La desvinculación de la periodista Silvina Sterin Pensel no puede leerse como un hecho aislado. Es el síntoma de una época

Las expresiones de la periodista Silvina Sterin Pensel fueron duras, incómodas, sin el cuidado retórico que suele exigirse a quien nombra una masacre desde lejos. Pero no nacieron del odio, sino de la indignación ética frente a una devastación que ya no admite eufemismos. Lo que ocurre en Gaza no es una disputa entre fuerzas equivalentes ni una tragedia inevitable del conflicto.
Es la destrucción sistemática de una población civil, el aniquilamiento de su territorio, la negación persistente de su derecho a existir. Llamar a eso genocidio no es un exceso ideológico; es una categoría jurídica, histórica y moral que describe un hecho concreto.
Tomar partido por el pueblo palestino, decirlo sin rodeos, no implica ni habilita el antisemitismo. Esa confusión, tan repetida como funcional, es una de las trampas más peligrosas del debate contemporáneo.
El antisemitismo es una forma de odio racial y religioso que debe ser combatida sin ambigüedades; precisamente, porque ha producido algunos de los crímenes más atroces de la historia.
Denunciar al sionismo como proyecto político y al Estado de Israel por sus políticas de ocupación, segregación y exterminio no es atacar al pueblo judío. Por el contrario, es negarse a que una identidad milenaria sea utilizada como coartada moral para justificar lo injustificable.
No todo judío es sionista ni todo sionista representa al judaísmo. Existen, dentro y fuera de Israel, voces judías que denuncian esta guerra, que la nombran como crimen, que se niegan a aceptar que el sufrimiento histórico propio habilite la negación del sufrimiento ajeno. Escucharlas y reconocerlas no debilita la lucha contra el antisemitismo; la fortalece, porque rompe la identificación forzada entre un pueblo y una política de muerte.
La persecución mediática hacia Silvina Sterin Pensel no ocurre en el vacío. Se despliega bajo el amparo de un Gobierno nacional que ha decidido romper con la histórica tradición humanista de la diplomacia argentina.
Al abrazar de forma dogmática la narrativa de la administración de Netanyahu, el Ejecutivo nacional no sólo convalida el horror en Medio Oriente, sino que importa a nuestro país un clima de macartismo y disciplinamiento.
En la Argentina de hoy, el alineamiento geopolítico del oficialismo pretende dictar los límites de lo decible, transformando la defensa de los derechos humanos en un motivo de estigmatización o castigo laboral.
La libertad de expresión, en este contexto, no es un privilegio individual ni una abstracción liberal. Es una condición democrática esencial. No se protege la convivencia silenciando a quien denuncia, ni se combate el odio clausurando la crítica política.
Castigar una voz por tomar partido frente a una masacre no fortalece el pluralismo: lo empobrece. Y cuando el debate público se empobrece bajo la presión del poder de turno, quienes pagan el precio no son los opinadores, sino las víctimas invisibilizadas.
La neutralidad, cuando el objeto es un exterminio, deja de ser una virtud periodística para convertirse en una claudicación moral. No es prudencia, es el silencio que permite que la maquinaria continúe. Ya conocemos esa retórica: es la de quienes exigen matices frente a lo evidente y equilibrio frente a lo asimétrico.
Históricamente, esos pedidos de «moderación» nunca llegaron a tiempo para salvar una vida, pero siempre fueron útiles para lavar la conciencia de los espectadores.
Defender a Silvina Sterin Pensel no implica adherir sin reservas a cada una de sus palabras. Implica sostener algo más profundo: que una democracia no puede castigar a quien nombra el horror por temor a incomodar a los poderes establecidos, locales o extranjeros.
Implica afirmar que es posible -y necesario- condenar el antisemitismo con firmeza sin renunciar a la denuncia del genocidio palestino. Implica recordar que los derechos humanos no admiten excepciones geopolíticas ni jerarquías de víctimas.
Porque una ética verdaderamente democrática es la que entiende que no hay causas que justifiquen el exterminio ni silencios que no revelen, con crudeza insoportable, quiénes eligieron la comodidad moral mientras otros perdían la vida.
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