Capaz de fusionar la contracultura con el fervor de las masas y de fundar un mito de autonomía radical sin ceder jamás a la "Bestia Pop", el Indio Solari obró el milagro artístico de convertir una poesía hermética en el cántico de resistencia de millones de jóvenes que supieron leer en sus metáforas de qué lado de la mecha estar.

Las letras del Indio reivindicaban sus propios deseos de autonomía con las críticas al estatuto del estrellato y al abandono o soslayo de algunos de los elementos de negatividad que se creían propios de esa música. “¿Y cuánto vale ser la banda nueva / y andar trepando radares militares?”. A la distancia, “atrapado en libertad”, el verso que pone fin a “Preso en mi ciudad”, es una de las imágenes más diáfanas de un presente de condicionamientos políticos y simbólicos: la transición democrática. Los Redó narraron nuestra cultura desde ese momento en adelante.
Pero, especialmente, fueron contraculturales y de masas. Dos cosas que no suelen ir juntas. El rock nacional fue masivo, sin dudas, pero nadie consiguió lo que el Indio y los Redondos, luego prolongado con los Fundamentalistas: movilizar masas para el ritual más estremecedor de nuestra cultura. ¿Qué quiere decir aquí contracultural? Básicamente, afirmarse como herejía y resistencia frente a un mundo de violencia, injusticia y opresión, pero hacerlo a través de la música y la poesía. Esa contracultura fue el eje que organizó la cultura, la sensibilidad y la identidad de millones de jóvenes en el preciso momento en que nada ni nadie más podía hacerlo.
Los Redondos se inventan en los ‘70, graban en los ‘80 y explotan en los ‘90, porque en ese preciso instante encuentran sus “masas en disponibilidad”: los pibes y las pibas que, sin saber de dónde agarrarse para bancar la tormenta, encontraban en ellos una manija, corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi barrio.
Esa contracultura encontró con el Indio un gran invento, un hallazgo ideológico que podía, a la vez, ser marketinero: la independencia. ¿Paradoja? Ser independiente era más exitoso que firmar con una discográfica o aparecer en la televisión. A la vez, esa independencia les permitía algo que pocos artistas populares consiguieron: un grado de autonomía estética radical. Durante 40 años, el Indio hizo, escribió, cantó, grabó lo que quiso, y para colmo alimentó con eso el mito contracultural más eficaz de la cultura roquera argentina. Eso podía llevar a algún exceso interpretativo por parte de sus públicos: en este mismo momento y en paralelo estoy discutiendo con colegas que creen que duelar al Indio implica cuestionar a Cerati. Gente grande y seria, pero que caen en una trampa que el propio Indio descartaba.
Y para colmo: el Indio demostró que se podía hacer arte popular con una poesía tan hermética que, sencillamente, o nadie la entendía, o cada uno y una la entendía como le parecía. Eso es un milagro artístico, que solo Spinetta podía, en algunos momentos, lograr. Arte de masas, basado en la metáfora como distancia máxima del realismo. Y sin embargo, millones de pibes y pibas leyeron en ese hermetismo el cántico más resistente de los ‘90, el que definía como nadie de qué lado de la mecha estabas. No hacía falta que el Indio proclamara peronismo o bolchevismo: sus públicos leían lo que querían, y leían peronismo, bolchevismo, resistencia, aguante, herejía, revuelta, amor. Después de todo, todo preso es político.
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