«Si no fuéramos hermanos, no hubiéramos durado tanto»

Por: Majo García Moreno

Lucía y Joaquín Galán juegan, desde hace años, a la guerra de los sexos en sus canciones. Ahora presentarán en el Luna Park su disco Son todos iguales. Amor fraternal, terapia y una atenta mirada a la coyuntura para mantenerse juntos y vigentes.

Dieron infinidad de notas, comparten desde chicos aviones, micros, esperas, escenarios, cumpleaños familiares. Se conocen como nadie uno al otro. Hermanos de sangre y hermanos elegidos, los Galán son los Pimpinela hace casi 35 años. En sus canciones discuten jugando a la diferencia de géneros, a la guerra de los sexos. Actúan, se chicanean, sufren, se divierten. Ahora están sentados en una sala de la discográfica que acaba de editar su último disco, Son todos iguales, y se dan el tiempo para reflexionar sobre el porqué de su vigencia y de una carrera que, dicen, siempre fue por la periferia. Y algo de razón tienen. Con hits como «Olvídame y pega la vuelta», «A esa» o «El amor no se puede olvidar», que hacen las delicias de los karaokes, siempre se mantuvieron al margen de los grandes sucesos pero, claro, son un suceso en sí mismo. Los hermanos Galán, quienes se presentarán en el Luna Park (20 y 21 de mayo) y en Córdoba (28 de mayo) formaron un dúo como no hay otro en el país, nunca perdieron vigencia ni se dejaron tentar por moda alguna que modificara su esencia. Guste o no, los Pimpinela son una marca registrada, y después vendrán los demás.

–Tienen un estilo y una temática que el público siempre espera de ustedes, pero ¿desde qué otros lados se le puede cantar al amor para no aburrirse ni perder su identidad?

Lucía Galán: –Yo creo que lo importante es que seamos coherentes con las cosas que nos pasan todos los días y que eso lo reflejemos sí o sí en un disco. Hoy no funcionaría «Olvídame y pega la vuelta» como fue en ese momento porque la mujer ha evolucionado y ha avanzado. Ya no es más la sumisa, «la esclava», la que dice todo que sí y no sabe valerse por sí misma o cree que sólo tiene que ocuparse de la casa. Ese estereotipo no es la mujer de 2016. Creo que lo que nos permitió mantenernos es el hilo conductor del amor y el desamor pero con el avance del proceso interno de la mujer y del hombre. En el disco anterior le cantamos al matrimonio igualitario, nos metimos con la violencia de género, cantamos en contra de toda cuestión xenófoba entre fronteras. Hay que estar atento a los que nos pasa a todos como ciudadanos del mundo. Eso se refleja en las canciones y la gente lo percibe. Vamos creciendo al mismo tiempo.

–No conciben al artista encriptado, impermeable a lo que sucede en su sociedad.

LG: –No. Un artista tiene que emocionar. Si vos te sentís identificado con una canción o con un libro o con un cuadro es porque algo tuyo está tocando, estás permitiendo que algo de eso entre en tu vida. Eso creo que es el arte, puede gustar o no gustar, pero es algo muy personal.

–¿Cómo fue acompañando el público ese crecimiento?

Joaquín Galán: -Nuestro público siempre ha sido muy familiar y las familias van pasando sus vivencias y lo que les gusta de generación en generación. Esto lo vemos en todos los shows, no sólo en la Argentina. Chiquitos de ocho años, de 10, de 12 hasta abuelos… eso significa que la familia ha sido nuestro mejor difusor, nos han metido en su casa y eso te genera un gran compromiso, te estimula a seguir creando cosas. Siempre creamos dentro de nuestro mundo. No buscamos ver con qué pegamos, no lo hicimos ni al principio. Siempre aparecemos con algo que, si bien mantiene nuestra esencia, nos vuelve a emocionar, a divertir y tenemos la suerte de que la gente nos acompaña.

–Y el concepto de familia también fue cambiando.

