Slopaganda la técnica de inundar de contenido basura las redes sociales 

Por: Mariano Quiroga

Estamos ante una mutación en la forma misma en que el poder habla, y lo que dice —si es que dice algo— importa mucho menos que el volumen al que grita.

Hoy la mentira es industrial, barata, instantánea y, lo más perturbador: ni siquiera necesita convencer. Le basta con cansar. Le basta con llegar primero. Le basta con ser tantas que ninguna importe. El nuevo poder no se ejerce desde un púlpito con una verdad falsa bien construida. Se ejerce desde un servidor con diez mil verdades falsas mal construidas. La diferencia no es menor: es civilizatoria. Estamos ante una mutación en la forma misma en que el poder habla, y lo que dice —si es que dice algo— importa mucho menos que el volumen al que grita.

Durante siglos, la propaganda fue una artesanía. Los nazis tardaban semanas en diseñar un cartel. Stalin necesitaba ejércitos de artistas para reescribir la historia. La CIA financiaba revistas literarias, contrataba intelectuales, construía relatos con la paciencia de quien sabe que convencer toma tiempo. Todo ese esfuerzo tenía una lógica: el poder creía que necesitaba ser creído. Que para dominar había que persuadir. Que la mente humana era un territorio que valía la pena conquistar con argumentos, aunque fueran falsos.

El descubrimiento del siglo XXI es más brutal y más eficiente: no hace falta conquistar la mente. Alcanza con bloquearla. No hace falta que el ciudadano crea la mentira. Alcanza con que no pueda creer nada. Un cerebro exhausto, saturado, incapaz de distinguir lo real de lo fabricado, es infinitamente más útil para el poder que un cerebro convencido. El convencido puede cambiar de opinión si aparece evidencia contraria. El exhausto ya no procesa evidencia: solo reacciona, comparte, se indigna, olvida, vuelve a reaccionar.

Llamémosla por su nombre: slopaganda. El término combina *slop* —basura, desperdicio, el líquido nauseabundo que se derrama— con propaganda. No es una metáfora amable. Tampoco pretende serlo. Porque lo que describe es exactamente eso: un derrame. Un río de contenido podrido que no tiene orillas, que no distingue canales, que lo inunda todo con la misma temperatura tibia e indistinta. Una imagen de Milei como gladiador romano. Un audio falso de un exfuncionario confesando lo que todos «ya sabían». Una infografía con datos que nadie verifica porque los datos no importan: importa la sensación que producen. Un meme. Otro meme. Cien memes. Mil memes. El meme que refuta al meme anterior. El meme que refuta al que refuta.

La verdad, para cuando llega, ya encontró el espacio tomado. Ya hay cuatro versiones del evento, tres teorías del complot, dos desmentidos contradictorios y un video generado por inteligencia artificial que muestra algo que nunca ocurrió pero que se ve tan real que el cerebro —ese órgano tramposo, ese órgano que ahorra energía donde puede— decide que sí, que seguramente pasó, que todo pasa, que nada es verificable, que para qué molestarse.

Pensemos en La Libertad Avanza como laboratorio. No como anomalía, sino como laboratorio. Como el lugar donde se probó con más éxito visible en la Argentina una forma de hacer política que ya no necesita programa porque tiene memes. Que ya no necesita coherencia porque tiene intensidad. Que ya no necesita ganar el debate porque tiene la capacidad de destruir el escenario en el que el debate ocurre.

El movimiento de Milei no nació en un comité. Nació en los comentarios de YouTube. Creció en grupos de WhatsApp donde nadie firma lo que comparte. Se expandió como hongos bajo la lluvia: sin tronco, sin raíz central, sin nadie que pudiera ser señalado como responsable de nada. Cuando un contenido falso circulaba, no había autor al que interpelar. Cuando un meme incendiaba la conversación pública, no había redacción que pudiera pedirle cuentas. Era el pueblo, se decía. Era la gente, espontáneamente, expresándose.

