“No sabíamos quiénes éramos hasta que nos cantaste”, escribe Jorge Drexler con la noticia fresca. Murió Ruben Rada y la tristeza, de este lado del mundo, se siente en las calles, en los negocios, en las escuelas, en el aire.
Este lado del mundo es un país chiquito, vecino de dos gigantes, pegado a un río. Un país con artistas enormes como el Negro Rada. Por eso enseguida empiezan las despedidas. En plural, porque ya hubo, hay y habrá muchas, y porque si algo enseñó el Negro es que todo es mejor cuando se comparte, cuando se piensa colectivo, en comunidad. Juntarse a hacer música, por ejemplo. Tocar con otros, para otros. Minutos después de informarse la muerte de Rada, surge un sinfín de personas –populares y desconocidas– que buscan dónde contar sus anécdotas y armar sus homenajes. El propio Drexler va a grabarse de apuro, con voces de fondo, para dedicarle «Ayer te vi» desde su cuenta de Instagram. Coti publicará un video inédito de la noche que fue a comer a la casa de Rada en Montevideo y el uruguayo, además de cocinar pastas, improvisó un blues. Fito Páez dirá que se fue el “caudillo del amor y la alegría”, y compartirá fotos de ayer y de ahora; de siempre.
Músicos, actores, actrices, artistas, periodistas, políticos, todos parecen tener una historia alrededor de Rada, y algo de eso hay, porque Rada forma parte de la historia de todos ellos, y más que nada del país en que nació en 1943, el mismo del que se despidió hace unos días.
Como argentino, aunque haya escuchado al Negro desde chico y haya ido a verlo tocar decenas de veces, entendí bien quién era una vez que crucé de orilla y me instalé en Montevideo, hace casi cuatro años. Acá, Rada no es un músico, no es un artista. Es Uruguay. Es parte de su historia. Sus temas se escuchan y aprenden en las escuelas como en Argentina aprendí Aurora o la Marcha de San Lorenzo.

Era habitual cruzarlo por la calle, en algún evento, en el banco, en un restorán. Ahora, desde que conocimos la noticia de su muerte, también lo cruzamos, pero en cualquier lado.
Una empresa de ómnibus cuelga en el frente de cada unidad un cartel con la pregunta ¿Quién va a cantar?, que emociona a pasajeros y peatones. Infinidad de locales comerciales cambian sus pizarras para dedicarle unas palabras al ídolo popular. Sus temas se suceden en los programas de TV, radio y streaming, y también en sitios no tan esperados: el patio del colegio de mis hijos, por ejemplo, donde por los parlantes suenan los temas de Rada; o en el aula de expresión corporal del mismo colegio, donde el profesor decide que bailen y se muevan al compás de las canciones del prócer. En las oficinas y en los bondis se tararea su música. Son pequeños homenajes, partecitas de esta gran despedida plural que se hace necesaria.
El adiós en el Palacio Legislativo del jueves fue gigantesco, con largas filas que daban vuelta al edificio y con presencias reconocidas por acá y por allá. Acompañando a la familia y amigos íntimos estuvieron, entre muchos otros, el presidente Yamandú Orsi, la ex vicepresidenta Lucía Topolansky, los músicos León Gieco, Natalia Oreiro, Mollo y Dante Spinetta. El hijo del Flaco dedicó unas palabras hermosas en diálogo con TV Ciudad e hizo un paralelismo con la muerte de su padre: “Se trata de personas que cambiaron el mundo con su música, o que lo hicieron más bello. Y cuando estas personas se van, se vuelven inmortales, porque ahora la música toca más fuerte que nunca”.
Entre los funcionarios del gobierno uruguayo destacó, acaso, la distinción del ministro de Ambiente, Edgardo Ortuño, que resaltó a Rada como “referente de la música afrouruguaya”, un reconocimiento que no es menor en este país, y desde este país hacia el mundo. Y que si pudiera escucharlo desde algún más allá, tampoco sería menor para Rada.
Es que fue Rada el que se cargó sobre su cuerpo la responsabilidad. “Llevo el peso de mi raza arriba de mis hombros. No hay un artista negro que sea tan popular en el Río de la Plata: eso me da rabia. Me gustaría que haya más grones acompañándome ahí arriba. Yo sé que las macanas que haga, las paga mi país. Por suerte, no hice muchas. Pero si vos puteás a alguien en la televisión, por ejemplo, dicen ‘cosa de negros’. Si le pasa a un hombre blanco, no dicen ‘cosa de blancos’. Es una cuestión de marketing. Y también me da rabia”, dijo hace una década en una entrevista con Rolling Stone.

Es que fue Rada el que cantó: «Cuando el racismo no tenga pariente / me sentiré orgulloso de la humanidad».
Nadie le pidió ser ídolo popular, pero lo construyó de a poquito, con trabajo, con paciencia, con muchísimo talento y sobre todo con alegría. Le cantó a su patria y a su mundo, a sus hijas e hijo, a su mujer, fusionó todos los ritmos posibles, bailó hasta pasados sus 80 años, gira incluida por varios países. Tocó y cantó con amigos, con sus hijas y con su hijo, en varios idiomas, en escenarios enormes y lugares donde se apretaban para poder escucharlo y –queriendo o sin darse cuenta– mover el cuerpo.
Cómo puede un artista provocar tanta pena en su partida y al mismo tiempo la certeza de que nadie lo va a olvidar nunca, de que nadie dejará de oír su música y bailar sus canciones. Cómo es posible que en medio del llanto haya tiempo para salir a la calle con los tambores y cantar y bailar entre risas. Cómo es posible que esos mismos tambores acompañen el coche fúnebre y la caravana de autos en medio de una jornada de enorme tristeza.
Tal vez, entonces, para quienes se preguntan quién va a cantar, ahí esté la respuesta. Ahí, acá, en cualquier rincón del Uruguay, y ojalá del mundo: todos vamos a cantar.
En eso estamos.