El intento de acallar voces y doblegar voluntades puede tener un efecto inesperado: despertar la memoria, la conciencia y la organización.

Vivimos épocas en nuestro país, en el mundo, en Latinoamérica, que podríamos definir claramente como de post-legalidad. Una etapa en la que las leyes, las normas, los acuerdos sobre los que se fueron construyendo, año tras año -acá en Argentina, por ejemplo, durante los últimos 40 años de democracia ininterrumpida-, ya no tienen la validez que tenían en momentos anteriores de esta misma democracia.
Así como se menciona -y hace rato lo vienen diciendo especialistas- la cuestión de la post-verdad, que no importa cuál sea la verdad sino la construcción de esa verdad a partir de distintos grupos de poder, medios y herramientas que la instalan en el sentido común, ahora parece que lo que está dominando es la post-legalidad: no importa la ley, no importa lo legal, sino la acción que determinados grupos, gobiernos o esas mismas usinas instalan en el sentido común.
Esa post-legalidad no sólo implica la omisión y el irrespeto a las leyes y normas, sino también cómo se modifican esas normas y procedimientos para favorecer ciertas acciones a favor de determinados intereses.
Por ejemplo, la sentencia que dictó la Corte Suprema para inhabilitar y detener a Cristina Fernández de Kirchner es una sentencia llena de irregularidades y, además, escrita y dictada a pedido de las usinas mediáticas y económicas al servicio de los poderes concentrados, y también escrita, presentada y sancionada por jueces, fiscales y otros integrantes del Poder Judicial absolutamente ilegítimos y cuestionados.
Esta situación, claramente, distorsiona el Estado de Derecho, invalida derechos civiles y sociales que supimos conquistar a lo largo de años de democracia y luchas sociales, e instala una nueva legalidad funcional a un modelo económico regresivo y excluyente.
Ese modelo económico -prácticamente un calco del que anunció Martínez de Hoz en 1976- busca achicar el Estado, liquidar el patrimonio público, excluir trabajadores y beneficiar únicamente a los sectores concentrados. Se traduce en desocupación, precarización, endeudamiento feroz y pérdida de soberanía.
Mientras el gobierno avanza con una violencia institucional sin precedentes, también crece la resistencia silenciosa pero firme. La prisión domiciliaria a Cristina Fernández de Kirchner, con vigilancia reforzada y restricciones absurdas, es apenas la última postal de una estrategia de disciplinamiento político y simbólico. Una estrategia que, sin embargo, puede volverse contra quienes la diseñaron.
Porque esa figura saludando desde un balcón, privada de libertad pero llena de dignidad, produce algo inesperado: moviliza. Conmueve. Organiza. La Plaza de Mayo desbordada y las manifestaciones en todo el país y en el mundo lo prueban. Incluso sin candidatura, incluso sin tribuna, incluso con el cerco mediático: la gente fue. Escuchó. Lloró. Se abrazó.
Ese acto mínimo, ese gesto sencillo, descoloca a quienes siempre hablaron de odio y venganza. Despierta algo más profundo que una adhesión: despierta memoria, conciencia, gratitud, y también bronca ante tanta injusticia. Una bronca que no paraliza, sino que se transforma en presencia colectiva, en bandera, en defensa de la democracia herida.
El contraste con la impunidad de otros actores del poder, como Mauricio Macri y su deuda eterna con el Estado, o los jueces que compartían canchas de pádel en Olivos mientras tejían fallos, agrava el hartazgo ciudadano. La doble vara ya no engaña a nadie.
Nos preguntamos si hay otro lugar en el mundo donde una ex presidenta movilice medio millón de personas sin siquiera estar en campaña. Y la respuesta es no. Esa mística, ese vínculo que sobrevive al ataque sistemático, es parte de la historia profunda de nuestro pueblo.
Vendrán días difíciles, sí. Pero la salida no es ni el exilio ni la resignación. La salida es la organización, la unidad en la diversidad, la construcción de un proyecto de país que vuelva a poner en el centro la justicia social, la dignidad del trabajo, la soberanía y la alegría de luchar.
Aún en medio del dolor y la injusticia, hay algo que no pudieron ni podrán quitar: la convicción de que vale la pena defender lo que nos pertenece. Y que cuando se despierta la bestia dormida, ya nada puede detenerla.
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