Claro. La gente. Espontáneamente. Con cuentas creadas la semana anterior, sin foto de perfil, publicando ciento veinte veces por hora.

La espontaneidad también se fabrica. Y en la era de la inteligencia artificial, se fabrica a escala industrial, a costo casi nulo, con una verosimilitud suficiente para engañar al ojo no entrenado. Lo cual es, conviene recordarlo, el ojo de casi todo el mundo.

Hay algo específicamente perverso en la estética que este ecosistema eligió para sus operaciones. No eligió la solemnidad del discurso autoritario clásico. No eligió la épica del héroe que marcha al frente de las masas. Eligió el meme. Eligió el humor. Eligió la ironía, el absurdo, la referencia al videojuego, la imagen de Milei como superhéroe de película de acción, la motosierra dorada, el «son todos una banda de chorros» gritado con la energía de quien finalmente dice lo que todos piensan.

¿Por qué esa estética? Porque desactiva las defensas. Porque nadie se pone en guardia frente a algo gracioso. Porque compartir un meme no se siente como hacer política: se siente como reírse con los amigos. Y en ese espacio —en esa rendija entre el entretenimiento y la ideología— se cuela todo lo demás: el desprecio por el Estado, la desconfianza en la ciencia, la normalización del insulto como argumento, la reducción de cualquier complejidad a un enemigo identificable al que odiar con eficiencia.

Preguntémonos algo incómodo. ¿Quién produce todo ese contenido? En parte, bots. En parte, cuentas coordinadas. En parte —y esto es lo que el análisis frío tiende a omitir porque es lo más difícil de procesar— personas reales, convencidas, que genuinamente creen que están contribuyendo a una causa justa. Ciudadanos que no saben que son nodos de una red que los usa. Militantes que pasan horas produciendo memes, respondiendo comentarios, descargando aplicaciones para amplificar tendencias, sin recibir un peso, sin que nadie se los pida explícitamente, movidos únicamente por la certeza emocional de que el enemigo es real y hay que combatirlo.

Eso no es manipulación simple. Eso es algo más profundo y más inquietante: es la captura de la energía política genuina de personas realmente hartas, realmente empobrecidas, realmente ignoradas por décadas de política incompetente o corrupta, y su conversión en combustible para una maquinaria que no las representa sino que las usa. El hartazgo es real. El sufrimiento es real. La indignación es legítima. Pero el canal al que se dirige esa energía —el flujo de slopaganda que la canaliza, la amplifica y la dirige— no está ahí para resolver nada: está ahí para perpetuar exactamente la confusión que impide resolver algo.

Y mientras tanto, los periodistas. El periodismo, con sus redacciones diezmadas, sus presupuestos destruidos, sus lectores migrados a plataformas que no pagan por contenido pero sí por atención. El periodismo que tarda cuatro horas en verificar un dato y lo publica cuando el dato falso ya fue compartido cuatro millones de veces. El periodismo que cuando llega con la verdad encuentra que la verdad ya tiene mala prensa: que ya fue etiquetada como «zurda», «casta», «establecimiento», «los mismos de siempre».

No es que el periodismo no sirva. Es que el ecosistema fue diseñado —o evolucionó, que a veces da lo mismo— para hacerlo irrelevante. Para que la verificación llegue tarde, canse al lector y encima parezca sospechosa. El desmentido como prueba de la conspiración. La corrección como evidencia del sesgo. La complejidad como sinónimo de mentira. En ese mundo invertido, la torpeza es autenticidad y el rigor es trampa.

Volvamos al río. Un río ancho, poderoso, oscuro. No importa de dónde viene ni a dónde va: importa que no para. En ese río flotan cosas: imágenes de líderes con capas, audios de confesiones que nadie hizo, gráficos de datos que nadie midió, memes de enemigos en trajes de villanos, videos de catástrofes que no ocurrieron, promesas de destrucciones que salvarán al pueblo, gritos de multitudes que en parte son algoritmos. Todo flota. Todo viaja a la misma velocidad. Todo tiene el mismo peso específico. Eso es la slopaganda.

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