Todos contra Israel, menos cuando hay partido

Por: Boris Cane

España no fue a Eurovision por primera vez en 65 años. En su lugar puso a Raphael, quien ya había participado en el festival en 1966 en la dictadura de Franco. Hay protestas que son, al mismo tiempo, una ruptura y un regreso al origen.

UNO. El 24 de mayo de 1956, siete países sincronizaron sus televisores por primera vez. El propósito era menos artístico que técnico: la Unión Europea de Radiodifusión quería demostrar que una señal atravesaba fronteras sin provocar el derrumbe de los Estados. Lo llamaron Eurovision. El término lo improvisó George Campey, periodista del Evening Standard, mientras buscaba una manera de comprimir «televisión europea» en un titular de diario. La ocurrencia prosperó. Setenta años después, el experimento convoca a quinientos millones de espectadores y vende la ilusión de una lengua común en un continente que perfeccionó, antes que ningún otro, el arte del nacionalismo de exclusión.

En los años ’60, el concurso adquirió la doble naturaleza que lo definiría para siempre: fenómeno popular y maquinaria política, las dos cosas a la vez, con la comodidad de las instituciones que no deben rendir cuentas a nadie en particular. En 1968, el general Franco envió a Massiel al Royal Albert Hall con La La La, una canción construida sobre una sola sílaba repetida 124 veces, como ciertos decretos oficiales. Cliff Richard perdió por un punto. Desde entonces sobrevive la sospecha de que el franquismo movió votos para asegurarse la organización del festival siguiente en Madrid. Nunca se probó del todo; tampoco hizo falta. Lo verificable resultó más revelador: Joan Manuel Serrat debía representar a España, pero insistió en cantar en catalán. El régimen respondió con la calma de quien lleva décadas acostumbrado a decidir qué idiomas merecen existir. A doce años de su nacimiento, el festival de la fraternidad europea ya tenía su primer cadáver simbólico, y nadie en Bruselas interrumpió su cena por eso.

En 1974 apareció ABBA con Waterloo y Eurovision encontró su religión. Desde entonces acumula liturgias propias, alianzas geopolíticas disfrazadas de votación popular, y escándalos que sobreviven mucho más que las canciones. En 2015 el Libro Guinness lo certificó como el concurso musical televisivo más longevo del planeta. Ese mismo año ingresó Australia, nación ubicada en el hemisferio opuesto, demostrando que la geografía es negociable cuando las cuotas llegan a tiempo. Israel participa desde 1973 por razones igual de administrativas: la Unión Europea de Radiodifusión no exige latitud sino membresía activa. Durante décadas eso no incomodó a nadie. Europa tenía otras culpas que administrar.

DOS. El pasado sábado 16 de mayo, mientras 34 televisoras transmitían la final desde Viena, la pantalla pública de la televisión española (RTVE, La 1) mostró letras blancas sobre fondo negro: “Eurovisión es un concurso. Los derechos humanos no lo son. No hay espacio para la indiferencia. Paz y justicia para Palestina”.

No era la primera vez. RTVE ya había emitido ese mensaje en 2025, cuando todavía transmitía el festival pese a las amenazas de sanción de la EBU. Esta vez fue distinto porque se marcharon de Eurovision 2026 por primera vez desde 1961. José Pablo López Sánchez, presidente de RTVE, argumentó que Israel utilizaba el festival con fines políticos. Es posible.

También es posible señalar que en lugar del festival, RTVE emitió La casa de la música, un programa especial con artistas españoles entre los que figuraba Raphael. El detalle merece detenerse un instante: Raphael representó a España en Eurovision en 1966 y 1967, bajo el mismo gobierno de Francisco Franco al que hoy se cita como ejemplo de aquello que Europa debió haber repudiado. España reemplazó el festival europeo con uno de los hombres que fue a ese festival hace sesenta años, en nombre de la dictadura. Hay protestas que son, al mismo tiempo, una ruptura y un regreso al origen. Hay ironías que no necesitan subrayado.

El continente posee una memoria exquisitamente selectiva para recordar aquello que puede sin alterar demasiado la sobremesa.

El gobierno de Pedro Sánchez convirtió esta abstención en una ceremonia de superioridad ética administrada con cuidado ante las cámaras. Encontró en Eurovision una causa que exige poco: condenar la participación de Israel en un concurso de canciones no requiere reformas estructurales, ni soluciones para la crisis habitacional más severa de la historia reciente del país, ni respuestas sobre el coste de la vida.

TRES. Mucho antes de esta sensibilidad repentina, Europa ya había ensayado otras coreografías morales con resultados igualmente memorables. En 2022, durante el Mundial de Qatar, varios gobiernos debatieron boicots con la excusa de las condiciones laborales de los trabajadores migrantes que construyeron los estadios. El escándalo duró hasta el primer gol. Human Rights Watch documentó que ningún gran evento deportivo mejoró jamás la situación de los derechos humanos en el país anfitrión, dato que no sorprendió a nadie excepto a quienes declararon sorprenderse.

Las preguntas aparecen cuando estas historias se rozan entre sí. Si España dejó de transmitir Eurovision porque Israel participa en un concurso musical, ¿suspenderá la señal del Mundial 2026 desde los Estados Unidos por lo de Irán? ¿El criterio es la coherencia moral o simplemente el destinatario del reproche? Nadie en los organismos directivos de RTVE formuló esa pregunta en voz alta, lo cual constituye, en sí mismo, una respuesta.

Las preguntas aparecen cuando estas historias se rozan. Si España deja de transmitir Eurovision porque Israel participa de un concurso musical, ¿hará lo mismo con el Mundial 2026 de Estados Unidos por el conflicto en Irán? ¿El criterio es la coherencia o simplemente el destinatario?

Martin Niemöller, sobreviviente del campo de concentración de Dachau, escribió aquel poema condenado a no envejecer nunca: primero vinieron por unos, luego por otros, y cuando finalmente vinieron por él ya no quedaba nadie dispuesto a hablar. El texto resiste porque describe una mecánica, no una época. La moral pública funciona igual, porque empieza como excepción y termina convertida en costumbre.

Europa edificó una arquitectura ética donde cada convicción aparece exactamente cuando deja de costar algo. Declama solidaridad mientras atraviesa inflación, crisis habitacional y fatiga social. España resume esa contradicción con una administración que exhibe sensibilidad internacional con la misma energía que debería destinar a los problemas que se acumulan detrás de las cámaras.

No es hipocresía. La hipocresía exige al menos cierta conciencia de culpa. Esto es algo más refinado: la convicción íntima, sincera, de que la puesta en escena equivale a la virtud. Que encender un fondo negro a la hora correcta basta para pertenecer al bando correcto de la historia.

Y quizá ahí reside el verdadero espectáculo europeo. No en las canciones. En los espectadores que aplauden de pie su propio reflejo.

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