SIAM, un símbolo de la debacle industrial: despidos y la fábrica militarizada

Por: Federico Trofelli

La planta donde se producen heladeras había sido reinaugurada en 2014. De 400 empleados, sólo quedan 60. Los despedidos acampan en la puerta. La Bonaerense, afuera y adentro.

Acorde a los tiempos, la emblemática fábrica SIAM de Avellaneda funciona bajo una fuerte custodia policial. Los trabajadores, en lucha desde hace varios días por despidos injustificados y por la persecución gremial por parte de la empresa, denuncian que la Bonaerense se apostó tanto adentro como afuera de las instalaciones, mientras la patronal incumple la conciliación obligatoria dictada por la delegación local de la Secretaría de Trabajo.

En las vísperas del Día del Trabajador de 2014, la entonces presidenta Cristina Fernández y parte de su Gabinete reinauguraron las instalaciones de SIAM junto a los representantes de la empresa Newsan, que a través de Pilisar SA fabrica las tradicionales heladeras marca SIAM, entre otros productos de la línea blanca de electrodomésticos.

«El Grupo Newsan, más allá de las situaciones coyunturales, sigue apostando por el país, con un plan de inversiones para SIAM de más de 100 millones de dólares que crearán mil puestos de trabajo», dijo aquel 30 de abril el presidente del holding, Rubén Cherñajovsky.

Con el correr de los meses, SIAM llegó a tener unos 400 trabajadores, pero hoy la situación es diferente: apenas llegan a 60. En los últimos tres meses, la política de reducción de la empresa se pronunció. En agosto, la fábrica cerró el turno tarde y 60 empleados contratados fueron echados. Luego se abrió un retiro voluntario que fue aceptado por 85 trabajadores más.

A todo esto, desde el año pasado los trabajadores no cuentan con delegados, luego de que la última comisión interna fuera impugnada por la Unión Obrera Metalúrgica. «Como no tenemos delegados, un grupo de compañeros, entre los que me encuentro, tuvimos que hacer esa tarea de hecho para que se respeten nuestros derechos: reclamar las recategorizaciones, controlar los descuentos o evitar el acoso a las compañeras», explica a Tiempo Alejandra Bertolino.

«Cuando fueron los retiros voluntarios –continúa Bertolino–, votamos en asamblea dos comisiones, porque al no tener delegados queríamos saber qué pasaba en las reuniones entre la empresa y el sindicato. Entonces conformamos una comisión negociadora y otra de prensa, para dar a conocer los avances. Hoy esos ocho trabajadores estamos despedidos».

La representante de los trabajadores se refiere a la última tanda de 20 despidos de esta semana. Gustavo, otro de los echados, describe lo sucedido el lunes pasado: «Fuimos llegando como todos los días y notamos que la vigilancia estaba reforzada. Tenían una especie de lista negra y si estabas ahí te decían: ‘Vos no pasás’. Entonces, tomamos los portones y llamamos al gremio para que nos acompañe. No dejamos entrar ni salir a ningún camión».

«Denunciamos que estos despidos son ilegales. Además, la empresa no inició ningún proceso de crisis. El sindicato se presentó en la Regional Sur de Avellaneda de Trabajo, desde donde constataron lo que venimos diciendo y se dictó la conciliación obligatoria», agrega Gustavo, quien precisó que automáticamente levantaron las medidas de fuerza, entendiendo que todo debía volver a foja cero hasta que se resolviera la situación. Por lo que al otro día, el martes, los 20 volvieron a presentarse a trabajar. «No pudimos entrar», cuenta.

La situación recrudeció y los trabajadores comenzaron un acampe en la puertas de la fábrica, en Coronel Molinedo al 1600, Avellaneda, donde recibieron el apoyo de organismos de Derechos Humanos, organizaciones sociales y dirigentes políticos, gremiales y de la Iglesia.

Al mismo tiempo que los despedidos sumaban adhesiones, la Bonaerense se apostó en las inmediaciones y en el interior de la fábrica. Además, los trabajadores registraron con sus celulares que autos de civil y patrulleros sin identificación también tomaron posesión del lugar. «

El ocaso de un emporio

El filántropo e industrial italiano Torcuato Di Tella fundó en 1911 la empresa Sección Industrial de Amasadoras Mecánicas (SIAM), tras haber logrado la producción en serie de una innovadora amasadora de pan. El proyecto se consolidó, diversificó y creció exponencialmente en diferentes rubros, convirtiéndose, a mediados del siglo pasado, en la empresa metalmecánica más importante de Latinoamérica.
Hacia 1928, SIAM concentró gran parte de su producción en la fábrica de Avellaneda. Llegó a fabricar todos los surtidores y los caños de bombeo y traslado de petróleo de YPF, además de construir cientos de miles de las míticas heladeras, motos y autos.
En la década del ’60, los hijos del fundador del emporio, Guido y Torcuato, se dedicaron más a la proyección de la Fundación y a un Instituto que lleva el nombre de su padre.
En 1986, la empresa fue adquirida por tres grupos: Techint, que se quedó con la planta de tubos SIAT; Pérez Companc, con la fábrica de San Justo; y Aurora, que obtuvo las instalaciones de Avellaneda y de Tierra del Fuego.
Aurora Grundig quiebra unos diez años después y dejó a 650 trabajadores en la calle. Un importante número de ellos conformaron una cooperativa que funciona hasta hoy en uno de los rincones del enorme predio de Avellaneda.

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