Los talleres de Alberto Laiseca fueron un espacio en el que se nutrieron y crecieron algunos de los escritores contemporáneos argentinos, como Selva Almada, Leo Oyola, Sebastián Pandolfelli y Juan Guinot.
En una entrevista a Primera Piedra de hace poco más de un año, la escritora Alejandra Zina también rescataba la influencia de Laiseca en su formación: Él decía muy pocas cosas, tenía un consejo clave: a escribir se aprende escribiendo. Tampoco es que te hacía una devolución larguísima, podían pasar clases en las que no te decía nada hasta que te tiraba pequeñas cosas que te dejaban pensando un montón. Las cosas que me decía me las acuerdo casi todas. También me cayeron muchas fichas con el paso del tiempo, aun después de haber terminado el taller. Fui teniendo otra relación con la escritura, fue como una plataforma de lanzamiento haber tenido taller con Laiseca y no en el sentido de la publicación. Él no daba mucha manija de eso, decía que los concursos permitían ponerse plazos, nada más. La idea era focalizarse en la escritura, tener mucha paciencia.»
Selva Almada, autora de El viento que arrasa (2012), también fue una fiel asistente a los talleres literarios de Laiseca y hace unos años declaraba que fue en ese espacio en el que comenzó a proyectar escribir como su oficio. Y ahí sí como que me lo empecé a plantear más como un oficio; pero me daba pudor decir que era escritora.
Ricardo Piglia, uno de los grandes lectores de la literatura argentina escribió el prólogo a la mega novela Los Sorias: El modo de escribir de Laiseca es simétrico al mundo que narra; habría que decir, tautológicamente, el estilo es el mundo que narra, no hay posibilidad de imaginar un suplemento literario, un añadido estetizado o la aceptación de lo que la convención llama escribir bien (es decir, escribir según los dictados de la moda de esta temporada): este es el estilo de un mundo bajo presión, de un mundo sumergido. Laiseca muestra lo que significa un uso de la lengua en condiciones de peligro extremo. Por su estilo, Laiseca zafa de las convenciones de la alta cultura (es decir, del falso arte) y se conecta con los modos y las formas y las jergas del folletín popular y de la cultura de masas.
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