Tamara Kamenszain, apasionado elogio y fundamentada reivindicación de lo mínimo

Por: Mónica López Ocón

La poeta y ensayista acaba de publicar “Libros chiquitos”. Allí apunta a desacralizar la poesía, a bajarla del pedestal, para hacerla transitar por la vida cotidiana.

Libritos, novelitas, ensayitos… En concordancia con el propio título, “Libros chiquitos”, los diminutivos tienen protagonismo en el libro de la poeta y ensayista Tamara Kamenszain publicado por Ampersand dentro de la colección Lectores. En ella han contado su pasión lectora Alan Pauls, Sylvia Molloy, Sylvia Iparraguirre, Edgardo Cozarinsky, Noé Jitrik, José Emilio Burucúa, Daniel Link y muchos otros escritores y críticos.

El rasgo distintivo de la colección es el enfoque de la lectura no como actividad académica o deseo de erudición, sino como experiencia de vida, como creadora de mundos interiores, como disparadora de escritura. Link subrayó el carácter de la lectura encarada como experiencia vital con el título “La lectura: una vida” e Iparraguirre con “La vida invisible”. Kamenszain lo hace con un diminutivo que es una señal de intimidad. Con él desactiva la monumentalidad de bronce que suele pesar sobre obras y escritores, para transformarlos en algo tan cotidiano como el changuito de las compras (la palabra “changuito” referida a ese elemento doméstico parece existir sólo en diminutivo), una llave inglesa o un mantel.

El adjetivo “chiquitos” también está tomado en su sentido literal. En el comienzo mismo la autora se refiere a “Ensayo de vuelo”, de Paloma Vidal, un libro escrito en un avión que apenas alcanza las 45 páginas (“en realidad 22 y media , si consideramos que está impreso sólo a página impar”). Además, Kamenszain cuenta que cuando le hicieron la propuesta de escribir para la colección Lectores, no estaba convencida de poder cumplir con el contrato de la editorial que indicaba un determinado número de caracteres mínimos. “Irremediablemente –dice– sufro pensando que nunca voy a alcanzar un número de páginas razonable para los parámetros de lo que se considera un libro”.

Pero un libro “chiquito” puede ser grande, incluso enorme, al mismo tiempo. Un buen ejemplo de esto es “El grado cero de la escritura” de Roland Barthes, figura protagónica en las lecturas de formación de Kamenszain y, como ella misma se encarga de afirmar, en la formación de varias generaciones. Es chiquito en cuanto al tamaño y al número de páginas, pero enorme en cuanto a sus revelaciones. Dice la autora: “Nosotros lo leíamos en voz alta como si leyéramos poemas. No sé si entendíamos mucho, no lo creo, pero simplemente escucharnos a nosotros mismos modular algunas palabras novedosas como ‘escritura’ o ‘estilo’ configuraba un acontecimiento”.

El texto de Kamenszain está estructurado en tres partes: Ver hacer, Escribir por dinero y Una coda. En la primera, cuyo título nace de un concepto de Macedonio Fernández, instala el concepto de lo “chiquito” y de la poesía como “un género chiquito que a golpe de cortes impide cualquier tentativa de extensión”. Por esta primera parte desfilan autores como Héctor Viel Temperley, cuya escritura conoció a través de Fogwill, Enrique Molina, Olga Orozco, César Vallejo, Witold Gombrowicz, Néstor Perlongher, Allen Ginsberg, Mariano Blatt, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, Octavio Paz, Marosa di Giorgio y Fabián Casas con sus “ensayitos bonsái”, entre otros. Cada uno de ellos es citado en el afán de delinear la idea que la autora tiene de la poesía.

En este sentido, una mención especial merece Batato Barea y sus performances en el Rojas en 1987, quien a través del espectáculo Puré de Alejandra, no sólo reveló el costado teatral de la poesía de Pizarnik, sino que también “sacó los poemas líricos del clóset antes que Alejandra para meterlos en una teatralización que los desacralizó”. Así, mediante la acción del “clown literario” los poemas muestran algo distinto de lo que habían mostrado hasta el momento.

La primera parte se cierra con la experiencia de la autora como bibliotecaria en la Sociedad Hebraica Argentina, referencias familiares y el exilio en México en 1979, lo que parece haber sido casi un destino ineludible de los escritores latinoamericanos.

En la segunda, la autora relata de qué forma se hizo periodista y realizó otras actividades, desde el dictado de un taller literario a la lectura de originales para una editorial, con el fin de ganarse la vida, algo que en la Argentina, sin duda, nunca resultó fácil. Pero sus diversos trabajos constituyeron formas diversas de acercarse a la literatura, un acercamiento que indefectiblemente irá a parar a su forma de leer y, en consecuencia, a su escritura.

Son varias son las anécdotas que cuenta que merecerían figurar en una antología, desde su relación de amistad con Osvaldo Lamborghini hasta su entrevista con Juan L. Ortiz.

En la breve coda, Kamenszain vuelve a hablar de lo pequeño, esta vez en referencia a sus nietos, a “los lectores chiquites” y a la diferente forma en que cada uno de ellos se aproxima a los libros como juego. Es otra manera de mostrar de qué modo esos objetos sacralizados por la cultura que para muchos imponen distancia pueden convertirse en objetos cotidianos y pasar a formar parte de la más estrecha intimidad.

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