La actriz analiza la audacia de Un futuro brillante, la distopía dirigida por Lucía Garibaldi que ya llegó a las salas. Además, revela el impacto emocional de interpretar a su madre en la serie La One.

En medio de la cada vez más desolada escena cultural argentina –asfixiada por un Estado ignorante y la crisis económica, pero siempre resistiendo–, Sofía está muy entusiasmada por el flamante estreno de Un futuro brillante. Se trata de una distopía íntima que transcurre en un futuro casi retro. La historia revela cómo Elisa (Martina Passeggi) es una de las pocas elegidas para ir “al norte” –una suerte de salvación o garantía de felicidad– por su gran capacidad intelectual. Pero cierta inquietud personal y la aparición de Leonor (Gala Castiglione), una singular nueva vecina, harán que el futuro tan deseado por todos comience a ponerse en tela de juicio. El film, dirigido por la uruguaya Lucía Garibaldi, elude los lugares comunes de las películas distópicas y los ritmos narrativos típicos de las series actuales. Más allá de un virus letal supuestamente contagiado por hormigas, que funciona como marco del film, Un futuro brillante invita a reflexionar sobre cuando el deseo general no encaja con el propio.
Sofía habló de todo esto con Tiempo, y también de su regreso al teatro, la inminente biopic en la que interpreta a su propia madre y Fea, su proyecto musical.
-¿Qué fue lo que más te cautivó de Un futuro brillante?
-Tuvimos una reunión con Lucía (Garibaldi), la directora, e inmediatamente me atrapó la historia y su idea de cómo llevarla a cabo. A mí lo que más me gusta de los proyectos es que sean diferentes, arriesgados, valientes. Creo que vivimos en una época donde casi todo está cada vez más estandarizado. Una búsqueda que quiebra eso ya es un primer paso muy atractivo.
-La historia transcurre en una especie de futuro retro.
-Exactamente. Y podría ser en Uruguay o Argentina. La veo con una mirada muy rioplatense o incluso más amplia: latinoamericana. Ese contexto retrofuturista también está dado por la falta de recursos económicos que teníamos. Pero lejos de acomplejarnos, eso nos motivó más a sacar lo mejor de nosotras. A veces una superproducción puede tender a hacer las cosas más obvias. Cuando hay un gran volumen de dinero siempre hay alguien que te obliga a rendir cuentas. Es una ley de la industria y casi de la vida. Creo que volver al do it yourself del punk puede ser bueno. Te permite, también, dar un mensaje político de resistencia. Sobre todo en este contexto.
-Hasta hace unos años veíamos una película distópica y nos preocupaba que ese escenario llegara. Hoy vivimos en una distopía de crueldad, guerras y genocidios que empalidecen cualquier film. ¿Quizás por eso lo más fuerte de Un futuro brillante es la reflexión que propone sobre dificultad para detectar y ser fiel a los propios deseos?
-Sí. La distopía, ese escenario medio desolado, distante y con supuestos premios y castigos rondando, no es lo más fuerte. A mí lo que más me atrapó fue la relación entre Elisa y Leonor. Que es un poco de tutela, de complicidad y de alguna cosa más que me guardo. Y también cómo esos personajes construyen la decisión de cambiar el rumbo. Más allá de que no quiero spoilear nada. Siempre hay personas que se corren de lo que se supone que deben ser. Son las menos, cuesta, pero las hay. Y la verdad que siempre me siento de ese lado de la vida.
-Es una historia sobre mujeres, hecha por mujeres, pero no se revela como estrictamente feminista.
-Para mí el feminismo se distorsionó. Su base eran los reclamos de igualdad. Siento que en los últimos años se convirtió en otra cosa, todo se volvió súper fundamentalista. Un montón de conceptos del feminismo que me representaban hace un par de años ya no lo hacen porque se desvirtuaron completamente. Pero por supuesto, creo en la igualdad. En que todos contemos historias: seas hombre, mujer, gato o perro.
-La película, de alguna manera, cuestiona también el paradigma de que el Norte es lo bueno. Es algo que tenemos muy anclado en nuestra cultura.
