El unipersonal dirigido por Herminia Jensezian cruza experiencia personal y trabajo profesional. Lo que emerge no es solo un relato, sino una pregunta que incomoda.

“Nací actriz e inmediatamente escribía historias desde la primaria para hacer reír a mis compañeras, que interpretaba en un aula”, cuenta, sorprendida por la pregunta de qué fue primero, si el derecho o la dramaturgia. “Con lo cual escribí teatro antes de leer teatro: leí teatro recién en el secundario y vi que escribía hasta guionado (con guiones de diálogo)”. Nadie había en su familia que tuviera inclinaciones artísticas, excepto su abuelo italiano, que cantaba ópera, un arte que en la Argentina se consideró históricamente virtuoso, incluso superior.
“Antes tengo una profesión —ofrece detalles—: profesora de educación física.” Pero enseguida llegó el embarazo y se recibió ya siendo madre. Y aunque todo pasó a un plano inferior al de la maternidad, se metió con el teatro. “Mirá, yo debuté con Julio De Grazia. Estaba en la escuela de Irma Roy, que en aquel momento tenía una escuela de teatro tremenda, enorme. Y como yo ya tenía los dos chicos chiquitos y ella tenía clases los sábados todo el día, aprovechaba, dejaba a los chicos en aquel momento con mi suegra, y me tomaba todo ese día para el teatro.” Lo del debut como dramaturga con De Grazia es literal: “Cuando tomé contacto con el teatro en las clases, inmediatamente me sentí como pez en el agua. Y a partir de ahí hago, en una muestra, La valija, una obra de humor. Y el mismo director me incentiva para que se la proponga a Julio De Grazia, y debuté con un grande. Debuté con Julio De Grazia haciendo La valija en calle Corrientes”, festeja.
El Derecho y su título de abogada llegaron ya pasados los 30 (“hice toda la carrera siendo mamá”), y este unipersonal, que dirige Herminia Jensezian, es producto de más de 25 años de trabajo en niñez y adolescencia. “Los silencios a veces son por resguardo. O por resguardar a alguien. Y a veces los silencios son por amenaza o temor a alguien, que te dice que debés callar. Silencio de hembra habla de ese silencio. Cuando el temor se nos va, o el permiso está, o la escucha está abierta por alguna cuestión en algún momento de la vida —que puede ser cualquiera—, aparece el grito.”
El grito del que habla Salvador puede ser un alarido, un llanto. También, aunque no se plantee como inicio, la disrupción que produce una expresión que no se espera. “El animal tampoco grita cada vez que es agredido”, señala. “Hay muchos animales acostumbrados al maltrato y los golpes, y llega un momento en el que no gritan.” La experiencia asiste su afirmación. Aunque el plato de comida y el símbolo que pueda representar en cualquier relación personal o familiar no siempre retienen a la víctima. Más en el caso de las personas que de los animales, pero, con tanto humano prefiriendo a mascotas que a sus pares, es mejor no porfiar.
Salvador tuvo su silencio. “Lo tuve a los 7 y lo grité a los 12”, dice sin la mínima duda. Duda que la asalta cuando se le pregunta si no fue el teatro, esas obras que escribía desde chica para sus compañeras de colegio, la forma que adoptó su grito. “Nunca lo había pensado”, casi exclama. “Me encanta la asociación, la voy a pensar, pero claro que puede ser.”
Santos formó parte de la primera obra de género que hizo, que con memoria milimétrica ubica en 2012. “Después de incursionar en la facultad y, en cinco años —también siendo mamá—, recibirme de abogada, sentí que iba a fusionar las dos cosas. Cuando alguien sabe que trabajo como actriz y que trabajo como abogada, me llama y me pide una obra de violencia de género. Era 2012. Busco y no había nada. Ninguna obra de teatro. Le digo, ¿querés que escriba algo? Y ahí, por primera vez, hago esta fusión, que se hace para un congreso. Y le propongo a Alejandro Fiore, a quien le digo que es para una sola función, y le digo a Belén Santos, que estaba en Las brujas de Salem trabajando con él. Y tuve la suerte de que me dijeran que sí.”
Así que se puede decir que Santos es una vieja conocida de Salvador. Y la autora escribió su obra pensando en ella, en un lenguaje multidisciplinar que la artista —baila, actúa, hace música— puede llevar a otro plano de expresión. “No soy codirectora ni nada, sólo estuve en el ensayo general, en el que hice algunas apreciaciones sobre unos textos, pero nada más”. Sobre lo que siempre otro ve en un texto que al propio autor se le escapa, dice que se nota “en el vestuario, la puesta que emplea los cuatro frentes, la iluminación, que realzan toda la obra. Porque una obra no puede ser sólo su texto, no dice sólo con eso. Y ahí el trabajo de Belén y Herminia consigue la expresión que hable de la lucha de esta joven por poder poner en palabras los recuerdos, silencios y secretos guardados en el cuerpo”.
Desde que combinó ambas profesiones, Salvador es convocada —lo mismo que sus obras— para hablar sobre violencias contra las infancias y adolescencias. “Me doy cuenta de que empiezan a llamarnos de colegios de abogados, de fiscales, de lugares donde lo usaron como teatro debate. Para debatir sobre los temas de justicia. Y bueno, ahí empecé a darme cuenta de que había un camino. El Derecho quería escuchar y ver arte. Y el arte quería entender algunas cuestiones que terminan en la justicia.”
“Creo en el hacer”, responde sobre el tema del retroceso que se siente en las cuestiones de género y de cuidado de las infancias. “Y también entender que llevamos muy poco tiempo. Creo que lo LGBT, menos todavía que la mujer. Porque hasta en la época de los militares lo sacaban directamente, olvidate. Los tiempos de la humanidad no son los tiempos de Internet ni de TikTok. No lo digo despreciativamente, lo digo como realidad. Yo trabajo en la dopamina de los niños y adolescentes, combatiendo esto que pasa. Los tiempos de la humanidad son procesos largos.”
De Mónica Salvador. Intérprete: Belén Santos. Puesta y dirección: Herminia Jensezian. Domingos a las 18, Teatro Tadron (Niceto Vega 4802, Palermo).
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