1. El desmantelamiento del Estado y la producción social del desamparo

Asistimos en la Argentina actual a una transformación profunda de la relación entre el Estado, la comunidad y el sujeto. La gestión pública ha adoptado una impronta marcada por la arbitrariedad y el repliegue sistemático de sus responsabilidades constitucionales básicas. Esta dinámica no se agota en el ajuste presupuestario; configura una posición de omnipotencia retórica e impunidad operativa que promueve irrupción de angustia y deja expuestos a lo insoportable de la intemperie a los sectores más vulnerables.

La interrupción en la entrega de drogas oncológicas para pacientes sin cobertura, la suspensión de prestaciones y medicamentos para personas con discapacidad, la erosión extrema de los haberes previsionales frente a la canasta básica (vivienda, alimentos y salud), la precarización salarial de los profesionales en los hospitales públicos (con el conflicto emblemático del Hospital Garrahan) y el vaciamiento de los programas de becas e investigación en el CONICET expresan una misma lógica: el desmantelamiento programado de los dispositivos de cuidado colectivo.

La trampa de la meritocracia atroz

Este desmontaje se manifiesta también en la paralización de proyectos estratégicos de soberanía científica, energética e industrial -como la interrupción del reactor nuclear CAREM o el desmantelamiento en la CNEA- y en los procesos de remate o privatización de empresas de valor público acumulado (Hidrovía, AySA, Belgrano Cargas, Intercargo, ENARSA, IMPSA, Aerolíneas Argentinas, RTA, Casa de Moneda, Télam y Correo Argentino). La vulneración de las normativas vigentes, el desoír sistemático de fallos judiciales e intimaciones de provisión de alimentos a comedores comunitarios, así como el incumplimiento de las leyes de financiamiento universitario y de emergencia en discapacidad, explicitan una ruptura deliberada del pacto social.

2. Quiebre de los espejos identitarios: el impacto en la trama social

El proyecto nacional ha operado históricamente como un articulador normativo, creando comunidad y lazos identificatorios. Era el marco identitario desde el cual «ser argentino» construía un horizonte compartido de dignidad y orgullo colectivo, cuya vigencia volvió a vivirse durante la gesta deportiva de 2026 y con la exposición inesperada al final del partido de Argentina vs Inglaterra de una bandera improvisada que decía: “Las malvinas son Argentinas” y cuya aparición pasó a tener exposición mundial. 

Orgullo sostenido desde la obra de  prohombres como Rene Favaloro, Carlos Saavedra Lamas (Paz, 1936), Bernardo Houssay (Medicina, 1947), Luis Federico Leloir (Química, 1970), Adolfo Pérez Esquivel (Paz, 1980), César Milstein (Medicina, 1984). 

Cuando ese espejo institucional y cultural es agredido y desmembrado, el sujeto queda privado de su narrativa de pertenencia. La pérdida de una identificación colectiva mayor produce efectos subjetivos devastadores. Ya no hay una trama social sólida que sostenga las trayectorias individuales. Como contracara, la respuesta del poder hacia las manifestaciones de resistencia comunitaria -tales como las marchas de jubilados, universitarios y colectivos de salud y discapacidad- ha sido el despliegue de violencia institucional por parte de las fuerzas de seguridad, registrándose graves lesiones irreparables en manifestantes desarmados.

El incremento alarmante del sufrimiento subjetivo y del suicidio no constituye un fenómeno aislado ni un fallo de adaptación individual. Es la consecuencia directa del colapso del ideal de movilidad social ascendente (emblematizado históricamente en obras como «M’hijo el dotor») y su sustitución por el paradigma de la meritocracia atroz. Al imponerse la narrativa de que el éxito o fracaso depende exclusivamente del esfuerzo individual, la imposibilidad objetiva de construir un proyecto de vida digno (estudio, trabajo formal, vivienda, proyección familiar) transforma la vulnerabilidad en culpa personal y la indefensión en un vacío insoportable.

3. La salida trágica: estadísticas de una epidemia silenciosa

Cuando el lazo comunitario se quiebra y el individuo queda acorralado en la lógica del «sálvese quien pueda», el suicidio irrumpe como la manifestación extrema e individualizada del desamparo absoluto. La precarización laboral extrema que afecta a la juventud (quienes se ven empujados al trabajo en plataformas bajo condiciones de autoexplotación, sin derechos sindicales, obras sociales ni protección legal) devasta las condiciones para proyectar el futuro. Esta situación impacta severamente en las fuerzas de seguridad, donde los salarios a la baja y el endeudamiento actúan como detonantes de historias trágicas.

Indicadores del Colapso Subjetivo (Datos Oficiales SNIC / Ministerio de Salud 2025-2026):

Suicidios consumados en 2025: 5.209 casos.

Incremento anual: +22,6% respecto a 2024 (4.249 casos).

Comparativa: Triplica la cifra de homicidios dolosos (1.676) y supera los accidentes de tránsito, posicionándose como la principal causa de muerte violenta en el país (> 14 suicidios por día).

Franja etaria más vulnerada: Adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años, extendiéndose fuertemente a la franja de 25 a 34 años. Los datos preliminares de 2026 muestran que esta tendencia continúa acelerándose.

Este escenario reactiva la lógica sociopolítica que postula que «se tendrán que morir los que no se adapten», promoviendo una selección natural donde los enfermos, los débiles, los desempleados y los que el sistema califica como «desechos» sufren el descarte. El vacío identificatorio resultante genera una atmósfera cotidiana cargada de agresividad en la calle, las escuelas y los ámbitos familiares, desbordando los dispositivos de salud mental y colapsando a los trabajadores de la salud.

4. Propuestas y dispositivos de reconstrucción del lazo comunitario

Frente a la trampa de la responsabilización individual y el aislamiento, es indispensable generar condiciones de contención simbólica y material. La reconstrucción de la red social requiere articular los recursos institucionales existentes y crear nuevas instancias comunitarias que operen como amortiguadores del trauma colectivo:

  • Redes Comunitarias e Intermedias: Articular un trabajo en red entre clubes de barrio, centros culturales, parroquias y bibliotecas populares para reconstruir espacios de pertenencia y proyectos colectivos juveniles.
  • Dispositivos de Salud Mental de Vínculo Ampliado: Descentralizar la atención clínica mediante la creación de grupos de escucha mutua y talleres de oficio/expresión en los centros de salud de atención primaria (APS) y organizaciones de base.
  • Cuidado de las y los Cuidadores: Implementar espacios institucionales de supervisión, acompañamiento psicológico y rotación de tareas para el personal de salud y operadores comunitarios que se encuentran actualmente al borde del colapso.
  • Desmitificación de la Meritocracia: Desarrollar campañas públicas y talleres comunitarios que problematicen el discurso del «éxito individual», visibilizando la importancia indispensable del entramado de contención social.

Hacia una Red de Acompañamiento Colectivo

Superar lo insoportable del desamparo actual exige comprender que el sufrimiento subjetivo no es una falla individual, sino una herida social producida por el repliegue del Estado y el aislamiento. La respuesta ante la desesperanza y las estadísticas trágicas que atraviesan a nuestras juventudes no vendrá del «sálvese quien pueda», sino de la capacidad colectiva para tejer redes territoriales y comunitarias de contención. Reconstruir los espacios donde la vida pueda volver a alojarse, nombrarse y proyectarse es hoy la tarea política y clínica más urgente: transformar el aislamiento en pertenencia y la indefensión en organización solidaria.