
Nosotras creemos que este enfoque no solamente es falaz, sino que también es riesgoso. Porque parece ser que todo es lo mismo, y nosotras sabemos que el patriarcado es un sistema de distribución del poder profundamente desigual entre los géneros, que básicamente tiene su centro en la injustísima distribución sexual del trabajo, y esto lo venimos arrastrando hace siglos, milenios.
Estas cuestiones no nos sorprenden. Son las mismas voces reaccionarias de siempre. Pero sí nos parece importante quitarles el micrófono que consiguen con tanta facilidad. Sabemos que este tipo de argumentos no desincentivan a las personas a denunciar, pero sí crean o refuerzan sentidos comunes de sospecha permanente sobre las mujeres que denuncian, y ese efecto simbólico cultural no podemos dejarlo pasar. Es lo que buscan.
Además, esa idea de la violencia de género en ambos sentidos está desmentida por la definición en tratados internacionales y, sobre todo, por la normativa local, la Ley 26.485 (de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres), donde se describe especialmente qué es la violencia por razones de género, cuáles son sus tipos y modalidades. Ese planteo es equívoco y confunde.
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