Todos somos argentinos

Por: Rafael Bielsa

Nosotros, los distintos, los que leemos noticias y podemos pagar el cable, celebramos con variados rituales y en diversas tribus el Mundial. Los diferentes, los que vemos las jugadas selectas en streaming, con celulares o tablets, vivimos esa especie de armisticio entre compatriotas, durante el cual son más fáciles las sonrisas, espontáneos los abrazos, más sinceras las promesas.

Los desiguales, los que entre cuatro paredes y un techo tomamos una cerveza en un ambiente cálido y apasionado, con la familia o con amigos, desestimando el invierno, prorrogando dudas y deudas, en modo “aliento” o con el switch en “ilusión”. Nosotros, solistas recalcitrantes los 365 días del año, beatos del “ganamos” y “perdieron” según se nos crucen victoria o derrota, altruistas dientes para afuera y arribistas garganta profunda adentro, hacemos un paréntesis variable mientras la albiceleste nos permita congelar el paso del tiempo. Aunque el tiempo, especialmente después de Croacia, sea fatalmente resiliente frente a los resfríos, las gripes y los catarros, aunque sea veloz y lo sepamos. Ya habrá tiempo para volver a nuestro pasatiempo favorito: ser perfeccionistas; ese loco, loco afán, no por mejorar lo mejor, sino por empeorar a conciencia lo que tenemos de malo, que parece ser más de lo que se esperaba.

Y allí va, para nuestro consumo, la hinchada generosa cantando aristocrática y obscenamente por las calles de Moscú: “Que baje el dólar/la puta que los parió”, con los ojos en Messi y el rabillo en la canasta de monedas y los índices spot, sufrientes ante los disparatados precios de las chucherías y el de los arenques en un bodegón de Presnensky. “Esta tarde, cueste lo que cueste / esta tarde tenemos que ganar”. Sí, cueste lo que les cueste a los que ponen el cuero mientras nosotros miramos con ojos implacables de cámara cenital. Desde esta aldea desmesurada, resabio de épocas en las que estuvimos locos por la cultura y el compromiso con el pueblo, y de otras en las que se mató a tenedor libre, miramos al once nacional -curiosos cruzados, acaudalados ellos- como cristianos en trance oyendo voces.

Perezosos para pensar que el otro puede tener razón, durante los mundiales nos abrazamos a generalidades como si el triunfo fuese una verdad irrefutable o la derrota una portadora de hepatitis B aguda. Avezados en atajos y diagonales, mezclamos, repartimos y recombinamos para que, si la Selección gana, estemos todos fugazmente felices y si pierde rencorosamente iracundos por más tiempo que el recomendado por la piedad. Nos pasa, justamente, por estas horas. Semivacíos de ser, no perdonamos a los que no nos permitieron parecer más de lo que somos por interpósita selección de fútbol. Queremos la valentía y le exigimos a Messi que sea el Che Guevara; morimos por no envejecer y le reclamamos a Masche que sea Gilgamesh “el Inmortal”. Farmacólogos de cuanta orilla o borde se nos cruce, no vacilamos en dar un paso hacia delante cuando un gol oportuno del Kun o una salvada de Otamendi nos contagia la sensación de invulnerabilidad. Esperamos que los muchachos que juegan, ganen, olvidando que llegaron de la mano del dúo de pensadores Tapia & Angelici, que no le ganaron a nadie.

Inusitada Armada la nuestra, la de los que desayunamos, almorzamos y cenamos, y tapamos a nuestros hijos en sus camas con una frazada corderito o con una manta polar antipilling, para que duerman bien y se despierten a tiempo para ir al colegio. No nos resignamos a no ser vistos. Por eso, aunque es en préstamo, nos olvidamos de las cuotas mientras dura la posibilidad de la gloria que ofrece el Mundial y nos acordamos como elefantes de los que a nuestro juicio, nos impidieron rozarla con la punta de los dedos, Y ser héroes, aunque no lo seamos. Nosotros, sólo con parecer, estamos hechos.

Los que no tienen muro en Facebook, los que no crean grupos de Whatsapp ni cuelgan sus selfies de Instagram, esas palomas de cornisa que resisten la inclemencia meteorológica y la violencia doméstica, esos millones que no rechazan ser parecidos a otros iguales a sí mismos, ellos aman al ras a quienes los alegran, por poco que sea, y recelan tupido y salvaje de los que aguan la fiesta. Prefieren ver lo bueno que hay en sus ídolos, ocupar su lugar durante 90 minutos, o 30 o 5, tratar de conseguir esa camiseta con el 10 en la espalda y seguir rebuscándoselas como todos los días, una vez que la tele de ochava pasa a ocuparse de otro partido. A fin de cuentas, como dijo Carlos Griguol, el fútbol es sencillo: “Se trata de pasársela a uno que tiene tu misma camiseta y patearle al arquero que no come con vos en los asados.”

Tienen la misma paciencia de los tirantes de madera, del tejido de alambre, de la chapa de cinc, y como ellos, aguantan a cielo abierto entre crujidos, hasta que algo se raja. Entonces no hay Mundial que valga, ni distintos, ni tiempo frizado, ni rulo de Acuña, ni caño de Salvio, ni gol nigeriano los islandeses, ni dólar ni buzo de polar. Pero no nos es fácil festejar sintiendo que con la Selección en carrera, uno somos todos y todos somos uno. Ni siquiera fingir el festejo.

Los distintos podemos seguir en el teatro, incluso permanecer después la matiné y zambullirnos en el turno noche. Los iguales no hacen distinciones y entran si se los invita. Pero la ilusión de paréntesis, de que la cumbia nunca se acaba, es eso: nada más que una ilusión. Y los límites con los que jugueteamos, irresponsables, no dejan de ser un límite, después del cual está aquello de lo que no osamos decir su nombre.

Vivamos el día, entonces, a reír y a llorar como si fuese lo único y lo último, y todos fuésemos el mismo. A condición de saber que es por el día, y que no todos somos los mismos.

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