-Sí, está la idea de primer mundo: EE UU, Europa… El Norte es ese lugar a donde nosotros no accedemos y eso viene un poco desde que fuimos colonizados. Incluso acá mismo en Buenos Aires, la zona norte supuestamente es la de los ciudadanos de primera. Hay como una cosa aspiracional y medio triste relacionada con eso. No podemos negar la mejor situación económica de muchos países de lo que llamamos norte. Pero, al mismo tiempo, ves las tasas de suicidio de Suiza y te quedás pensando. Ves la maquinaria de impunidad y violaciones de menores que se armó en esos países y dudás todavía más.
-Construiste una Leonor que no se parece a ninguno de tus otros papeles. Con diferentes capas y, a su vez, sin estridencias. ¿Cuánto apostás a la reflexión y cuánto a la intuición para interpretar un personaje?
-Me parece que un poco y un poco. Y por supuesto que también es muy valioso escuchar a la directora. Creo en mi instinto y en la energía que pongo para entender y desarrollar los personajes. Leonor me gusta porque es un poco rara. Parece segura, ganadora, pero después se ve que no es tan así. Parece calculadora y después… También estaba el tema de la pierna ortopédica. Usualmente quienes usan piernas ortopédicas caminan sin dificultades. Nosotros buscamos un leve rengueo, como para darle un tono. Pero tampoco queríamos que fuera Leonor, la renga. También me pareció muy bueno de la historia cierta tensión velada o no tanto con Elisa. Pero a diferencia de casi todas las películas y series actuales, no está todo explicado como para nenes de diez años y adultos que miran el celular. La película reivindica el lenguaje cinematográfico y eso hoy más que nunca es un acto de valentía hermoso.
Una de las series más esperadas de este año es La One, la biopic de Moria Casán realizada por Netflix que llegará a las pantallas en agosto. El rol de la diva lo interpretan –según las diferentes etapas de su carrera– Cecilia Roth, Griselda Siciliani y la mismísima Sofía Gala Castiglione. Seguramente Freud, Lacan, Jung y hasta el Dr. House harían fila para analizar cómo funciona en la mente de Sofía ser su madre, aunque sea temporalmente frente a las cámaras.
-Debe haber muy pocos actores y/o actrices que vivieron una situación similar.
-Creo que soy el único caso. Siento que entré en una constelación o psicomagia jodorowskyana. Fue muy fuerte. Una experiencia increíble, transformadora para mí. Poder interpretar historias que me cuentan desde que soy chica… Me permitió ver la vida de mi mamá desde un lugar como mucho más objetivo. A nuestros padres los solemos juzgar todo el tiempo. Al meterme en el personaje dejé de juzgar.
-¿Lo disfrutaste o te costó?
-Podríamos decir como un breve balance que me hizo bien como actriz y como persona. Siempre tengo un vínculo muy cercano a mi mamá, pero es imposible que este laburo no me haya modificado como persona y como actriz. Me siento muy afortunada y agradecida.
-Vos sos madre y recién hablábamos que vivimos una especie de distopía de crueldad. ¿Cómo te pega eso en relación al futuro?
-A mí es lo que más me aterra de todo esto que vivimos hoy es la insensibilidad general. Creo que es un fenómeno global. Hago todo lo que puedo para que mis hijos no se dejen llevar por esa onda de mierda. En donde lo más importante parece que es que te quiera todo el mundo, pero de una manera superficial porque lo que quieren es lo que mostrás: no lo que sos vos en realidad. Hoy tener valores y no ser cruel parece ser una debilidad. Fui mamá muy joven, a los 20 años, y me ayudó a madurar, ver el mundo de otra manera y querer que sea de otra manera. Me enfoco en darles herramientas para enfrentar eso. Que defiendan lo que los hace únicos y no traten de estandarizarse como todo lo demás. Que estén seguros de ellos mismos, que puedan ser sensibles sin miedo y sin vergüenza, que traten de unirse y de acercarse a personas parecidas. Suelen ser menos y el camino es más solitario, pero al final es mucho más reconfortante.
