Es un referente mundial en negacionismo y teorías conspirativas. Dice que aunque la comunicación de la ciencia sirve para “mover un poco la aguja”, no podemos pedirle que resuelva problemas que son económicos y políticos.

—Usted y otros investigadores han mostrado que comunicar el consenso científico sobre ciertos temas ayuda a revertir creencias negacionistas. Pero algunos negacionistas, particularmente sobre el cambio climático, tienen narrativas mediante las cuales presentan ese consenso como el resultado de intereses espurios. ¿Cómo funcionarían juntas estas dos cuestiones? Porque parece que, si uno adhiere a una explicación conspirativa según la cual toda la comunidad científica es corrupta, entonces no debería cambiar de opinión al enterarse de cuál es el consenso científico existente. ¿Los negacionistas son simplemente inconsistentes?
–Creo que hay que diferenciar entre los negacionistas “duros”, completamente metidos en la madriguera del conejo, que tienen un compromiso con el negacionismo como parte de su identidad, respecto de otras personas que pueden articular casualmente una teoría conspirativa porque es una herramienta retórica útil. Si uno vuela a Bali de vacaciones y un amigo le dice “eso es muchísima huella de carbono solo para quedarse tirado en la playa”, entonces lo más fácil es responder: “Bueno, el cambio climático es un engaño”. Y así uno queda libre de culpa. Puede subirse al avión, pasarla bien. Ya está, se terminó la discusión. Y tengo alguna evidencia que sugiere que quizá algunas personas hacen eso. A esas creo que se las puede alcanzar con mensajes sobre el consenso porque no son diferentes del resto. El problema son las personas que están comprometidas y creen que todos los científicos son corruptos. Esas son un objetivo mucho más difícil, y ahí los mensajes sobre el consenso probablemente sean una pérdida de tiempo. Pero solo entre un 5 y un 10% de la población cae en esa categoría. Si se puede alcanzar al otro 90%, eso ya es bastante bueno.
—En un artículo usted mencionó una idea que apunta hacia los límites de cualquier estrategia centrada en las opiniones de la gente: que existen problemas económicos y sociales reales detrás del negacionismo. Señaló que, en la pandemia, había personas que no estaban protegidas, que estaban obligadas a viajar al trabajo en colectivos abarrotados, solo podían enfrentar eso con miedo, y el miedo desencadena actitudes negacionistas. Parecería que desde ese punto de vista, hay un enorme problema social, político y económico que no podemos resolver solo mediante comunicación científica.
–Sí, el verdadero problema es estructural, es político. Algunas personas sufrieron muchísimo durante la pandemia porque estaban obligadas a ir a trabajar. Entonces, su experiencia fue espantosa. Y creo que tenemos que reconocerlo. Y también pienso que, si el sustento de uno depende de minar carbón, es bastante comprensible que no le guste demasiado el cambio climático. Creo que hay muchos factores sociales y políticos involucrados en todo esto. No es solamente psicológico. Eso no cambia la ciencia, lamentablemente, porque a las leyes de la física no les importa. A un virus no le importa. Pero es un terreno muy difícil de navegar. Por eso siempre digo que la comunicación científica no es una bala de plata. Lo único que puede hacer es mover un poquito la aguja aquí y allá. Si uno es comunicador científico, entonces quiere que eso sea importante, y seguramente hay quienes dirían: “Todo lo que necesitamos es mejor comunicación”. Pero, siendo honesto, no me encuentro demasiado a menudo con personas así. Creo que la mayoría coincide en que los problemas son estructurales. El cambio climático no es un problema que la comunicación pueda resolver, no es un problema que ustedes o yo podamos resolver reciclando más. Nada de eso va a solucionar el problema. Lo que se necesita es una transición de la economía basada en combustibles fósiles.
–¿Esto también se aplica a otro tema sobre el que usted ha investigado, que es la adhesión a teorías conspirativas en general? Porque las personas tienden a aceptar más teorías conspirativas cuando se sienten amenazadas, cuando sus vidas son inseguras.
–Sí, absolutamente. Cuando se sienten excluidas, cuando sienten que han perdido el control, tienen más probabilidades de recurrir a teorías conspirativas. Cuando comenzó la pandemia pensé: “Dios mío, aquí vamos de nuevo. Vamos a tener teorías conspirativas a la derecha, a la izquierda y al centro”. Y eso es justo lo que ocurrió, porque la gente perdió el control, tenía miedo. Y una forma de lidiar con el miedo es invocar una conspiración. Si todo es culpa de Bill Gates implantando microchips, entonces quizá no tenga que tenerle tanto miedo a un virus, porque, al fin y al cabo, solo hay un tipo responsable de todo. Y, por alguna extraña razón, la gente encuentra menos aterradora una conspiración que un acontecimiento aleatorio.