LG:– Claro, todo va mutando y todos nos vamos adaptando a los nuevos estilos de vida. Si te quedás enganchada en una canción que fue éxito en un momento, fuiste.

–»Son todos iguales» en los ’80 tal vez hubiera sido tomada en serio.

LG: –Claro, y podría haber sonado como una agresión porque las mujeres tenían otras ideas.

–En el disco hay una canción «Amor de hermanos» donde ratifican su vínculo a través de los años pero, como todos los hermanos, deben tener sus peleas. ¿Al final, cuál es el punto de encuentro, de confluencia?

LG: –Pueden ser varios. Un chiste, trabajo que tenemos que hacer y dejamos pasar, depende de por qué sea la pelea. Aprendimos, y a veces nos acordamos, que somos diferentes y ahí podemos transitar de manera más fácil el camino. Cuando uno exige del otro cosas que el otro no puede es donde empiezan las trabas. Siempre hay un punto de encuentro. Si no fuéramos hermanos no creo que hubiéramos durado tanto tiempo trabajando.

–¿El vínculo es lo que prevalece frente a cualquier pelea?

JG: –Exactamente. Es la relación, la familia, algo que de chicos nos han inculcado pero que hemos internatilizado espontáneamente, no como una obligación. Si no resignificás a cada rato lo que es una relación familiar, los vínculos se van cortando fácilmente. Mucha gente te dice «con mi hermano no me hablo desde hace años». Pimpinela también representa un punto de encuentro donde volcamos pasiones, frustraciones, expectativas, no es sólo nuestro medio de vida. Hemos hecho terapia, como lo recomendaban los Les Luthiers, y es lo ideal para cuando, por ejemplo, tenés que resolver cosas en el momento con personalidades afines pero distintas. Todos los recursos que sean necesarios para priorizar la relación, primero de hermanos y después del resto, valen.

Ella es más inquieta y salidora. Y siempre lo fue. Él es más casero, introspectivo. Y siempre lo fue. En esas descripciones ambos coinciden y se reconocen. «A mí me gusta moverme por la vida como cualquier mujer, ir al teatro, al cine. Salgo con mi hija, con Pablo (Alarcón) mi marido, cena con amigos, leo. También disfruto mucho de estar en mi casa pero no tanto como Joaquín», revela Lucía y su hermano asiente: «Soy más de observar que de protagonizar. Cada uno se fue armando su mundo y eso se mantiene.»

–¿Qué no puede fallar para que cuando se bajen del escenario digan «hoy la rompimos»?

LG: –Él nunca está conforme.

JG: –Contestá tu parte.

LG: –Siempre va a haber algo que no te gusta. Vi una vez una entrevista a Barbra Streisand que ella decía que siempre buscaba el perfeccionismo y se estresaba y se amargaba y nunca se conformaba por nada hasta que se dio cuenta de que era imposible y que lo que es perfecto para uno no lo es para el otro y cambió la idea de perfeccionismo por la de la excelencia. Y creo que es eso. Quizás hubo shows en los que vocalmente rendí menos o me olvidé la letra pero la comunicación o lo que pasó con el público fue único y es buenísimo. A mí lo que me saca y me desetabiliza es la mediocridad, la negligencia, cuando algo sale mal por un error de querer hacerlo de taquito nuestro o de cualquiera del equipo.

JG: –Al final creo que es un tema de dialéctica, nada más, porque coincidimos. Los dos somos exigentes. Si algo está probado, ensayado, más allá de un imponderable no debería fallar. Ser exigentes hizo que llegáramos hasta acá. Y nunca fuimos una moda.

–Pero… ¿alguna vez te bajás y decís que estuvo buenísimo?

JG: –(Risas) Por supuesto lo hago.

LG: –¿Cuándo?

JG: –Que no lo diga no quiere decir que no lo piense. Siempre mi primera reacción es ver qué detalles no salieron para no repetir. Pero claro que me fijo si la respuesta de la gente es buena pero eso… ¡te exige más! 

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