Un mundo de soledades y desencuentros crónicos

Por: Belauza

En A oscuras, el thriller psicológico coral de Victoria Chaya Miranda, Arturo Bonín interpreta a un taxista que surca la noche, pero no puede escapar de la obsesión por su exesposa.

La nueva película de Victoria Chaya Miranda, A oscuras, reúne historias de personajes desangelados: una actriz (Esther Goris) que no puede detener el declive que trae el tiempo; una aspirante a bailarina (Guadalupe Docampo) que en sus ansias de brillar cae en la compañía equivocada; un joven emprendedor (Francisco Bass) que asocia su ascenso al vértigo que le produce la cocaína; y él, Mario (Arturo Bonín), un «tachero que surca la noche y tiene contacto con seres de lo más extraño para las grandes mayorías, y hace vínculos a partir de su trabajo, y sin embargo no puede desprenderse del vínculo con su exmujer: no pueden seguir juntos, pero tienen un amor del que no pueden desprenderse», detalla el actor.

Bonín llegó a la película –que se estrenará el 10 de enero– por una «convocatoria de Victoria, nunca había trabajado con ella». Aunque sí había quedado impactado con uno de sus trabajos, Los pibes del puente, pero al llegarle la propuesta no asociaba el nombre de la serie con el de Miranda. Fue en la charla en la que ella le contó el proyecto y se presentó como la realizadora de esa serie que Bonín quedó impactado. «Me contó la historia y que se trataba de hablar de las soledades en compañía, que son la peores que hay. Y nada peor que la soledad en compañía de un tachero que circula por la noche», revela Bonín. Algo que le atrajo singularmente. «Viví la noche en mis primeros años de teatro, que tenía otras características, pero contaba con esa cosa de andar como boyando, donde cada persona tenía una historia que uno la iba desentrañando a medida que se iba poniendo en pedo con él. Y me gustó ese perfil de un Buenos Aires no habitual.»

 –¿Todavía hay relación entre aquel Buenos Aires y este?

–Al menos yo lo miraba desde un costado muy particular. La calle Corrientes para mí tiene un valor determinado porque yo hasta llegué a conocer a Chiquilín de Bachín, sé quién es. Y hace muy poco lo vi en un programa de televisión y dije: qué grande está. Y cuando le hicieron un primer plano eran los ojos del pibe en el borde del mantel del papel que yo había visto; y eso no lo olvidaré jamás. Hay otras realidades ahora, pero hay un perfume que se mantiene, y es el clima que plantea la autora.

Bonín tiene una relación con bonhomía que no es sólo fonética: su estilo de hablar, decir y pensar son aún mucho más estrechos; aquel concepto de buen tipo que otra época hizo posible tiene en él un muy buen exponente. Por eso no sorprende su respuesta sobre el tiempo que lleva sin hacer cine: «Son etapas. Hubo un tiempo en el que una película estaba detrás de otra y ahora se van espaciando. También tiene que ver con un aire de época: la madre natura fue muy generosa conmigo porque en un momento me instaló como una proyección de imagen que se usaba. Y ahora pasa por otro lado. Además estoy para hacer de bisabuelo, y en cine o televisión no hay bisabuelos». «Pero el teatro es mi refugio», agrega luego de un silencio, sin queja.

–Sos de una generación que consideraba que la actuación estaba en el teatro, y que la televisión y el cine eran un complemento.

–Es el lugar de la respiración, la búsqueda. Es un oficio en el que se aprende algo todos los días y el único lugar que te da ese ejercicio es el escenario.

–¿Y cuáles son las diferencias que encontrás con respecto a las nuevas generaciones, que arrancan desde distintos lugares?

–El teatro es la madre de todas estas cosas. Es lo que te da una estructura. En televisión es bárbaro la proyección que hay, ahora cuando te subís a un escenario tenés que tener una preparación. Además el teatro da una cosa que a mí me quedó para la vida: es un proceso colectivo y solidario. La mirada de lo colectivo la televisión no te la da, es verticalista; el teatro te da una cosa de comunidad: uno solito no se salva, necesitás siempre de otro.

La charla lleva a otros recuerdos y reflexiones: «Empecé teatro a los 16 años. Me dijeron que estaban dando clases en tal lado y pregunté: ‘¿hay minas?’. Era algo lógico, un problema hormonal. El estar arriba de un escenario recitando Romeo y Julieta a los 16 puede llevarte a la confusión, pero el vínculo que se da, el agarrarse, el tocarse, va disminuyendo la libido. En cuanto al trabajo en sí, al contacto físico, es como que se va licuando esta cosa de misterio o de acceder al otro cuerpo. En los últimos tiempos hubo denuncias por acoso a algunos directores de teatro. No me parece casual. Eso tiene que ver con las jerarquías y ciertas estructuras perimidas».  «

A OSCURAS

Dirección: Victoria Chaya Miranda.
Guión:
Carla Scatarelli. Elenco: Esther Goris, Arturo Bonín, Guadalupe Docampo, Francisco Bass, Alberto Ajaka.
Estreno 10 de enero.

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