De la heroína a las redes: por qué “Trainspotting” sigue siendo una película urgente a 30 años de su estreno

Por: Lucrecia Peñari

La historia de Renton y sus amigos es mucho más que un relato de adicciones. Funciona como síntoma de un modelo económico que hoy domina gran parte del mundo y se hace día a día más cruel.

En 1996, Trainspotting irrumpió como un golpe eléctrico en la cara del cine británico y global. Dirigida por Danny Boyle y basada en la novela de Irvine Welsh, la película no solo retrataba a un grupo de jóvenes heroinómanos en Edimburgo: exponía el reverso social de una época que todavía celebraba el éxito individual como religión. Treinta años después, su impacto sigue intacto porque aquello que mostraba no fue una postal marginal, sino un síntoma.

La escena inicial es ya parte de la historia del cine: Renton (Ewan McGregor) corre por las calles mientras suena Iggy Pop y lanza el célebre “Choose life”. No es una arenga motivacional; es una ironía devastadora. Elegir la vida, en el Reino Unido post-Thatcher, significaba aceptar hipotecas, electrodomésticos, empleos alienantes y una promesa de prosperidad que nunca alcanzaba a todos. Frente a esa narrativa de consumo aspiracional, los personajes eligen otra fuga: la heroína.

La película no romantiza la adicción. La hace vibrante y repulsiva al mismo tiempo. Boyle combina montaje vertiginoso, humor negro y escenas de crudeza inolvidable —el bebé muerto, el peor inodoro de Escocia— para retratar un ecosistema donde el Estado ya no contiene y el mercado no integra. No hay red. No hay proyecto colectivo. Solo individuos compitiendo por sobrevivir o anestesiarse.

A mediados de los noventa, el neoliberalismo británico llevaba más de una década moldeando la estructura social. Privatizaciones, debilitamiento sindical, precarización laboral y concentración de riqueza no eran conceptos académicos: eran el clima cotidiano. Trainspotting muestra a jóvenes que no encuentran lugar en ese modelo. No son revolucionarios ni víctimas pasivas; son el excedente. La película funciona como radiografía de una generación a la que se le prometió movilidad social y recibió desindustrialización y desempleo estructural.

La fuerza cultural del film fue inmediata. Se convirtió en un fenómeno global, redefinió la estética del cine independiente británico y transformó a sus actores en iconos. Pero su impacto no fue solo estilístico. La banda sonora —de Iggy Pop a Underworld— capturó el pulso de una cultura que convivía con el hedonismo y la desesperanza. El britpop celebraba una nueva confianza nacional; Trainspotting mostraba el subsuelo.

Trainspotting sigue incomodando

Treinta años después, la película incomoda porque muchas de sus coordenadas persisten. El discurso del “emprendé, competí, destacate” sigue operando como mantra. Las brechas sociales se ampliaron. Las ciudades globales producen riqueza, pero también expulsión. Las adicciones mutaron —menos heroína, más opioides sintéticos, más dependencia digital—, pero la lógica del escape permanece.

La famosa traición final de Renton, cuando decide quedarse con el dinero y abandonar a sus amigos, es coherente con el mundo que la película describe. No hay comunidad sólida que resista. La moral es individualista porque el sistema también lo es. Ese gesto no es heroico ni condenable: es funcional.

En América Latina, donde los ciclos de ajuste y apertura de mercado dejaron huellas profundas, Trainspotting dialoga con nuestro presente más de lo que parece. Las generaciones jóvenes conviven con inflación, precarización y promesas de meritocracia que rara vez se cumplen. El desencanto no se expresa necesariamente en heroína, pero sí en migraciones masivas, frustración y búsqueda constante de salidas individuales.

Lo notable es que la película no envejeció como pieza de época. Sigue siendo contemporánea porque no hablaba solo de drogas. Hablaba de vacío. De una sociedad que mide el valor en términos de consumo y rendimiento, y que deja a muchos afuera del relato oficial.

A 30 años de su estreno, Trainspotting conserva su potencia porque entendió algo esencial: cuando el horizonte colectivo se desmorona, la huida se vuelve una forma de resistencia, aunque sea autodestructiva. No ofrece soluciones ni moralejas. Ofrece un espejo. Y ese espejo, hoy, sigue devolviendo una imagen incómoda.

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