Tres tristes traviesos

Por: Carlos Ulanovsky

Un país que cada tanto tropieza con la misma piedra, y se cae y le duele. Una película argentina estrenada hace 26 años volvió al recuerdo y al cine de la mano de un documental.

Una película argentina estrenada hace 26 años volvió al recuerdo y al cine de la mano de un documental. La original 76 89 03 vuelve a rodar en 76 89 23. Sus números aluden a fechas muy significativas: la dictadura militar, el ascenso de Menem y la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia. Hasta entonces realizadores de buen cine publicitario, Flavio Nardini y Cristian Bernard construyeron una ópera prima de la que, en su momento, se habló mucho, pero pasados los años ganó en reconocimiento. El más reciente, el documental que la repasa y resalta. Probablemente ni siquiera sus directores intuían que el camino, hasta llegar a ser objeto de devoción, iba a ser el que fue. Con decir que un slogan durante el lanzamiento fue: “La primera película argentina que no tiene mensaje”. Y vaya si tiene mensajes, simbolizados en ese trío de amigos atorrantes, arrogantes y diletantes.

En el ’76, el pobre Dino es expulsado de la escuela religiosa a la que asiste, cuando un profesor lo sorprende en un baño, masturbándose. En tanto, en el taller mecánico de su padre, Salvador escucha un consejo: “Ya sabés, de política no hables con nadie”. Mientras, el padre se apropia de un Torino, que se quedó sin dueño por, en ese entonces, razones fácilmente imaginables. En el 89, los chicos ya crecieron en una Argentina bizarra y perdedora en la que fueron mal educados en escuelas prejuiciosas y modelados en el sálvese quien pueda. Al 03 llegan prisioneros de la deprimente circularidad argentina, y que en el 2003 intenta recuperarse de su enésima hiperinflación. Los otros dos y el pobre Paco (o el Rengo), son, según otra frase de promoción, “tres tipos que no merecen una película”. Aunque la tuvieron. Que un film estrenado hace más de un cuarto de siglo siga generando polémica y debate revela que debe haber activado claves de nuestras conductas que no siempre nos agrada admitir como propias.

El documental de Federico Benoit y Ezequiel Mendoza se titula 76 89 23 y no sólo cuenta una historia atractiva y consistente, sino que habla de lo que el cine es capaz de generar. Una actividad de enorme importancia y que en nuestro país se encuentra, igual que tantos otros rubros de la industria cultural, salvajemente estigmatizada.  Desde allí habla el 23 del título, número representativo del país actual, tolerante de muchas de nuestras peores incorrecciones. Las numerosas intervenciones de los personajes principales (también los secundarios) hacia lo menos luminoso del ADN nacional son juzgadas, elogiadas o repudiadas por un tribunal de observadores. En 76 89 23 aportan testimonios desde los directores e intérpretes, productores (uno que tuvo que ver con la película, afirma que “perdió todo”), técnicos, críticos, periodistas. Algunas escenas de la película merecen integrar la antología inédita del cine argento, junto a otras joyitas como Esperando la carroza, Plata dulce, Caballos salvajes o Nueve reinas. Empezando por la del momento en que el gran Claudio Rissi (1956-2024), construye a un rey de la noche, abusador de una pibita de 12 años, inescrupuloso, violento y adicto: siguiendo por la formidable puteada que Dino le dedica en el oído a Zárate (personaje interpretado por Luis Albornoz) luego de que este le bolsiquea un ataché lleno de dólares o, tal vez, de merca. En una madrugada sin tiempo, Paco (Diego Mackenzie, 1964-2001) atraviesa su última noche de soltero. Se está por casar con alguien a la que llama “la gorda” y a la que no ama. Sus compinches, Salvador (Gerardo Chendo) y Dino (Sergio Baldini) le preparan una fiestita sexual con una famosa modelo llamada Wanda Manera y en la que también sueñan filtrarse. Es probable que el encuentro nunca llegue a consumarse, pero -amigos son los amigos- terminan en la calle cantando, con la música de Guantanamera “Wanda Ramera” y por momentos “Wanda Petera”.  Al final, estos héroes malogrados, ladronzuelos de vueltitos, se quedan sin nada.

El documental recupera estas y otras situaciones y no se priva de mostrar admiración por la película y marcar con valentía el hecho de que, en su época, parte de la crítica la castigó demasiado. Ese fundamentalismo fue origen de fracasos, de esfuerzos malogrados y de cancelaciones. En este caso, Benoit y Mendoza lo traen con propósito de valioso llamado de atención. Acuerdo con ellos: puedo decirlo porque, cuando jóven, en mis inicios, fui uno de esos irreverentes aguafiestas que ignoraba que concretar cualquier hecho artístico –especialmente una película– era el producto de múltiples esfuerzos y que eso -Nardini lo desliza en el documental- podía llegar a truncar una carrera. Vista desde hoy, la película tiene una triste actualidad. Y el documental reafirma esa misma impresión.

Película tan política como incorrecta, tragicómica, por divertida y provocadora, deja por escrito a lo largo del film una especie de canon, inevitable elemento de discusión. Son frases que se van intercalando y que configuran una opinión contundente, como si dijeran, este es el cine que nos gusta hacer y no cuenten con nosotros para hacer otra cosa. El decálogo es así: 1) No habrá cumbias en ninguna parte de la película; 2) Deberá haber violencia verbal; 3) Ningún personaje podrá decir carajo; 4) Tiene que haber conflicto. Prohibida la contemplación o el no conflicto; 5) No deberá haber bajada de línea; 6) Ningún personaje procederá como “debería” sino como “es”; 7) Ningún personaje tomará mate, ni se mostrará una pava de mate calentándose en una hornalla; 8) Los protagonistas no serán obreros o laburantes buenos y nobles. Serán tres jóvenes de clase media; 9) Los protagonistas no merecen una película: son machistas, racistas, miserables; 10) No habrá personajes secundarios buenos y nobles. Se mostrará un bestiario porteño.

Entre asombros y contradicciones, desconciertos, desafíos y búsquedas, 76 89 03 y 78 89 23 prueban, una vez  más, que el orden de los factores no altera el producto. El producto es un país que cada tanto tropieza con la misma piedra, y se cae y le duele. Ambas se podrán ver juntas el próximo 2 de julio en el cine York,de Olivos. «

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