia reciente de alianzas se ha distanciado bastante de aquella tradición. Pero aún sin hacerlo, el resto de las fuerzas panperonistas estaría, sumado, en un porcentaje nacional similar al de Cambiemos.
En esa perspectiva, no se ve tan mal el desempeño del espacio que se sitúa entre el Frente para la Victoria, la Unidad Ciudadana y el Justicialismo, que logró ir unido en muchas provincias grandes (Santa Fe, Mendoza, Ciudad de Buenos Aires, Entre Ríos, Tucumán). El problema del peronismo no está en su electorado, que sigue en torno al 40% duro, sino en su liderazgo partido. Y esta elección no pareciera aportar, en sí misma, demasiadas soluciones. Más bien, todo lo contrario. Apresura la renovación.
En los últimos meses, hubo dos novedades en materia de liderazgos. Una fue la candidatura de Cristina Kirchner al Senado. La otra fueron las reuniones entre los gobernadores Schiaretti y Manzur. Cristina Kirchner no emergió como ganadora de esta elección. Y Schiaretti fue uno de los grandes derrotados de la jornada (al igual que Massa y Das Neves, los socios electorales de 2015). En aquellas provincias en las que el peronismo construyó buenos frentes electorales, perdió. Y los pocos gobernadores que ganaron provienen de provincias chicas.
La dirigencia peronista de orden nacional quedó arrasada. Sin territorio ni candidatos ganadores, el actor más importante del sistema partidario argentino entró en una fase en la que cualquiera de sus dirigentes puede convertirse en jefe. Un intendente de ciudad mediana, una diputada patagónica, un senador del nordeste, cualquiera: los resortes electorales tradicionales de la construcción de liderazgos han dejado, momentáneamente al menos, de funcionar.
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