"Los muchachos futbolistas. La lucha gremial de los jugadores y la ausencia argentina de los Mundiales 1950 y 1954", de Ariel Borenstein, narra las idas y vueltas entre el país peronista y la gran pasión popular.

Un 2 de noviembre de 1944 se concretó la fundación con la elección de la primera comisión directiva presidida por el arquero de Independiente Fernando Bello, con Adolfo Pedernera de River como vicepresidente, Carlos Rodríguez de Lara de Gimnasia como secretario, Rodolfo Danza de Ferro como prosecretario, Eduardo Crespi de San Lorenzo como tesorero e Italo Emmanuelle de Chacarita como protesorero. Los vocales fueron Alberto Lorenzo de El Porvenir, Luis María Rongo de Platense, Jorge Tamargo de Quilmes, Francisco Rodríguez de Atlanta y Antonio Rodríguez de Lanús. La sede elegida fue el diario Crítica. Emilio Baldonedo, uno de los mencionados en la letra del tango “El sueño del pibe”, fue designado para redactar, junto con los integrantes de la comisión directiva, los estatutos de la flamante organización.
Dos meses antes se había puesto en marcha todo el mecanismo legal con la elección de una junta. Trece años después de la huelga del 31, uno de los puntos centrales seguía siendo la libertad de trabajo, ya que los dirigentes podían unilateralmente prorrogar los contratos de los jugadores año tras año hasta cinco veces consecutivas. Los pliegos de reclamos tenían en cuenta todas las situaciones: desde garantizar un sueldo mínimo para la masa de jugadores que no eran estrellas, incluyendo a los de segunda división, hasta rechazar los topes salariales a los cracks. Tampoco faltaban puentes con el resto de los trabajadores, como el planteo de jornada laboral de 8 horas divididas en “ejercicios de fútbol y enseñanza adecuada”. Pero lo que englobaba a cada uno de los puntos que se levantaba y daba unidad al movimiento era la oficialización del sindicato. Un mes después de la fundación de Agremiados, en diciembre del 44, Perón daba un discurso en la Secretaría de Trabajo y Previsión ante doscientos mil obreros. Su relación con los trabajadores lo ponía en el centro de la escena política.
Si bien el fútbol crecía sin parar como espectáculo y los valores de los pases superaban año a año las cifras que se pagaban, la media de los jugadores no tenía grandes privilegios. Una anécdota de Borocotó en El Gráfico ejemplifica: “Los muchachos de Boca salieron de una sesión de entrenamiento y algunos de ellos tomaron el tranvía rumbo a Constitución. El half Carlos Sosa no encontró asiento y se ubicó detrás del respaldo de uno de los últimos bancos con la espalda apoyada sobre los cristales”. Jugadores de Boca que viajaban en tranvía, con las incomodidades de cualquier laburante. “De pronto, en un banquinazo, la espalda que golpea y el vidrio que se rompe”. El relato sigue con un intercambio de palabras entre el guarda, que le quiere cobrar al jugador el vidrio, y la queja del jugador, que dice que no fue su culpa, que se salda cuando Sosa salta de la formación antes de llegar a Constitución, donde eventualmente se hubiese podido convocar a algún policía.
Nicolás Palma, jugador de la selección argentina, estaba en el aeropuerto para ir a jugar a la liga mexicana, la misma a la que había ido José Manuel Moreno. Como esa liga no estaba afiliada a la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) no le compraba el pase al club del que provenía el jugador, en este caso Estudiantes de La Plata. Antes de subir al avión lo detuvieron bajo la acusación de no haber devuelto la ropa a su equipo. El futbolista respondió que él había gastado ropa suya en Estudiantes y que además la entidad le debía plata. Este tipo de incidentes existían en esta primera etapa del fútbol profesional (…)
Ya en 1948, el arquero peruano José Soriano fue uno de los encargados de fomentar la organización. “Cuando pasé de Banfield a River me enteré que Pedernera y Moreno, que eran unos genios, ganaban 400 pesos. No lo podía creer. En un asado les dije que no podía ser lo que les pagaban porque yo había arreglado por 2500 pesos y 20.000 de prima”, contaba Soriano. En el libro de “Futbolistas Argentinos Agremiados La lucha continúa”, escrito por el periodista Raúl Rivello junto con el dirigente del gremio Carlos Pandolfi, se relata que Soriano, ingeniero agrónomo además de arquero, en ocasión de una gira de Independiente por Perú, invitó a los visitantes a quedarse ocho días en una estancia de un ingenio azucarero en el que trabajaba y convocó al abogado de sus patrones para que les diseñara un borrador de estatuto que Bello junto con Sastre, De la Mata y Erico trajeron para Argentina.
Ya en Buenos Aires, adonde llegó en 1942, Soriano hizo una pausa en su actividad gremial. “No me quería involucrar porque pensaba que no iba a ser bien visto que participara un extranjero”, recordaba. Pero le duró poco, al tiempo ya ponía su casa para encontrarse y tratar de avanzar en la lucha por sus derechos. “Los jugadores éramos como estrellas de cine, pero pocos ganábamos como ellos. No era justo. A las reuniones venía un espía de la AFA y me empezaron a tildar de comunista”, se quejaba.
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