Tras años de hipocresía, el mundo del rugby abre una puerta a la autocrítica

Por: Nicolás Zuberman

Las grescas procuran esconderse, también las sanciones, y así se reproducen las manifestaciones violentas de un deporte elitista. Pero ya se escuchan voces que invitan a revisar ciertos "valores".

De la ventana del segundo piso de un chalet en el corazón de San Isidro cuelga una bandera blanca, escrita con aerosol negro, que pide «Justicia por Fernando Báez». Del otro lado del alambre, en la cancha central del San Isidro Club, hay un amistoso entre Jaguares, la franquicia argentina, y Georgia XV. Es el primer partido de rugby desde que un grupo de diez rugbiers del Club Náutico Arsenal de Zárate matara a patadas a Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. Jaguares juega con un brazalete negro y hay un minuto de silencio en homenaje a la víctima, pero la consternación en el ambiente no parece pasar de esos dos gestos.

En una semana en la que el rugby fue tema de conversación en cada rincón del país, la tarde del viernes en el SIC por momentos parece una más. Desde el comunicado de la Unión Argentina de Rugby (UAR) que lamentaba el «fallecimiento» –no el crimen– hasta su acuerdo con la Secretaría de Deportes para un programa de capacitación para todos sus jugadores contra todo tipo de violencia y el minuto de silencio, pasaron cinco días. Es el tiempo en el que el mundo del rugby parece abrir una pequeña puerta a la autocrítica luego de décadas de hipocresía.

La violencia en el rugby está naturalizada –y a veces amparada– en las estructuras de poder, las dirigencias de los clubes o las uniones. Antes de la era viral de los videos por celular, la bajada de línea era que en los compactos de los partidos no se pasaran las imágenes de las grescas cuando las hubiera. En episodios extremos de juego brusco o trompadas –que han provocado hasta cegueras–, las sanciones de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) no se informan de manera pública: quedan dentro del círculo, entre el club, el jugador y la Unión. Los abusos disfrazados de bautismos, contados en dos informes por este diario, también forman parte de una cultura naturalizada. Puertas adentro, todos conocen casos, pero quedan silenciados dentro de este hermético mundo. Hacia afuera, muy poco. Durante el partido de Jaguares, las más de mil personas que soportan el sol de enero pueden refrescarse con una cerveza, algo que no suele pasar en la mayoría de los eventos deportivos en la Argentina. También es algo natural: las heladeritas para el tercer tiempo pasan junto a la utilería de los planteles.

«Nuestro juego convive con el contacto físico desde muy temprana edad, pero siempre con un reglamento claro. Quienes no lo entiendan y usan su fuerza física en detrimento de otro, no representan nada del rugby ni sus valores», dice el comunicado de la UAR. Pero en un partido despierta mayor reacción un choque que un try. Y hay algo de la violencia que también es parte misma del juego o de la formación de los rugbiers: desde chicos se les enseña que si hay un compañero caído en el piso, el partido no debe pararse. «Todo lo que está en el césped –repiten los formadores– es césped».

Algunos de esos códigos del «deporte de bestias jugado por caballeros» entraron en crisis tras el asesinato de Báez Sosa. El miércoles, las autoridades de la UAR y la Secretaría de Deportes acordaron una capacitación para todos los jugadores, entrenadores y dirigentes contra todo tipo de violencia. Está pensada para todas las entidades del deporte, aunque por el contexto la UAR pidió anticipar el encuentro. «Esto es un plan estratégico, que ya estaba pensado de antes. El deporte como espacio social produce y reproduce desigualdades pero también tiene su propias violencias, con lo propio del binarismo y lo biológico de los cuerpos», relata Guillermina Gordoa, directora del área de Mujeres, Género y Diversidades en el Deporte.

Entre los asistentes al partido de Jaguares está el plantel de los Ciervos Pampas, el primer club de rugby de diversidad sexual en América Latina. Con una chomba azul con vivos rosas y medias con los colores del orgullo, saludan a curiosos que les piden fotos. «Fuimos convocados por muchos medios y se visibilizó el trabajo que sostenemos hace años. Fue una semana triste para nosotros, pero creemos que lo importante es despegar la discusión sobre la culpabilidad o no del rugby. El foco está en la construcción del patriarcado y cómo el machismo atraviesa el deporte, generando este tipo de hechos», dice Enrique Sosa, hooker del equipo.

El rugby, que tiene a sus dos clubes más emblemáticos y a la sede de la UAR enclavados en San Isidro, es también el deporte que tuvo el 70% de los deportistas víctimas de la última dictadura: hay 152 rugbiers desaparecidos. Parece difícil precisar un porqué, tan difícil como encontrar un homenaje de parte de la UAR o la URBA en estos 37 años de democracia. El año pasado, luego de que los All Blacks visitaran la ex ESMA, se dio la primera reunión entre las autoridades del rugby nacional y los familiares de las víctimas. Aún no hubo avances sobre homenajes, placas o recordatorios.

«Nadie se hizo cargo ni pidió perdón. Pero sí, fuimos nosotros –dice una carta viralizada de Tomás Hodgers, jugador de Atlético del Rosario–, los que habitamos el diminuto mundo del rugby, los que formamos a diez desquiciados que mataron con saña y odio a un pendejo indefenso». Fue el primero que marcó el camino hacia a la autocrítica. Tras la victoria de Jaguares, se sumó el fullback Joaquín Tuculet: «Estoy convencido de que este es un deporte muy lindo, con valores como la amistad. Estamos tristes con lo que pasó. Es necesario mirar hacia adentro y ver qué se está haciendo mal, para que no vuelva a pasar».


Caso Malvino: 14 años de impunidad

Ariel Malvino murió el 19 de enero de 2006 tras haber sido golpeado durante una pelea en la playa de Ferrugem, al sur de Brasil, donde vacacionaba con amigos, por tres rugbiers correntinos, según declararon varios testigos. A 14 años del asesinato, su familia todavía busca que se fije la fecha de inicio del juicio oral a los acusados, quienes aún llevan una vida sin ninguna restricción. Las defensas de los imputados Carlos Andrés Gallino Yanzi, Horacio Antonio Pozo y Eduardo Braun Billinghurst realizaron en octubre pasado un último intento para que la Justicia de Brasil postergue la realización del debate, que fue rechazado. El crimen de Fernando Báez Sosa volvió a poner el tema en agenda.

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