–Usted acaba de decir “vamos a ver teorías conspirativas por derecha, izquierda y centro”. Parecería que la orientación política no es un predictor demasiado distintivo de la adhesión a teorías conspirativas o al rechazo de la ciencia, porque en algunos casos eso se distribuye a lo largo del espectro político. ¿Es correcto?
–Más o menos. Hay cierto debate. En primer lugar, las teorías conspirativas son más frecuentes en los extremos. Los extremistas de derecha están inmersos en teorías conspirativas, y también lo están las personas de la extrema izquierda. Así que hay una especie de función en forma de U. Pero creo que es asimétrica: hay mucho más del lado derecho que del izquierdo. No sé si necesariamente tiene que ser así, pero ciertamente, en este momento histórico, yo diría que hay muchísimo más del lado derecho. Todo este disparate sobre la elección robada en Estados Unidos, QAnon, la teoría según la cual los inmigrantes musulmanes estarían remplazando a los blancos en Europa… todo eso es claramente de derecha. Pero también depende de cuán extremo sea uno.
–¿Entonces eso podría ser algo contingente, no necesario? La pregunta es si existe algo así como un “cerebro republicano” en términos psicológicos, como popularizó un autor, en el sentido de que la identidad de derecha pueda correlacionarse con tendencias hacia un pensamiento más conspirativo, menor apertura a aceptar evidencia científica y cuestiones así…
–Bueno, eso ciertamente es verdad. La apertura hacia la evidencia científica… he trabajado sobre eso. Y los republicanos, en general, no consideran la ciencia como una actividad particularmente valiosa. Hay muchísima evidencia al respecto. No se trata solo del cambio climático, es prácticamente cualquier tema científico que yo u otros hayamos estudiado. Y es sorprendente. Definitivamente hay una asimetría allí. Y mi explicación —muy tentativa—, que desarrollé con Klaus Oberauer, es que las normas de la ciencia no son compatibles con el pensamiento conservador. Una de esas normas es el universalismo: el hecho de que uno genera conocimiento que pertenece a todos. Y eso de dar cosas gratis no es algo conservador. Además, está el trascender las culturas y los países. A los científicos no les importa de dónde sea uno y, nuevamente, eso es un desafío para los conservadores, que estadísticamente tienden a ser más identitarios, tribales y nacionalistas. Y en ese artículo mostramos justamente eso: que los republicanos son menos proclives a respaldar las normas de la ciencia, antes de preguntarles cualquier cosa sobre cambio climático o vacunas. Son preguntas muy abstractas sobre cómo funciona la ciencia y los republicanos no están de acuerdo con esas normas. Así que quizá haya una explicación por allí: las normas de la ciencia simplemente no están bien alineadas con los valores conservadores.
–¿Esto es algo que puede generalizarse más allá de las últimas décadas? Algunos investigadores sostienen que ha habido una disminución en la aceptación conservadora de la ciencia, pero porque consideran que no se trata de una tensión eterna entre la derecha y la ciencia. Hay quienes dicen que comenzó en los años ochenta, otros después del Tea Party. Pareciera haber una tensión entre apelar a factores más generales y permanentes en el tiempo —como “mentalidad conservadora versus ciencia”— o a otros más específicos de un determinado período.
–Exactamente. Hay una tensión ahí, y no puedo resolverla, no tengo la respuesta. Pero es una pregunta muy interesante. En cuanto a los factores históricos, hay un artículo que rastrea esto hasta principios de los ’70 y muestra que republicanos y demócratas, cuando les preguntaban algo como “¿Confía usted en los científicos?”, respondían igual. Pero desde los ’70 los republicanos confían cada vez menos en la ciencia. Así que parece haber una tendencia temporal. ¿Por qué ocurrió eso? No puedo estar seguro. Pero una cosa que ocurrió en los ’70 es que la ciencia comenzó de pronto a descubrir todos los aspectos negativos del capitalismo: contaminación, hacinamiento, efectos secundarios del humo del tabaco, insecticidas y demás. De repente, la ciencia se convirtió en guardabarrera para el capitalismo más que en un acelerador. Creo que hasta los años ’70 lo que hacía la ciencia era llevarnos a la Luna, hacernos comprar autos más grandes y quemar más combustibles fósiles, todas estas maravillosas cosas republicanas. Y luego resultó que, bueno, en realidad todo eso tenía efectos secundarios. Y sospecho que ahí comenzó este conflicto, porque fue entonces cuando la industria empezó a volverse muy escéptica respecto de la ciencia. Hay muchísimos casos en los que la ciencia está diciendo: “Ey, ey… ¡más despacio, muchachos! Tienen un problema”. Bueno, si uno está tratando de ganar dinero, no quiere escuchar eso. «
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