América Latina y las personas trabajadoras: otras tecnologías son posibles

Por: Rafael Grohmann

¿Qué pasaría si, en lugar de apps pensadas en Silicon Valley, fueran las propias trabajadoras y trabajadores quienes diseñaran las herramientas digitales que necesitamos en nuestros barrios?

¿Qué pasaría si, en lugar de apps pensadas en Silicon Valley, fueran las propias trabajadoras y trabajadores quienes diseñaran las herramientas digitales que necesitamos en nuestros barrios? Esa escena no es de una novela de ciencia ficción: en Argentina y Brasil ya existen experiencias que muestran que la tecnología también puede nacer desde abajo, ligada a luchas colectivas y a la vida cotidiana de nuestras comunidades. 

La economía digital solidaria no significa creer que la tecnología resolverá todos nuestros problemas como por arte de magia. Más bien, se trata de las luchas por construir una economía digital con más solidaridad, repensando las tecnologías desde nuestros cuerpos y territorios, atravesados por las marcas de género, raza y clase. Otras tecnologías son posibles, y nacen desde América Latina y desde las personas trabajadoras, no desde los escritorios de Silicon Valley. 

La experiencia reciente del proyecto binacional Plataformas de Propiedad de las Personas Trabajadoras e Interseccionalidad lo dejó claro. De Argentina llegó la tradición cooperativa más institucionalizada en el sector tecnológico, con ejemplos de intercooperación entre cooperativas de software, como en la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo de Tecnología, Innovación y Conocimiento (FACTTIC), con cooperativas como Alternativa Laboral Trans, Codigo Libre y Animus.

De Brasil, en cambio, se transmitió la fuerza movilizadora de colectivos como las Señoritas Courier o el sector tecnológico del Movimiento de los Trabajadores sin Techo (MTST), que conectan la lucha digital con la vivienda, el territorio y las desigualdades de género y raza. En este intercambio, Argentina aprendió de la capacidad de movilización social brasileña, mientras Brasil encontró en el modelo federativo argentino una inspiración para repartir trabajo y sostener proyectos. 

En la Argentina, además, se destacó una mayor facilidad tributaria, lo que muestra un camino interesante para la región. En Brasil, la dimensión racial atraviesa cualquier discusión sobre trabajo y tecnología, mientras que en Argentina esa cuestión suele quedar relegada. Dos países cercanos, con contextos distintos, pero con mucho por aprender juntos. Estas diferencias enriquecen la mirada colectiva y refuerzan la convicción de que no existe un único modelo, sino múltiples formas de construir tecnologías al servicio de la vida. 

Nuevos desafíos para las personas trabajadoras

Los desafíos son enormes: la competencia con gigantes tecnológicos, la falta de financiamiento estable, la precariedad cotidiana. Por eso, en los encuentros del proyecto se repetía un lema: “cuidar antes de programar”. Poner la ética del cuidado, de los cuerpos, de los territorios, de los vínculos, por encima del productivismo no es un romanticismo, sino una estrategia de supervivencia frente a un sistema que convierte todo en mercancía. La salida es colectiva.

De cara al futuro, hay un consenso: no alcanza con solo la necesaria regulación de las plataformas y de la inteligencia artificial en nuestra región. Es necesario que las políticas públicas acompañen este camino. Eso implica, entre otras cosas, apoyar financieramente a las cooperativas, integrar sus saberes en universidades y proyectos estatales, y garantizar formación tecnológica en los barrios populares con perspectiva de género y diversidad. La fortaleza de América Latina también reside en la experimentación tecnológica.

Con tecnologías diversas que sirvan a las necesidades reales de las comunidades —y que no sean fetichistas— se trata de apostar de verdad por una economía digital solidaria que fortalezca las capacidades colectivas. El dilema es claro: ¿seguiremos dependiendo de aplicaciones diseñadas en el norte global, que precarizan el trabajo y concentran ganancias? ¿O nos animamos a construir un ecosistema digital propio, enraizado en nuestra historia de luchas solidarias, capaz de poner la tecnología al servicio de la vida digna? Eso significa luchar por la autonomía y soberanía digital desde abajo.

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