-Hablando de falta de sensibilidad. ¿Por qué creés que quieren destruir el Incaa?
-Hay algo de buscar enemigos porque les suma. De agarrártela con otros porque sí. Pero también porque este desabastecimiento cultural nos hace más fáciles de engañar. Tiene que ver con el poder. Quieren destruir la cultura, minimizarla a solo entretenimiento. Y el cine y la cultura inspiran a hacerse preguntas, a crecer. Eso no les gusta. El poder nos quiere brutos y dormidos. La gran batalla que están ganando los de arriba es adormecernos. Hasta las drogas de moda, como la cocaína y la ketamina, van en esa dirección. Estamos en un universo que prefiere ignorar el dolor. Pero si mirás para otro lado, todo se va a poner invariablemente peor. «
Dirección: Lucía Garibaldi. Guion: Lucía Garibaldi y Federico Alvarado. Elenco: Martina Passeggi, Sofía Gala Castiglione, Soledad Pelayo, Alfonso Tort, Maruja Bustamante. Todos los días a las 20:30 en el Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635). Viernes 20 de marzo y 3 de abril en Arthaus (Bartolomé Mitre 434).
Como si la actuación no le alcanzara para canalizar toda su energía, Sofía encontró en la música otra vía de expresión. Al frente de Fea, una banda de post-punk y dub nacida en la escena under porteña, la actriz se mueve en un territorio sonoro oscuro y eléctrico, donde conviven bajos hipnóticos, guitarras filosas y climas densos. El proyecto, que funciona como un laboratorio colectivo antes que como una banda convencional, completa su formación con Dulcinea Damevin (coros), Lara Baldino (bajo), Juani Molina (batería y sintetizadores), Santiago Pedrero (guitarra) y Leroy Rotman (guitarra).
–Ya tenemos grabado nuestro primer disco y lo estamos mezclando. Queremos que tenga la carga eléctrica del en vivo porque somos una banda muy performática. En breve ya todos lo van a poder escuchar, además de venir a los shows.
–Hay una tendencia histórica en el mainstream de hacer que las actrices también tengan una carrera musical. Pero se nota claramente que Fea pasa por otro lado.
–Es que a mí todo eso de la fama no me interesa. Fea salió casi de la nada, de jugar con amigos músicos que venían a casa. Seguramente a mucha gente no le va a gustar. A mí me interesa el arte que incomoda y modifica, que no te deje igual que antes de acércate. Por eso esto de Fea tiene mucho que ver con la visceralidad. Lo que vemos en el mundo y en el país no nos gusta. Entonces no puede salir algo complaciente. Las canciones vienen de ahí, pero ese inconformismo también se expresa en la forma de tocarlas y cantarlas.
Sofía Gala Castiglione también mantiene una presencia sostenida en el teatro. Desde el año pasado protagoniza Lo que se pierde se tiene para siempre, la obra dirigida por Anahí Berneri con dramaturgia de Javier Berdichesky y Andrés Gallina a partir de textos de Alejandra Kamiya. El espectáculo —en el que comparte elenco con Marita Ballesteros, Enrique Amido y Camila Marino Alfonsín— recibió muy buenas críticas durante su estreno el año pasado. Retrata problemáticas de vínculos familiares y distancia emocional con una gramática singular. Reestrenó esta semana y se presenta todos los jueves a las 20 en el Teatro Astros.
“Hicimos una muy linda temporada el año pasado y ahora volvemos en un teatro un poco más grande –señala la actriz–. Es una obra que amo y que me hace muy bien hacer. Vivimos tiempos difíciles y que la gente salga de su casa, pague sus entradas y nos venga a ver, con todos los esfuerzos que eso implica, siempre es motivo de orgullo. Hoy te bombardean con reels y pelotudeces que te quitan la capacidad de mantener la atención. Reivindicarla también en teatro me hace feliz. Por supuesto que no es cambiar el mundo, pero lo valoro y disfruto”.
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