El terror hace rato que no es un género menor, pero ahora es uno omnipresente. Con historias que exploran el trauma, la ansiedad y el temor cotidiano, el cine de miedo se convirtió en el refugio de una audiencia que busca algo más que entretenimiento. Mientras las grandes franquicias repiten fórmulas gastadas, nuevas productoras demostraron que el terror de autor no sólo es posible: es necesario.
El terror se convirtió en el género hegemónico porque demostró que no hace falta un presupuesto de 200 millones de dólares para hacer que la gente vuelva al cine. Alcanza con una buena idea, un director con voz propia y una productora que sepa qué hacer con eso. A24 lo entendió antes que nadie y construyó un imperio sobre esa lógica: películas como Pearl (2022), de Ti West, o Bring Her Back (2025), de los hermanos Danny y Michael Philippou —los mismos de Talk to Me—, demostraron que el terror de autor no es un oxímoron: es, entre otras cosas, un modelo de negocio.

La misma productora llevó esa apuesta al extremo con Backrooms (2026), la película dirigida por Kane Parsons, un youtuber de 19 años que construyó su universo de terror en internet y acumuló más de 190 millones de vistas antes de que A24 le diera 10 millones de dólares para hacer un largometraje. El resultado: 390 millones de dólares en taquilla global. Parsons se convirtió en el director más joven en la historia de A24, y su película, en la prueba definitiva de que el talento no necesita pedigree.
Fenómeno global
El fenómeno no es exclusivo de Hollywood. El terror argentino también tuvo su momento estelar con Demián Rugna y Cuando acecha la maldad (2023), una película que compitió en su lanzamiento con El exorcista: Creyentes y le ganó en el boca a boca. Rugna, que venía de vender muñequitos por internet, se llevó el premio a mejor largometraje en el festival de Sitges, el más prestigioso del género, y se convirtió en el primer latinoamericano en lograrlo. Su película, que narra la historia de dos hermanos que intentan contener una epidemia diabólica en un pueblo remoto, no necesitó un presupuesto hollywoodense para llegar a 800 salas en Estados Unidos. Rugna demostró que el terror, bien hecho, puede competir en cualquier mercado.

Lo que une a todas estas propuestas —obras como Weapons, de Zach Cregger; Obsession, de Curry Barker (una de las voces más prometedoras del género); Speak No Evil, de James Watkins; The Innocents, de Eskil Vogt; o The Substance, de Coralie Fargeat— es que ninguna necesita una franquicia preexistente para justificar su existencia. No son secuelas, ni remakes, ni spin-offs. Son historias originales que se animan a incomodar, a explorar el trauma, la ansiedad y el miedo cotidiano. Y el público las abraza porque, en un mundo donde la realidad supera a la ficción, el terror resulta un terreno fertil para explorar.
No es solo una tendencia en la conversación cultural: el terror también domina la taquilla. En 2025, el cine de género logró colocar cuatro títulos en el top 20 de las películas más vistas en Argentina: El conjuro 4: Últimos ritos en el cuarto puesto, Destino final: Lazos de sangre en el decimonoveno, Five Nights at Freddy’s 2 en el undécimo y Weapons en el vigésimo. Una dinámica que se consolida año tras año.

El caso más extremo de esta lógica es la propia Obsession, la producción de Curry Barker que costó apenas 750 mil dólares y recaudó 426,7 millones en todo el mundo. Con ese número, se convirtió en una de las películas de terror original más rentables del siglo XXI, superando a clásicos modernos como Signs (408 millones) o Sinners (370 millones). La misma lógica aplica para Backrooms, que con un presupuesto de 10 millones superó los 331 millones en taquilla global. Ambas producciones independientes superaron en ingresos a tanques de estudio como The Mandalorian & Grogu o Masters of the Universe durante la temporada estival. El negocio del terror no necesita estrellas de Hollywood ni efectos especiales de 200 millones: necesita una idea que funcione y una audiencia que quiera asustarse.
Queda pendiente preguntarse si el presupuesto de producción es el número final o si hay que sumarle los costos de marketing y distribución (P&A), que suelen moverse en un terreno menos transparente o bajo partidas no declaradas. El dato del presupuesto inicial, claro, suele ser engañoso. Pero esa es otra discusión.

Terror y plataformas
Las plataformas de streaming, lejos de competir con las salas, potenciaron el fenómeno. Títulos como Weapons o Sinners (que le valió a Michael B. Jordan el reconocimiento de la crítica y la industria) encontraron en el streaming una segunda vida, alimentando la conversación y llevando a nuevos espectadores de regreso a los cines. El terror es el género que mejor entiende que la ventana de exhibición ya no es una amenaza, sino una oportunidad: una película que funciona en cines funciona en streaming, y viceversa.
El terror, finalmente, no es un género más. Es el único que no necesita un final feliz porque sabe que el mundo real tampoco los tiene. Y en esa honestidad radical reside su poder: no promete escapismo, promete reconocimiento. Mientras Hollywood siga atado a sus franquicias, sus remakes y su miedo al riesgo, el terror seguirá siendo el territorio donde la audacia, la originalidad y el talento encuentran su recompensa. No es una moda pasajera. Es el nuevo centro de gravedad del cine.